El negociodel reciclaje

El negociodel reciclaje
Expresidente de Amics de la Rambla

Un lejano 11 de febrero del mundialista año de 1982, Barcelona empezó la implantación de treinta y seis contenedores para la recogida de botellas de vidrio ya utilizadas. Según se podía leer en Guyana Guardian de aquel día, eran “parecidos a las bombonas de butano, pero de mayores dimensiones y de color verde, y serán instalados en los barrios de la Barceloneta, Sant Antoni, Bon Pastor y Baró de Viver”. La noticia también explicaba que el vidrio sería vendido y el producto de la venta iría a parar a los respectivos barrios.

En la actualidad, la recogida de residuos es un festival cromático, con contenedores del mismo color verde original acompañados de otros de color azul, marrón, gris o amarillo, según corresponda. Se nos explica continuamente cómo separar nuestros detritos habituales llegando hasta el extremo de intentar implantar un sistema de bolsas de basuras con chip personalizado para que se pueda rastrear nuestra actividad y que alguien nos diga, al estilo de la antigua Alemania del Este, “esta sí.”

Los únicos que sacan partido de lo que tiramos son las chatarrerías que compran hierro y acero

Hay asimismo bellos y coloridos anuncios en los que se nos habla de una cenicienta espina de pescado que acaba convertida en una bonita flor. Lo que no se nos explica, cuarenta años después, es quién hace el negocio con todo lo que depositamos para que vuelva al mundo industrial, ya sea papel y cartón, vidrio, metales o el aceite de freír que llevamos a los prácticos punts verds . Sin salir de Europa, hay muchos países, de esos que cuando interesa se usan como referencia ejemplar, que tienen esquemas de devolución de latas o botellas de bebidas con reembolso en efectivo. Aquí, únicamente, y desde hace pocos días, un conocido grupo alimentario ha presentado su nuevo sistema de recogida de envases para ser reutilizados, pagándole a la clientela por entregar lo que antes se llamaba el casco vacío . Por lo demás, desde la desaparición de los traperos, los únicos que sacan partido de lo que tiramos son las chatarrerías que compran básicamente hierro y acero, como bien sabe el exceso de personas que vemos por Barcelona con carritos de supermercado. El resto seguimos trabajando gratis para no sabemos quién, con la comprensible buena intención de ayudar a nuestro planeta y no sentirte un delincuente medioambiental.

Seguimos también con contenedores de plástico fácilmente combustible, cuya reposición es otro negocio aparte, y con los del vidrio manteniendo una incomprensible acústica inicial. Cuando están vacíos, las primeras botellas que se lanzan dentro, sea la hora que sea, resuenan con exceso de incoherencia hacia el bienestar general, igual que lo hacen los camiones de recogida en según qué calles estrechas. Eso sí, cuando el contenedor es de los que precisa girarlo boca abajo para vaciarlo, vale la pena observar pacientemente el proceso y darle también la vuelta a la manida frase de Josep Pla para preguntarse: “I tot això, qui ho cobra?

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