“Es la vida”, resoplaba Emilio Butragueño, director de relaciones institucionales del Real Madrid, en la presentación de los premios Laureus en la Real Casa de Correos, en pleno centro de la capital. Su cara no decía nada pero lo decía todo, mientras con su habitual diplomacia despachaba los comentarios de barra de bar sobre el 0-1 del Getafe del lunes. Un resultado que despedaza al Real Madrid y anticipa lo que puede ser una segunda temporada en blanco.
Esa “vida” todavía podía deparar peores noticias, como la que se confirmó cerca de las cuatro de la tarde. Rodrygo Göes, que notó una molestia en la rodilla derecha ante el Getafe -y siguió jugando-, se sometió a una resonancia que desveló otro drama. El brasileño sufre una rotura del ligamento cruzado anterior y del menisco externo. Eso se traduce en una operación compleja y una rehabilitación aún mayor, que le mantendrá entre siete y ocho meses de baja. Adiós al curso y adiós al Mundial para el delantero de 25 años, que regresaba de unas molestias y que llevaba un curso plagado de contratiempos.
La ausencia definitiva de Rodrygo se suma a la incógnita por Mbappé y a otros jugadores que se mantienen en la enfermería, como Bellingham o Militão, ejemplos de que la preparación física y los servicios médicos, ahora en manos de Antonio Pintus y Niko Mihic, la vieja guardia de Florentino Pérez, tampoco funcionan. Como el del nuevo entrenador, Álvaro Arbeloa, cuyos números empeoran ya los del anterior entrenador vasco y dejan claro que el problema no es de banquillo.
Estadísticas en la mano, Arbeloa ha sufrido ya cuatro derrotas con consecuencias claras. La primera de ellas, en su estreno en Albacete, supuso la eliminación de la Copa del Rey. La segunda, en la última jornada de la Champions ante el Benfica, caerse del top-8. Aunque después eliminara al mismo rival en dieciseisavos, cargó dos partidos más a una plantilla minada por el devenir del curso. Explotó en ese periodo el caso Mbappé.
La tercera y la cuarta van de la mano y alejan al Real Madrid del título. En Pamplona el equipo fue “previsible” y ante el Getafe su juego fue incalificable, resumido en los vídeos con sorna que hay en las redes sociales con el juego de Huijsen, desacertado, falto de confianza, en una actuación impropia de un futbolista del Real Madrid y de primer nivel. Este Madrid lo destruye todo porque no ha sido capaz de tener una idea de juego y se ha ido abandonando los últimos años a fichajes dudosos y decisiones poco entendibles.
“Vamos a lo fácil, que es buscar a Vinícius”, se quejaba Arbeloa. El brasileño ha mejorado su rendimiento con el nuevo entrenador, pero el equipo ha derivado en algo ramplón que solo resplandeció en Villarreal, Valencia o ante la Real Sociedad, en partidos sólidos, reactivos. Incluso Desailly, uno de los embajadores de los Laureus que consideró que Mbappé “llegará bien al Mundial” y que a Vinícius se le ve con prejuicios (por el racismo y sus celebraciones), vio a un Real Madrid “sin calma”, “sin velocidad de ejecución” y con necesidad de “ajustarse colectivamente”. Difícil empresa reconducirlo si eso no se logró con Xabi Alonso en el banquillo.
Las causas de la descomposición blanca son variopintas y vienen de lejos. Desde el envejecimiento de futbolistas que se han ido llenando de lesiones (Carvajal, Rüdiger, Militão o Alaba) hasta la ausencia de sustitutos para Toni Kroos y Luka Modric y la presencia de estrellas con un estilo más individual, cuyo extraordinario rendimiento va en paralelo al del equipo, como Kylian Mbappé (el PSG es un ejemplo). Un vestuario que ha cambiado de referentes, con Courtois, Valverde o Vinícius como los nuevos líderes. En ese camino de dos campañas, el Madrid ha ido perdiendo letras de la palabra equipo, como se vio el lunes. Y la llegada de Arbeloa ni mucho menos supuso un cambio de tendencia, sino una confirmación de los graves males estructurales que cuestan caros.



