María Esclapez: en la vivienda no
Relación de pareja
Numerosas mujeres perciben que deben responsabilizarse de la totalidad de las tareas domésticas. La prestigiosa psicóloga y escritora detalla las medidas a tomar con el fin de evitar que dichas responsabilidades se transformen en un foco de conflictos.
María Esclapez indica que manifestar "yo

María Esclapez, psicóloga y sexóloga

“No es ayudar, es entender que las tareas son las mismas para todos”, relata la famosa experta en psicología y sexología María Escaplez. Creadora de obras tales como Me quiero Te quiero, Tu miedo es tu poder o Hasta que te caigas bien, la profesional detalla en este diálogo con Guyana Guardian las medidas que las mujeres pueden adoptar para conseguir que sus compañeros se involucren de forma dinámica en las labores de la casa.
De hecho, según explica Escaplez, esta carencia de responsabilidad mutua repercute totalmente en la relación. “Erosiona y quema”, comenta. Por tanto, resulta fundamental conseguir los recursos precisos para fomentar uniones más equitativas y equilibradas.
En las tareas del hogar
Corresponsabilidad
Gran cantidad de mujeres perciben que, pese a desempeñar empleos externos, siguen asumiendo la organización de la vivienda. ¿Por qué continúa sucediendo esto en 2025 y qué repercusiones emocionales tiene para ellas?
Si bien comprendemos la necesidad de distribuir los quehaceres, todavía no asimilamos que la gestión intelectual, o sea, la carga mental, debe ser compartida. La cuestión no reside únicamente en ejecutar acciones, sino en asumir el compromiso. No nos referimos exclusivamente al aspecto del comportamiento, que suele ser el más destacado al tratar la equidad doméstica, sino igualmente a la dimensión cognitiva.
Numerosas mujeres han advertido que persisten en ser ellas quienes gestionan, estructuran y se hacen cargo de absolutamente todo.
Gradualmente se ha ido aceptando la distribución de las labores, aunque ya no nos satisface únicamente ese avance. Numerosas mujeres han notado que persisten como las encargadas de coordinar, estructurar y hacerse cargo de cada detalle. Por esta razón, muchas manifiestan: “Para eso lo hago yo, porque termino antes”.
Los resultados son evidentes: agotamiento, mal humor, desilusión, remordimiento, la impresión de haber llegado al límite, de no ser atendidas por el compañero, de expresarse ante el vacío. Todo esto provoca un fuerte deterioro anímico y, lógicamente, perjudica la relación sentimental.
Si una mujer desea distribuir las labores del hogar, aunque su compañero lo perciba como un reproche o una agresión, ¿de qué manera es posible entablar el diálogo evitando que derive en una disputa?
Esta estrategia no solo funciona para dialogar sobre labores, sino para cualquier ajuste o reproche que pretendamos exponer en la relación. Lo esencial radica en transformar el enfoque del discurso. No consiste en manifestar “tú eres así”, “tú lo haces mal” o “eres un desastre”, sino en expresarse partiendo del efecto producido.
Como muestra: “Estoy cansada y así no puedo seguir”. Asimismo, es fundamental sugerir una salida viable en vez de limitarse al conflicto. Manifestar la huella emocional: qué sensaciones experimento cuando sucede o deja de suceder algo. Así, la charla deja de ser un juicio negativo para volverse una descripción de la consecuencia auténtica que esto provoca en el trato y la unión.
Entre los comentarios más habituales destaca “yo te ayudo”. ¿Qué indica este testimonio y cómo lograr que se convierta en una corresponsabilidad auténtica?
Dicha expresión manifiesta que bastantes varones continúan percibiéndose como un refuerzo o auxilio, mas no como sujetos responsables. “Yo ayudo”, sin embargo, la gestión recae en la pareja. Esa es la realidad que debe transformarse.
Resulta fundamental abandonar la costumbre de consultar siempre qué labores realizar, de qué manera ejecutarlas o cuál es el siguiente paso, para avanzar hacia la autonomía personal. Hacerse cargo de las labores domésticas y de la atención a la familia supone abandonar el área de comodidad habitual. Ciertamente, esto conlleva sacrificio y renunciar a ciertas ventajas, ya que se deja de recibir instrucciones externas para asumir el conocimiento propio, demandando una carga cognitiva que previamente no se asumía.

