
Una cadena de valores
Hace dos semanas, en Valencia, se celebró el XXVII Congreso de Librerías, que concitó la atención mediática (discreta) habitual. El programa incluía talleres y ponencias especializadas –una del librero de No Llegiu, Xavier Vidal, sobre la cadena de valores del libro–, pero, unos días más tarde, unos datos manifestados durante el congreso consiguieron llamar la atención de los medios porque contenían el aliciente, irresistible para la cadena de valores de la actualidad, del catastrofismo y la negatividad. Los datos: el 49% de los libros publicados no venden ningún –y ningún significa cero– ejemplar y el 95% no llegan a los cien.

El origen de estos datos es un informe de rigor opinable que enseguida encontró la resonancia voraz que las malas noticias –sobre todo si son sobre el mundo editorial– despiertan en el mercado de la actualidad y, por extensión, en el universo tertuliano. En el Catalunya Migdia (Catalunya Ràdio), lo comentaron, pero Óscar Fernández, director del programa, tuvo el acierto de llamar al presidente del Gremi d’Editores, Patrici Tixis. Tixis cuestionó la credibilidad del informe y aprovechó la ocasión para hacer proselitismo de la buena salud –igualmente opinable– de la edición.
Hace unos años Quim Monzó propuso prohibir los libros para salvar la industria editorial
Como veterano lector, cliente de librerías y adicto al mundo editorial, estoy en condiciones de afirmar que cualquier noticia sobre la decadencia de la lectura siempre es recibida con entusiasmo. Es más: sospecho que cualquier excusa es buena para no tener que leer. En el bando de las interpretaciones depresivas, estos indicios justifican las lamentaciones y, sobre todo, las renuncias. Hace unos años, en un artículo, Quim Monzó propuso la prohibición de los libros, que, teniendo en cuenta la psicología colectiva del país, provocaría un consumo clandestino masivo, que compensaría tantos años de lágrimas de cocodrilo y que salvaría la industria editorial.
Hoy los análisis más inteligentes sobre esta cuestión han entendido que unos de los factores que más influyen son, además del perseverante descrédito general de la cultura, tener que competir con una oferta de ocio con multitud de actividades que, servidas gratis a través de los móviles o pagando a través de las consolas, dispersan la atención de los usuarios.
A veces me preguntan de dónde saco tanto tiempo para leer y pasear regularmente por las librerías y siempre respondo con una pregunta: “¿Puedes mirar la configuración de tu móvil y comprobar cuántas horas diarias le dedicas?” Entonces los interlocutores descubren lo que ya saben: que la atención que antes le podían dedicar al cine, al teatro, a leer o a pasear por las librerías ha sido sustituida por unas horas de consumo de pantallas que seguro que les compensa, pero que, por si acaso, necesita que de vez en cuando alguien nos recuerde que eso de comprar libros y leerlos es un anacronismo decadente.