Bendito el día aquel, se dice Thierry Ndikumwenayo (28), en el que un amigo le retó a una carrera.
De aquello han pasado trece años.
Hora del patio en la escuela en Kinama (Burundi), villa de 40.000 habitantes que vive de las granjas y el pastoreo. Ndikumwenayo tiene quince años y el amigo, también compañero de clase, le dice: “¡A correr!”.
–Hasta entonces yo no sabía nada del atletismo. No sabía ni que existía. No lo había visto por televisión, yo solo trabajaba en el campo con las vacas, con mis padres y mis ocho hermanos (son seis hermanos y tres hermanas, Thierry está en el medio de ellos; ninguno de sus parientes corre, ni siquiera ahora que le siguen por televisión).
“¡A correr!”, dice el amigo.
Y corren.
Ndikumwenayo dice que fueron unos 400 metros y recuerda que el amigo le derrotó. También recuerda que no se conformó con aquello y le reclamó al amigo la revancha:
–En la pista te gano yo.
Así que se convocan para el domingo siguiente en la pista de atletismo de Kinama (más bien un anillo en un terruño, un montón de criaturas dando vueltas, el polvo que se levanta tras cada pisada, poco glamur, mucho sudor, sufrimiento e ilusión).
–Pero en aquel domingo no pudimos enfrentarnos entre nosotros, sino con otros jóvenes: en los domingos, los atletas del club ocupaban aquella pista. Así que fuimos allí, empezamos a correr con los atletas y aguanté mucho.
–¿Cuánto es mucho?
En mi niñez en Kinama no sabía ni que existía el atletismo. Tenía vacas, trabajaba el campo con mis padres y hermanos”
–El primer entrenamiento fue un fartlek de una hora junto a hombres de 25 o 28 años. Lo acabé el segundo.
–¿Sin haberse entrenado nunca?
–Los entrenadores entendieron que aquello era una locura: ¡yo era un crío que no corría! Y claro, me ofrecieron seguir. Y así empecé.
–¿Y el colegio? ¿Y la granja?
–La familia me ayudó mucho.
La familia le liberó de las tareas ganaderas (“necesitas descansar para entrenarte”, le decían los padres) y siguió pagándole la escuela y ahora también los taxis a las competiciones, pues no había coche en la granja y algunas carreras se disputaban a dos horas y media de allí.
Venir a Europa ya fue un logro imposible; competir por este país, ser olímpico y campeón de Europa, ni le cuento”
Y el niño se lo tomó en serio, más que ningún otro niño, y al año ya disputaba los Campeonatos del humilde Burundi, “y siempre era top 5 o top 6”, y dos años más tarde el entrenador le dijo: “Tenemos que lograr que llegues llegar a los Juegos de la Juventud sub-18 en Nankín (China)”.
–¿Y llegó?
–No me lo esperaba pero lo logré. Fui segundo. Tenía 17 años y corrí los 3.000m en 8m06s. Y entonces llegaron las ofertas.
Las ofertas: cazatalentos occidentales buscan perlas en estos campeonatos, y entre esos ojeadores está Llorenç Solbes, un sabio de Alicante que se dijo: “A este pequeño Ndikumwenayo me lo llevo para Alicante”.
Solbes habló con la Federación de Burundi pero el crío era muy crío y tuvo que esperarse un año más hasta que sí, al fin, Thierry Ndikumwenayo aterrizaba en Alicante.
Era el 2016.
–¿Cómo vivió aquel salto?
–Nací para ser atleta.
–¿Y su familia?
–Todos orgullosos. Decían que en España tendría una buena vida.
–¿Y la tiene?
–Al llegar a Alicante todo cambió para mí. Yo no sabía ni una palabra de castellano, no tenía ni idea de nada. Solo corría. El club (Playas de Castellón) pagaba la casa y la comida, Llorenç Solbes marcaba los entrenamientos. Pasé de correr tres veces por semana como hacía en Burundi a hacerlo todos los días, mañana y tarde. Solo el venir a Europa ya me parecía un sueño así que imagínese esto...
(Con el tiempo, tiene los récords de España de 10.000m en pista, con 26m49s49, y de 5K en ruta, con 13s08).
–¿Pero le gusta esto de solo correr, y correr, y correr?
–Me trago entre 140 y 150 kilómetros semanales.
–¿Con el método Ingebrigtsen, el de la zona 2 y los trotes suaves?
–No es de Ingebrigtsen, es de cualquier atleta que quiera controlar lo que hace. Aunque para mí, los trotes suaves son como un desayuno. Me gustan las sesiones que me hacen sufrir, las cuestas, las series de 400m, los rodajes en el umbral alto, eso me gusta más...
Cuando llegué a España no sabía nada. Era joven, no hablaba castellano, el club pagaba la casa y la comida, yo solo corría”
–Y ahora que ha sido olímpico y campeón de Europa de cross country, ¿sigue en su sueño?
–Gano lo suficiente como para devolverle a mi familia todo lo que ella me dio. Le mando dinero. Estoy soñando. Pero aún no he llegado a donde quiero.
–¿...?
–Quiero el oro olímpico y mundial, quiero récords del mundo. Se lo debo a este país. Pero sobre todo, quiero que mi familia pueda viajar desde Burundi para verme competir en vivo. Aunque ya sabe, el visado es complicado...
(Esta tarde, a las 16.20h, el ahora discípulo de Lluís Torlà despide el año disputando los 5K de la Cursa Nassos de Barcelona).