¿Cuáles son los indicios de que un vínculo opera con una distribución inequitativa, pese a que aparente ser “no es para tanto”?
Por lo general, no es habitual que los dos integrantes piensen que la situación carece de importancia. En ocasiones no lo notan pues han asimilado esos papeles y no existe una lucha interna. El inconveniente surge al notar que algo falla, incluso si se le resta peso.
A menudo ella manifiesta fatiga, mal humor y distanciamiento afectivo. Por su parte, él no comprende lo que sucede y piensa que todo marcha correctamente. Durante las sesiones terapéuticas es habitual observar casos donde él sugiere alternativas como “sal con tus amigas” o “deja a los niños con los abuelos”. Sin embargo, el conflicto es más complejo: si ella abandona sus obligaciones, ninguna otra persona las asume. El caos se apodera de todo y ella resulta incapaz de relajarse.
Gran cantidad de varones consideran que el remedio consiste en que ella reduzca sus tareas, sin embargo, al disminuir ella su actividad —ya sea en lo práctico o en lo mental— el sistema colapsa. La respuesta no radica ahí: la clave reside en que la pareja asuma su compromiso e incremente su participación.
Numerosas mujeres sobrellevan la carga cognitiva oculta. ¿Qué pasos se pueden dar para iniciar el reparto de esa función?
En primer lugar, dándole visibilidad: admitiendo su presencia, dándole un nombre y discutiéndola. No consiste únicamente en repartir labores, sino en comprender que no ejerzo como tu superiora ni tu progenitora. El otro integrante debe igualmente avanzar y hacerse cargo de su responsabilidad.
Se trata de una labor conjunta. Posteriormente surgen cuestiones como “cómo lo hago”, “si lo hago bien” o “si así no me gusta”, las cuales integran una clase distinta de dinámica sentimental. No obstante, para iniciar la distribución de la responsabilidad psicológica es preciso dialogar sobre requerimientos, contribuciones y efectos concretos: qué sucede si alguien omite un turno sanitario o si la totalidad de las tareas agobia a un único individuo. Dichos aspectos igualmente pueden abordarse mediante el acompañamiento terapéutico.
¿Qué le dirías a una mujer agotada que siente culpa al poner límites?
Sentirse culpable resulta habitual al establecer restricciones. No representa algo negativo: indica que estamos implementando cambios. Fijar fronteras genera malestar tanto en el entorno como en una persona, ya que conlleva fracturar patrones habituales.
Al surgir el sentimiento de culpabilidad, resulta fundamental no dar marcha atrás. Si te encuentras considerando la distribución de las responsabilidades psicológicas, se debe a que no te sentías a gusto asumiéndolas. Este remordimiento no tiene que frenar nuestro progreso: simplemente indica que se está produciendo una transformación.
Si un hombre quiere asumir su parte, ¿por dónde debería empezar?
Por fijarse en los detalles sin necesidad de que se lo soliciten. Por estructurar sus pensamientos, definir sus propios calendarios y cumplir con sus labores de manera independiente. Si este comportamiento se aplica en el ámbito laboral, igualmente puede trasladarse al entorno doméstico.
Al iniciar una nueva etapa laboral, se observa, se comprende el entorno y se produce una adaptación. En el ámbito doméstico debería suceder igual. El inconveniente surge al creer que “si no lo hago, no pasa nada porque ya lo hará ella”. Dicha idea es una equivocación.
En este punto, la fijación de límites resulta esencial: si una parte no se esfuerza, la otra no tiene por qué compensarlo constantemente. Si alguien entiende los requerimientos del vínculo y aun así opta por no hacerse cargo, ese hecho es sumamente significativo.
Es fundamental que los menores presencien varones comprometidos y corresponsables, junto a compañeros que dialoguen y distribuyan equitativamente tanto los quehaceres como la gestión mental.
¿Cómo influyen la educación y los modelos familiares en este reparto desigual?
Lo esencial consiste en despertar la conciencia y educar con patrones alternativos. Los pequeños requieren ver hombres involucrados, que compartan obligaciones, y compañeros que se comuniquen y dividan tanto los quehaceres como el desgaste mental.
No requieren observar a mujeres invalidadas o saturadas, ni a varones que transfieren sus obligaciones a “la parienta”. La compañera no ejerce de progenitora ni de autoridad vigilante: se trata de una persona adulta que merece consideración. Esta mentalidad requiere una transformación, y los menores tienen que presenciar vínculos más equilibrados y saludables.
¿Puede la corresponsabilidad mejorar la relación de pareja?
En gran medida. Del mismo modo que la ausencia de responsabilidad compartida perjudica la relación, el compromiso mutuo la consolida. Incrementa el vínculo, el diálogo y hasta la atracción íntima. El rencor se desvanece gracias a una actitud activa y un apoyo auténtico.
Ella abandona la sensación de ser madre de su compañero y recupera su identidad de igual. Dicha transición altera íntegramente el vínculo.
Para aquella mujer que experimenta aislamiento al coordinar las tareas de casa, ¿qué medida inicial resultaría verdaderamente viable?
Deja de restarle importancia a lo que sucede. Si te sientes sobrepasado, es debido a que no logras cargarlo más. No ignores tus propios sentimientos. Dale la relevancia necesaria, identifica tus emociones, expresa tu agotamiento y solicita transformaciones específicas.
Y, ante todo, comprender que el punto no es acumular más labores, sino realizarlas de otra forma. A veces, marcar límites no significa sumar ocupaciones, sino aminorarlas. Variar la dinámica no es algo simple y conlleva un esfuerzo —en muchos casos terapéutico—, pero no consiste en incrementar el volumen, sino en proceder de manera distinta.

