Reza Pahlevi, el actual heredero del sha de Persia, conspiró contra el Irán de los ayatolás en 1982
Primer complot
Según varios expertos, Reza Pahlevi colaboró con israelíes y saudíes en un intento por derrocar a la República Islámica pocos años después de la muerte de su padre, Mohamed Reza Pahlevi

Reza Pahlevi, hijo del último sha, en una conferencia de prensa en Washington el 16 de enero
Reza Pahlevi ha rescatado del olvido a la monarquía persa al presentarse como la opción para liderar el país si cae el régimen iraní. Ahora se cuestiona qué apoyos internos puede tener el heredero del último sha de Persia, pero en los años posteriores al derrocamiento de la monarquía, llegó a liderar conspiraciones contra los ayatolás dignas de la mejor novela de Frederick Forsyth.
Mohamed Reza Pahlevi, el último soberano que ocupó el trono del Pavo real, falleció de cáncer en 1980, apenas un año y medio después de tener que marchar al exilio. Su desaparición no hizo desistir a los partidarios de la monarquía, que creían tener muchas posibilidades de derrocar a la recién instaurada República Islámica.

Con apenas 19 años, Reza Ciro Pahlevi (su nombre completo) se convirtió en el pretendiente al trono iraní. No tuvo un entorno fácil. Algunos monárquicos lo veían como alguien poco preparado para liderar la recuperación del trono y habían pedido al sha que abdicara en favor de su hijo menor, Alí, poco antes de su fallecimiento.
Pero el joven pretendiente demostró que sí tenía intención de llevar al extremo su reclamación política. Así lo han explicado varios libros publicados, como The Secret War with Iran (Free Press, 2011), del periodista del New York Times Ronen Bergman, o The Iranian Triangle (Macmillan, 1988), de Samuel Segev, exoficial de inteligencia del ejército israelí.
Según escribió Bergman en su libro, “poco después de que el sha falleciera de cáncer, su hijo y heredero, Reza, lideró una serie de intentos para derrocar al nuevo régimen islámico, la mayoría de ellos con la ayuda de Israel”.
Tanto Bergman como Segev apuntan a que estas conjuras provocaron que la presencia de la familia real persa fuera una carga política para el gobierno de Egipto, donde se había refugiado. Así que al final Reza Pahlevi tuvo que abandonar el país y establecerse en Marruecos, acompañado de varios antiguos generales del ejército de su padre. Allí, y como recoge Samuel Segev en su obra, el pretendiente contactó con Yaakov Nimrodi, un antiguo oficial israelí que había tenido fuertes vínculos con el régimen del sha.

Además, Segev detalla que Pahlevi se animó a contactar con Nimrodi tras verlo en el programa Panorama de la BBC, donde pidió abiertamente derrocar al régimen de Jomeini con un golpe militar.
A partir de aquí, y siempre según lo explicado por Bergman y Segev, en mayo de 1982, el pretendiente al trono, en colaboración con el Mossad y el traficante de armas saudí Adnan Khashoggi, puso en marcha una de las conspiraciones más ambiciosas contra los ayatolás. “El plan que urdieron preveía que la casa real saudí, la familia Pahlevi y los acaudalados exiliados iraníes recaudaran mil millones de dólares para comprar armas en Israel y EE. UU.”, escribe el periodista del New York Times.
También se reclutarían combatientes entre los iraníes exiliados, que regresarían a su país de manera clandestina gracias a la ayuda israelí. Allí organizarían una insurrección armada donde ocuparían edificios e instalaciones claves para propiciar una revuelta entre elementos moderados que aún quedaban en las fuerzas armadas persas.
El apoyo del Estado hebreo era promovido por su entonces ministro de Defensa, Ariel Sharon, partidario de acercarse a los militares iraníes descontentos con los ayatolás para promover algún tipo de golpe en el país.

Esta implicación de Sharon también se recoge en fuentes de la época. Por ejemplo, un artículo de The Washington Post publicado en 1987 –durante el escándalo Irán-Contra– recogía el testimonio anónimo de un funcionario estadounidense, quien explicaba esta postura del ministro israelí: “Su tesis era que nos acercaríamos a algunos de estos generales del Ejército porque ellos son los que acabarán con estos locos”.
El libro de Segev matiza más y presenta a un Sharon más cauto con las posibilidades de éxito de la conspiración. Al final, las posibilidades de negocio decantaron la balanza y el ministro decidió apoyarla, ya que buena parte del armamento que querían comprar los partidarios de Pahlevi provenía del equipo capturado por los israelíes en la entonces reciente invasión del Líbano.
Otro punto clave del complot fue contar con apoyo del dictador sudanés Yaafar al-Numeiry, quien permitió instalar bases de entrenamiento en su país a cambio de cien millones de dólares. Allí Israel entrenaría a los iraníes en secreto, y también informó en secreto a Estados Unidos del plan a través del agregado militar de su embajada en Washington.
La administración Reagan aceptó vender armamento para la operación, pero no quiso implicarse más, según Bergman. En cambio, Segev se atrevió a asegurar que William J. Casey, director de la CIA en 1982, apoyó el complot.

