Los torneos cuadrangulares eran propios del fútbol verbenero y estival del siglo XX. Su espíritu sobrevoló anoche en Yida y no solo por un ambiente y un público festivalero: el sorteo siempre –¡oh casualidad!– encaminaba a una final con los dos equipos más atractivos. El Athletic Club representó el papel de comparsa de aquellos Joan Gamper, a lo Honved de Budapest o Estudiantes de La Plata: mucho nombre, poca guerra (cero patadas, detalle de deportividad a agradecer).
Sin grandes alardes, el FC Barcelona aprovechó la jornada de puertas abiertas instaurada en la banda derecha del equipo vasco, donde el desdichado Areso afrontó, más solo que la una, las llegadas de Balde y Raphinha que propiciaron tres de los cuatro primeros goles. Aquello parecía un homenaje a la autopista-10 de Arabia Saudí, que tiene un tramo en línea recta de 240 kilómetros, el mayor del mundo, en un paisaje monótono que invita al tedio.
Todo fue positivo para los intereses del Barça, gentileza de un Athletic desolador
Ernesto Valverde tiene una relación de pesadilla con la Supercopa en Arabia Saudí, allí dónde fue despedido del Barça –inopinadamente– hace cinco años. De no poseer la entidad bilbaína el gen de la paciencia –a veces, resignación–, la derrota de ayer hubiese provocado el cese de más de un entrenador. El desolador partido de los rojiblancos –emplear la palabra leones sería cruel y facilón– sorprendió por su magnitud, reflejo de un estado anímico penoso para un equipo cuyos títulos propicios son los coperos (el último equipo ajeno a los Big Three que se adjudicó la Liga fue el Valencia en el 2004).
Solo faltaba el debate sobre la portería de la selección española para redondear la nochecita del Athetic. Unai Simón contribuyó a la debacle y pareció incómodo con el foco, más periodístico que futbolero pero que le puede perseguir de aquí a la Finalísima, esa nueva pachanga montada por la FIFA que enfrentará el 27 de marzo a España y Argentina (¿dirimir la mejor selección del planeta en un año de Mundial?).
Hasta en cinco ocasiones vio Unai Simón, muy inseguro, perforada su portería
El Barça también revivió las euforias del Joan Gamper y eso que no estuvo Cancelo, un refuerzo ilusionante, oportuno y muy acertado para su mánager (ya nos gustaría a todos semejante ángel de la guardia). ¡Hasta el presidente Laporta disfrutó de una butaca! Con su mesita, digna de un príncipe de la dinastía que corta el bacalao y lo que no es el bacalao en Arabia Saudí.
Todo fue positivo para los intereses del Barça. El público encumbró a Pedri –señal de buen paladar–, detalle que confirma su proyección mundial y las aspiraciones a suceder a Xavi e Iniesta (23 añitos tiene el canario). O el retorno estelar de Raphinha tras el mal partido en Cornellà. Un ejemplo, demasiado evidente para su compatriota Vinícius, el único que parece no haber comprendido las exigencias del fútbol actual. Sin Mbappé, hoy tiene examen.
Cinco goles a cero evocaron el ambiente de los trofeos de verano. La gran diferencia es que los entrenadores no tienen aquellas excusas tópicas sobre la falta de preparación, la adaptación de los nuevos fichajes o el sofoco. Suerte para el Athletic de que aquí no hay partido por el bronce...

