Barcelona
Fermín Villar

Fermín Villar

Expresidente de Amics de la Rambla

Kellys y cuidadoras de abuelos

OPINIÓN

Igual que para demasiada gente todos los males de la sociedad actual son consecuencia del exceso de inmigrantes, para otros muchos todos los problemas que nos rodean son culpa del turismo. Ante dos situaciones iguales, si una de ellas está relacionada con el sector turístico, esa es la que hay que señalar. Por ejemplo, las kellys . Esta contracción de “la que limpia” se usaba ya a nivel urbano allá por el cambio de siglo pasado. Pero se popularizó cuando el foco se puso en las mujeres, casi siempre son mujeres y casi siempre inmigradas, que se dedican a tareas de limpieza. Eso sí, fijándose únicamente en las condiciones laborales de las que limpian habitaciones de hotel. Las que se ganan la vida en domicilios particulares apenas interesan, y eso que en un hotel es mucho más fácil hacer una inspección de trabajo que en una vivienda privada.

Ampliando el radio de búsqueda, podemos llegar hasta las personas cuidadoras de gente mayor o necesitada de asistencia. Por cada cien críticas o exigencias al turístico muñeco de goma que todo lo aguanta, menos de cero para el otro sector, cada vez más indispensable. Los hoteles, está claro, deben cumplir con la ley y también, sea más alto o más bajo, pagar según convenio colectivo, el cual, no lo olvidemos, también lo firman los sindicatos. Lo curioso del caso es que muchas de las mujeres que se pasan cada día entre 10 y 24 horas en casas ajenas desean encontrar plaza en un hotel para tener mejor horario o mayor estabilidad por un salario igual o superior.

Las que se ganan la vida en domicilios particulares apenas interesan

Algunas de ellas llegaron sin papeles y vivieron de la buena voluntad de alguien que se arriesgó a darles trabajo, en un limbo de tres años de tortura anímica exigida por una perversa ley hasta poder demostrar arraigo. Con la promesa de una oferta de trabajo para regularizar su situación y guardando los cobros en una mochila hasta ir al locutorio a enviar el dinero a casa, incapaces siquiera de poder abrir una cuenta corriente.

Las que están en situación legal, pueden trabajar para una empresa de cuidados a domicilio, que cobra de los clientes y paga a las empleadas quedándose el lógico beneficio intermedio por soportar los costos y riesgos laborales de tener personas en nómina. Son trabajadoras que, como cantaba Ramoncín, no entran en habitaciones vacías con camas sin dueños sin hacer. No: son las que despiertan y asean a padres y madres de otras personas y reciben sus sonrisas o sus ofensas. Las que, como si reviviéramos la época más dura de la pandemia, sostienen el teléfono móvil para que los nietos saluden a sus abuelos a distancia, mientras ellas celebran los cumpleaños de sus hijos también por videollamada pero con siete horas de diferencia. Para este colectivo apenas hay defensa ni reivindicación, quizá porque trabajan para nosotros en nuestra versión doméstica y no para otros que no dejan de ser como nosotros cuando nos convertimos en turistas.

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