Estas interpretaciones dispares se explican en buena medida por la postura ambigua de los estadounidenses respecto a la operación. Aunque el régimen iraní ya entonces era una de las “bestias negras” de Washington, EE. UU. Tampoco quería vincularse en exceso con la causa monárquica persa, debido a la mala imagen que aún perduraba del despótico gobierno del sha.
Finalmente, los dos autores señalan que la conspiración no prosperó porque Sharon tuvo que dejar su cargo por su implicación en las masacres en los campos de refugiados de Sabra y Chatila durante la guerra del Líbano. Los siguientes ministros de Defensa hebreos, Yitzhak Shamir y Moshe Arens, no quisieron implicarse en complicadas operaciones en Irán.
Conspiraciones para consolidar el régimen de los ayatolás
Esta conspiración no fue la única que fraguaron los partidarios del sha derrocado, aunque no siempre estuvieron protagonizadas por su hijo. Al poco de instaurarse, la República Islámica de Irán parecía vivir una gran inestabilidad por la fragmentación de las diversas fuerzas políticas que habían propiciado la caída del sha (comunistas, liberales, fundamentalistas religiosos…). Así que muy pronto se instaló un cierto optimismo entre los exiliados, que preveían que el régimen del ayatolá Ruhollah Jomeini no iba a durar mucho.
Por ejemplo, Shapour Bakhtiar, en marzo de 1980, el último primer ministro del sha, declaró al semanario Jeune Afrique desde su exilio en Francia que “Jomeini pronto estará acabado, durará siete u ocho meses como máximo”. No eran meras palabras; este político coordinó poco después un golpe de Estado con oficiales de la Fuerza Aérea iraní que seguían en el país.
La intentona se conoció como el golpe de Nojeh (por el nombre de la base que iba a ser el epicentro de la conspiración), pero el gobierno islamista la descubrió antes y pudo abortarla. La represión fue muy dura, con 600 arrestados, de los que 144 fueron ejecutados. Con todo, un año después, en julio de 1981, se fraguó otra conspiración de oficiales de aviación que también fue desbaratada sin piedad por los ayatolás.
Más adelante hubo otros presuntos intentos de golpes de Estado internos, como los que denunció Manucher Ghorbanifar, traficante de armas iraní que desertó a Israel en 1985. Según su relato, elementos moderados del régimen, encabezados por el entonces primer ministro Mir Hussein Mussavi, planearon una purga violenta de los más radicales por la ascendencia que tenían sobre Jomeini.

Pero, siempre teniendo en cuenta el relato de este desertor, Mussavi revertió el equilibrio de poder de manera pacífica, al conseguir un importante envío de armas para la guerra contra Irak (y facilitado por el propio Ghorbanifar). Estas compras militares permitieron al primer ministro ganar influencia a ojos del líder supremo de la República Islámica, y no necesitó recurrir a un golpe.
Según puntualiza Segev en The Iranian Triangle, el Mossad desestimó el relato de Ghorbanifar, al considerarlo una invención para intentar demostrar que podía ser un activo útil para los servicios de inteligencia occidentales.
Por su parte, la República Islámica se sirvió de estas conspiraciones para purgar elementos que dificultaban su consolidación en el poder. Además, el régimen no se limitó a desbaratar complots dentro de sus fronteras. El VEVAK, el servicio secreto iraní, fundado en 1984, pretendió asesinar a 200 opositores que vivían en el extranjero, según explica Bergman.
Aunque no eliminaron a todos ellos, el VEVAK logró deshacerse de importantes figuras de círculos monárquicos, como el general Gholam Ali Oveissi, uno de los hombres de confianza de Pahlevi, muy activo en la organización del complot de 1982. Dos años después, también fue víctima de los agentes de la República Islámica el ex primer ministro Bakhtiar.

Poco a poco, Reza Pahlevi fue perdiendo peso y los pocos apoyos internacionales que le quedaban. Pese a que Irán ha desafiado a Occidente todos estos años hasta las actuales protestas, nadie barajaba un retorno de la monarquía al país, aunque en el panorama geopolítico del siglo XXI parece que nada se puede descartar.




