Barcelona

Códigos de la era Berlusconi

Hijo de un respetado periodista de izquierdas, Fabrizio Corona es la antítesis de la decencia y la honestidad. Lo cuenta la docuserie Fabrizio Corona: Yo soy la noticia (Netflix), que, pese a su exceso de metraje, retrata los años más sórdidos, grotescos, dramáticos y premonitorios del mandato televisivo y político de Silvio Berlusconi. 

Con el atractivo irresistible de los peores villanos, Corona fagocita el prestigio de su padre para abrirse camino en unos medios de comunicación y unos ambientes publicitarios y de la moda que lo catapultan a un éxito macarra y despiadado. 

Fabrizio Corona y su novia, la modelo Belen Rodriguez, en Formentera en 2011   
Fabrizio Corona y su novia, la modelo Belen Rodriguez, en Formentera en 2011   Propias

La serie, muy bien documentada, explica la deriva impune de un país politizado a través de la RAI y que sufre el abordaje del berlusconismo, entendido como la semilla de un sentido del entretenimiento sin filtros ni principios (el que, actualizado, marca los códigos que hoy analizan, sin ir más lejos, el escándalo Julio Iglesias).

La espina dorsal de la serie es una entrevista, con momentos de fantasía inverosímil, con el propio Corona, que intenta dirigir un relato que, a menudo, se le descontrola. Un relato que proporciona evidencias irrefutables sobre la destructora influencia de un modelo televisivo gobernado por la frivolidad, el dinero fácil, la apología de la trampa y una industria de la prensa rosa que no dudó en adoptar métodos mafiosos.

Cuando una serie cómica no te hace reír, ¿debes sentirte culpable de no saber apreciar su comicidad?

ANTROPOLOGÍA RECREATIVA. La plataforma 3cat ha colgado todos los capítulos de Departament Amades , una serie que pone a prueba nuestra capacidad de enfrentarnos a nuevas formas de comicidad. De la sinopsis del primer capítulo – “Una oficina aparentemente inútil esconde una misión secreta: controlar los seres mitológicos catalanes”– se salva el concepto “una oficina aparentemente inútil”. La interacción entre funcionarios ineficaces intenta conectarnos, salvando las distancias, con los estereotipos de muchas comedias de oficina (por respeto, no las nombraré). 

La aportación antropológica, en cambio –mitos, fantasmas, demonios, brujas–, enseguida hace bola y dispersa un argumento que no logra ser ni lo bastante gracioso ni lo suficientemente intrigante. De vez en cuando salta la chispa de una réplica inspirada o una situación ocurrente, pero, después de ver tres capítulos, admito que me siento culpable de no haber entrado –prometo volver a intentarlo–, incluso cuando adoptaba una actitud constructiva y de simpatía con, deduzco, las buenas intenciones que debe tener la serie.

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