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Alemania consolida su alianza con Italia en un momento de ‘fin de régimen’ en Francia y España

El presidente francés, Emmanuel Macron, y el canciller alemán, Friedrich Merz, llegando juntos a la cumbre de Alden Biesen 

El presidente francés, Emmanuel Macron, y el canciller alemán, Friedrich Merz, llegando juntos a la cumbre de Alden Biesen 

NICOLAS TUCAT / AFP

“Deberíamos escuchar a este hombre”. Este hombre es el presidente de Francia, Emmanuel Macron, y la afirmación -título de un artículo publicado esta semana- es del corresponsal del semanario alemán Die Zeit en París, Matias Krupa, quien instaba en su nota al gobierno del canciller Friedrich Merz a hacer más caso de las propuestas del presidente francés. “Macron es, sin duda, un socio agotador, a menudo voluble y no exento de contradicciones, pero no cabe duda de que es un europeo comprometido. Y ha acertado a menudo sobre el futuro de Europa en los últimos años. Soberanía europea, autonomía estratégica, defensa común, retirada de Estados Unidos: estas ideas, que parecían extraordinarias en 2017, ahora están en boca de todos”, escribió. Y, sin embargo, como el propio autor admitía, siempre se sigue aplicando el mismo guion: “Macron expone sus ambiciones, Berlín las modera”. Cuando no las veta.

Merz y Macron llegaron juntos andando a la cumbre informal celebrada este jueves en el castillo de Alden Biesen, histórico cuartel general de los caballeros de la Orden Teutónica en Flandes, donde el presidente del Consejo Europeo, António Costa, convocó a los líderes de los 27 para reflexionar sobre la forma de acrecentar la competitividad de Europa para no ser engullida por Estados Unidos y China. Como un matrimonio en pleno naufragio que quiere salvar las apariencias, Merz y Macron quisieron mostrarse a la vista de todos como una pareja afín en una puesta en escena que incluyó el ritual (¡un clásico desde la época de Mitterrand y Kohl!) De tomarse de la mano. “Estoy feliz de que Emmanuel Macron y yo, como casi siempre, estemos de acuerdo”, declaró el canciller.

Pero una cosa son las buenas palabras y las sonrisas de cara a la galería y otra, la realidad una vez se cierran las puertas. Y dentro del castillo volvieron a ponerse de manifiesto las enormes diferencias que separan a ambos mandatarios. En los días previos a la cumbre, Macron había calentado el debate con una entrevista a siete rotativos europeos en la que, entre otras cosas, proponía un nuevo endeudamiento común -que bautizó como “eurobonos para el futuro”- para financiar inversiones en los sectores de la defensa, las tecnologías verdes y la inteligencia artificial.

La respuesta alemana a un nuevo endeudamiento europeo fue rotunda: 'Niet!'

Nada nuevo, ni extravagante. Es una de las medidas que también defiende el expresidente del Banco Central Europeo (BCE) y ex primer ministro italiano Mario Draghi, quien en su fundamental informe sobre la productividad -aplicado solo en una mínima parte- ya planteaba financiar a través de deuda europea inversiones en estos campos por 800.000 millones de euros, cifra que posteriormente ha elevado a 1,3 billones.

Sin embargo, la respuesta alemana fue rotunda: Niet! ¡Ni hablar! La alergia germana a la deuda volvió a condicionar el cónclave, donde Berlín sólo aceptó parcialmente una de las ideas de París, la de aplicar una preferencia para las empresas europeas en los contratos públicos (Buy European), pero estrictamente limitada a sectores estratégicos como la defensa, el espacio y la IA, y siempre de forma puntual y temporal. En cambio, se impuso la idea alemana de proceder a una desregulación general que libere a las empresas del corsé normativo comunitario.

Por lo demás, los líderes europeos estuvieron de acuerdo en la urgencia de completar el mercado único -en especial, la unión de los mercados de capitales- y reducir los costes de la energía para la industria. La Comisión Europea quedó encargada de presentar un plan de acción al respecto de cara a la cumbre europea -esta vez, formal y decisoria- del mes de marzo.

El presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, junto a  su homólogo maltés, Robert Abela, otro de los marginados 
El presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, junto a  su homólogo maltés, Robert Abela, otro de los marginados NICOLAS TUCAT / AFP

El retiro de Alden Biesen sirvió para poner de relieve el desgaste del eje franco-alemán (que pese a las buenas intenciones no parece haber salido del periodo de glaciación de la época de Olaf Scholz, como demuestra las tensiones que rodean el proyecto conjunto de nuevo caza europeo FCAS, a punto de romperse, o la fractura por la oposición francesa al acuerdo comercial con el Mercosur) y el nuevo juego de fuerzas en acción.

