Im presionante la pregunta de la periodista y estratosférica la respuesta de Eileen Gu. Es impactante escuchar a alguien tan joven hablando con tal clarividencia sobre su mente. En sus palabras aparece una idea muy poderosa y que cada día cobra más importancia. La capacidad de observar nuestros pensamientos, reflexionar sobre ellos y modificarlos para diseñar quiénes queremos ser. Con 22 años se atreve a decir que su plasticidad mental le permite construir su propio yo, alguien a quien su yo más joven admiraría.
Ante esta declaración la reacción inmediata es la admiración. Porque no solo nos está hablando de rendimiento deportivo, sino de un extraordinario trabajo interior a través de la introspección. Que le lleva a escribir, analizar y corregir finalmente su manera de pensar. Nos muestra que el éxito deja de ser un talento misterioso, para convertirse en una práctica consciente. Inspirador porque nos viene a decir que la vida no solo es lo que nos ocurre, sino también lo que entrenamos dentro de nosotros.
Siempre existirá un pequeño margen de mejora de cambio que dé mayor satisfacción a nuestra vida
Pero hay algo peligroso. Un discurso excepcional que puede ser un ejemplo universal puede transformarse en una presión para aquel que se acerque a él. La frase “puedes controlar lo que piensas” suena liberadora en boca de alguien con grandes capacidades. Pero en otras personas puede sonar a acusación silenciosa, si no lo consigues es porque no lo intentas suficiente.
No todos partimos del mismo lugar. Existe una biología, ansiedades, contextos, precariedades que no permiten dedicar horas a la introspección. Podríamos afirmar que la voluntad no opera en el vacío. Convertir la disciplina mental en obligación moral, puede llevar a la frustración y es esta la que erosiona precisamente lo que buscabas fortalecer.
Las redes tienen esa dualidad maligna. Los procesos íntimos aparecen como píldoras limpias de inspiración. Te explican el método, pero nunca del coste. Quizás para sacar rédito a estas declaraciones sería interesante aprender a admirar sin autoimponerse nada. Escuchar las reflexiones ajenas como una referencia y no como un mandato. Útiles como una orientación y no como una medida de valor personal. Hay gente que avanza por su capacidad analizando su mente cada día y otra que progresa apoyándola en vínculos potentes, descanso o buscando ayuda profesional. Ninguna vía invalida a la otra.
Quizás la verdadera riqueza del mensaje no reside en la promesa del control absoluto, sino en recordar que siempre existirá un pequeño margen de mejora de cambio que dé mayor satisfacción a nuestra vida. Pequeño ya es válido, no tiene porque ser total. Suficiente para crecer, pero no para juzgarnos. Inspiración, sí, pero nunca exigencia universal. Cuando la admiración se convierte en obligación deja de motivar.