En 1986, la comercialización de ordenadores personales apenas estaba despuntando, internet todavía no había llegado a nuestras vidas y el desarrollo de una inteligencia artificial (IA) capaz de competir con la humana parecía algo de ciencia ficción. Pero el rápido desarrollo de la informática y su incorporación a los procesos productivos empezaba ya a preocupar a algunos economistas por sus efectos en el mercado de trabajo. Ese año, el economista Wassily Leontief, premio Nobel de Economía 1973, publicó un ensayo – El futuro impacto de la automatización sobre los trabajadores – que alertaba del riesgo de una pérdida masiva de empleos.
Leontief acuñó una comparación que hizo fortuna. Las nuevas tecnologías, vino a decir, podrían representar para la fuerza de trabajo humana lo mismo que representó para los caballos la revolución industrial, con la irrupción de la máquina de vapor primero y el motor de combustión después. Al principio, y durante varias décadas, los caballos siguieron siendo importantes, así en las labores agrícolas como en el transporte. Entre 1849 y 1900, la población equina de Estados Unidos incluso se multiplicó, hasta alcanzar la cifra de más de 21 millones de caballos y mulos. La aparición de los automóviles y los tractores, sin embargo, revirtió totalmente la situación y en 1960 ya solo quedaban tres millones. Fuera de los nostálgicos cowboys , ya nadie los necesitaba para nada.
La desaparición de millones de puestos de trabajo obligará a discutir el reparto de la riqueza
El desarrollo y la generalización de la informática en el último medio siglo no ha acabado con el empleo humano, ha destruido algunos trabajos, pero ha creado otros. ¿Pasará lo mismo con la IA? ¿O estamos los seres humanos condenados a acabar como los caballos, como una fuerza laboral desechable? En el horizonte se perfilan cambios sociales drásticos.
“La IA reemplazará empleos a la velocidad del rayo” y en veinte años el trabajo podría acabar siendo “opcional”, ha vaticinado el visionario Elon Musk –propietario de Tesla, Space X y xAI–, quien sin embargo se muestra optimista sobre una expansión inédita de la riqueza. En una línea parecida, Sam Altman, el factótum de OpenAI –la compañía creadora de ChatGPT–, augura que a corto plazo la IA “destruirá muchos puestos de trabajo”, pero al mismo tiempo generará un gran crecimiento económico y es de esperar que haga surgir nuevos tipos de empleos.
Un robot humanoide dirigido por IA, en el Museo de Ciencia y Tecnología de Shenzhen (China)
Hay, sin embargo, otras perspectivas más sombrías. Y no solo a corto plazo. Geoffrey Hinton, premio Nobel de Física 2024 y considerado uno de los padres de la IA, se muestra muy escéptico sobre su capacidad para generar nuevos empleos que sustituyan a los que destruirá. “Puede que en el futuro, algunos puestos asociados a la creatividad humana sobrevivan, pero con el concepto de superinteligencia nada perdurará”, ha dicho. Otro premio Nobel, este de Economía 2008, Paul Krugman, se inclina por aconsejar a los jóvenes que aprendan trabajos manuales. Aunque no parece probable que vaya a haber trabajo para tantos fontaneros...
De momento, los primeros síntomas son inquietantes. En EE.UU., según un informe difundido por la CNN el mes pasado, los anuncios de despidos en los primeros 10 meses del año superaron el millón, lo que representa un aumento del 65% respecto al mismo periodo del año anterior y la cifra acumulada más elevada en un mes de octubre en más de 20 años. El informe cita a la IA como uno de las factores –aunque no el único– que lo explican.
Hace diez años, los economistas Erik Brynjolfsson y Andrew McAfee –autores, entre otros ensayos, de La segunda era de las máquinas – publicaron en la revista Foreign Affairs un artículo titulado ¿Seguirán los humanos el camino de los caballos? En el que retomaban las reflexiones de Leontief y auguraban que a largo plazo el retroceso de la fuerza laboral humana es inexorable, con su consiguiente repercusión sobre empleos y salarios. Brynjolfsson y McAfee, con todo, se mostraban confiados en la capacidad de los hombres para corregir esta deriva a través del voto o la contestación. Porque a diferencia de los caballos, subrayaban, “los humanos pueden rebelarse”.
No será tan fácil, sin embargo. Los oligarcas tecnológicos tienen potentísimas armas para desviar cualquier brote de descontento social. Como muestra la enorme capacidad de desinformación y manipulación de las redes sociales, cuyos algoritmos están diseñados para promover la máxima polarización política y privilegiar las ideas de extrema derecha tan caras a los nuevos amos del universo, empeñados en reorientar las conductas políticas y alterar los procesos electorales.
A ello se añade ahora el efecto pernicioso de la IA, que amenaza con matar cualquier pensamiento crítico. Como explicaba esta semana nuestro compañero Francesc Bracero en su imprescindible newsletter Artificial , un estudio del MIT (Instituto de Tecnología de Massachusetts) ha mostrado que el uso generalizado de la IA –a la que cada vez más se le encarga que piense por nosotros– puede favorecer el “deterioro cognitivo humano”, con efectos a nivel neuronal, lingüístico y conductual.
La IA puede estar fabricando un mundo de necios. Pero incluso a estos –como a los caballos– hay que alimentarlos. Y si el trabajo tal como lo conocemos va camino de desaparecer, habrá que abordar muy seriamente la cuestión del reparto de la riqueza. Y aquí las grandes corporaciones tendrán que rascarse el bolsillo. La insumisión fiscal que pregonan los tecno-oligarcas de Silicon Valley, empezando por el magnate Peter Thiel –cofundador de PayPal y uno de los más influyentes ideólogos del anarcocapitalismo ultraconservador y autoritario americano–, será insostenible. A no ser, claro, que un ejército de robots sofoque los inevitables estallidos revolucionarios que vendrán.