Friedrich Merz eligió esta vez cambiar de eje -palabra un tanto maldita en este caso- y buscar la complicidad de la primera ministra italiana, Giorgia Meloni, con quien mantuvo una crucial cumbre el pasado 23 de enero en la romana Villa Doria Pamphili. Fruto de este acercamiento, cuyo primer y más directo perjudicado es Emmanuel Macron, a la reunión en el castillo belga se llegó con un documento de partida firmado esta vez por los mandatarios de Alemania, Italia y Bélgica, con el primer ministro belga, Bart de Weber, en el papel de anfitrión. La marginación inicial de Francia se complementó -más tarde- con la de España, en lo que constituyó todo un mensaje dirigido a los países del Sur (grupo del que Italia parece haber decidido desgajarse) y sus veleidades económicas. La partitura se dirige desde la Europa protestante.

Acotado París, le tocó el turno a Madrid. Meloni organizó un desayuno previo, en un hotel de la ciudad, con una parte de los dirigentes europeos presentes en Alden Biesen para coordinar su posición de cara a la cumbre inmediatamente posterior. No son inusuales las reuniones fraccionales de este tipo. Lo inédito, lo absurdo en realidad, es que el grupo estuviera integrado por ¡19 países! La amplitud de la reunión le quitó toda operatividad y creó innecesarios agravios comparativos. No es lo mismo no estar en el núcleo duro que formar parte de una minoría apestada.

Entre los excluidos destacaba España -para hablar de productividad, dejar de lado a la cuarta economía europea y la que mejor comportamiento tiene no deja de ser curioso-, junto a Eslovenia, Estonia, Irlanda, Letonia, Lituania, Malta y Portugal. El Gobierno español presentó una queja.

El estado de debilidad política -y fecha de caducidad próxima- de Emmanuel Macron y Pedro Sánchez facilitaron sin duda esta maniobra. El presidente francés está en minoría en el Parlamento -su gobierno a duras penas ha logrado aprobar unos presupuestos para este año tras varios meses de agonía- y dejará el Elíseo en la primavera de 2027, sin capacidad constitucional para volverse a presentar y sin haber logrado colocar en buena posición a un posible sucesor al frente de su movimiento de centro liberal. Pedro Sánchez, el último gran dirigente socialista que queda en la UE -los socialdemócratas solo gobiernan en otros dos países: Dinamarca y Malta-, se encuentra asimismo al frente de un gobierno frágil, con insuficiente apoyo parlamentario, y todo indica que en las elecciones del 2027, si no se avanzan, su partido será barrido.

El año que viene podría haber en Francia y España sendos gobiernos de coalición entre la derecha y la extrema derecha, lo que supondría un auténtico vuelco en el mapa político del continente y un punto de inflexión que condicionará el devenir de la UE. Alemania e Italia parecen estar preparando ya el nuevo escenario.

El candidato socialista a la presidencia de Portugal, António José Seguro, celebra su victoria en la noche electoral del domingo 
El candidato socialista a la presidencia de Portugal, António José Seguro, celebra su victoria en la noche electoral del domingo PATRICIA DE MELO MOREIRA / AFP

¿Espejismo portugués? Europa encara, en 2026, un crucial año electoral, antesala de las grandes citas que -si no hay cambios- se celebrarán en Francia, Italia, España y Polonia en 2027. Portugal ha abierto el camino -han de seguir este año Eslovenia, Hungría, Bulgaria, Suecia, Letonia y Dinamarca, sin contar elecciones regionales de por medio- y es tentador tomar el resultado de las elecciones presidenciales portuguesas como el primer indicio de una posible tendencia. La victoria del socialista António José Seguro en la segunda vuelta celebrada el pasado domingo con casi el 67% de los votos ¿supone realmente un freno al avance de la extrema derecha? ¿O es solo una ilusión óptica?

Lo cierto es que el candidato rival, el ultraderechista André Ventura, líder y fundador del partido Chega, rompió el domingo su techo electoral, alcanzado un apoyo del 33%, sensiblemente por encima de los sufragios que obtuvo en las legislativas del 2025 (22,7%). En siete años, Chega -que en 2019 apenas reunió el 1,3% de los votos- se ha disparado desde la nada hasta situarse como segunda fuerza política empatada con el Partido Socialista. ¿Se trata de una progresión imparable? El tiempo lo dirá.

Pero, a título de comparación, podemos recordar que en sus primeras elecciones presidenciales, en 2017, el francés Emmanuel Macron sacó a Marine Le Pen una distancia similar a la de Seguro respecto a Ventura (63% a 34%); a las siguientes, en 2022, la distancia se redujo (58% a 22%) y hoy, los sondeos para los comicios de 2027 otorgan a Marine Le Pen, o a su delfín, Jordan Bardella, una ventaja de casi 20 puntos en la primera vuelta sobre sus más inmediatos perseguidores.

Lluís Uría Massana

Lluís Uría Massana

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Subdirector de Guyana Guardian, especialista en política internacional. Antiguo enviado especial en París (2005-14), ha liderado las áreas de Internacional, Política y Vivir. Es el escritor de "Por qué amamos a los franceses (pese a todo)" (Diëresis, 2024).