Sonia Díaz, experta en gestión de la ira: “Confundimos el enfado con agresividad porque solo lo escuchamos cuando se grita”
Emociones
Aprender a identificar lo que hay detrás del enfado ayuda a regular las reacciones y fortalecer las relaciones

La experta es respetada por su trabajo divulgativo sobre el enfado y la comunicación consciente.

Todos nos hemos enfadado alguna vez, pero ¿qué nos está intentando comunicar realmente esa emoción? Muchas veces confundimos el enfado con agresividad y solo prestamos atención cuando ya estalla, dejando pasar las señales más sutiles que nos alertan de límites cruzados o expectativas frustradas. Escuchar y entender lo que sentimos es clave para regular nuestras emociones y mejorar nuestras relaciones.
En una entrevista con Guyana Guardian, Sonia Díaz Rois nos invita a mirar el enfado de otra manera: no como un enemigo, sino como una señal que nos alerta sobre lo que sentimos y necesitamos. Especializada en gestión del enfado y comunicación consciente, cuenta con formación universitaria en Inteligencia Emocional por la Universidad Internacional de La Rioja (UNIR) y enseña cómo canalizar esta emoción antes de que se transforme en ira, usando empatía y asertividad para mejorar nuestras relaciones y nuestro bienestar.

“El enfado suele ser una emoción paraguas que tapa miedo y tristeza
A menudo se dice que el enfado es algo negativo. ¿Por qué cree que la gente lo malinterpreta tanto?
Porque lo confundimos con la ira. Nos acostumbramos a escuchar el enfado solo cuando ya grita, cuando resulta incómodo o molesto, en lugar de prestarle atención cuando todavía nos está hablando suavemente. Por eso lo asociamos automáticamente con agresividad. El enfado es una emoción básica, como el miedo, la tristeza o la alegría. Su función es avisarnos de que algo nos parece injusto, que se ha cruzado un límite o que nuestras expectativas se han frustrado. Expresado con empatía y asertividad, puede ser una forma sana de comunicación: señala un problema y abre un diálogo.
La ira, en cambio, es la versión intensa del enfado. Aparece cuando el enfado se acumula o se ignora, y activa un mecanismo primitivo que nos empuja a reaccionar sin pensar demasiado en las consecuencias. Por eso, aunque la reacción pueda sentirse igual de intensa, no es lo mismo que te persiga un león a que alguien te dé una mala contestación.
Entonces, ¿qué suele haber detrás del enfado, tanto en adultos como en jóvenes?
Muchas veces lo que hay es falta de autoconocimiento, de autorregulación emocional y, sobre todo, falta de práctica. Tenemos información sobre emociones y sabemos ponerles nombre, pero no siempre sabemos qué hacer con ellas cuando aparecen. También nos identificamos con ciertos rasgos y tendemos a justificarnos o excusarnos, con frases como “es que yo soy así”, bloqueando el cambio. Además, el enfado rara vez viene solo: suele funcionar como una “emoción paraguas” que tapa miedo o tristeza. Y el contexto influye mucho: estamos cansados, estresados, con sueño… y nuestra capacidad de regularnos disminuye, haciendo que cualquier conflicto parezca un ataque.
¿Por qué parece que nos enseñaron más a reprimir el enfado que a escucharlo?
Todavía arrastramos patrones autoritarios. Venimos de una cultura en la que expresar enfado no estaba permitido; lo importante era portarse bien, no entender lo que nos pasaba. Hoy tenemos más espacio para expresarnos, pero curiosamente hablamos mucho y escuchamos poco. Culturalmente, el enfado se asocia con la pataleta o la queja excesiva, y cuando vemos a alguien enfadado, solemos fijarnos en la forma, no en lo que intenta comunicar. Reprimirlo puede parecer efectivo a corto plazo, pero a largo plazo la emoción pierde sentido y el conflicto reaparece, más difícil de gestionar.

Vivimos cansados y estresados, y eso nos hace reaccionar con más rabia
En el día a día familiar, ¿cómo se nota que un enfado no se gestiona bien?
Vivimos con prisas y mucha exigencia, y eso nos lleva a querer solucionarlo todo rápido. El enfado puede aparecer en silencio, en explosiones, o alternando ambos estilos. En cualquier caso, la comunicación se deteriora porque no conectamos con la necesidad real que originó el enfado.
Muchos padres intentan “calmar” a sus hijos. ¿Qué errores se suelen cometer?
El principal error es querer eliminar la emoción de inmediato. Decir “cálmate” es como decirle a alguien que llora que deje de estar triste. Primero hay que permitir que la emoción se exprese.
Otro error es hacer nuestra la emoción del otro: nos sentimos atacados, reaccionamos y dejamos de interesarnos por lo que realmente le pasa al niño. También pedimos colaboración a los hijos para regularnos nosotros mismos, exigiendo una calma que no les estamos ofreciendo. Situarse como observador, desde la calma y sin juicio, ayuda a conectar con el malestar del niño. Al principio no lo expresará bien, pero entrenando ese mensaje se le ayuda a comprenderse y comunicarse con mayor claridad y respeto.
La comunicación parece clave en todo esto…
Sí, es fundamental. Se trata de ser conscientes de las palabras, el tono y el momento, pero también del estado del otro. La comunicación consciente nos permite transformar un conflicto en un diálogo productivo y entrenar la empatía para detectar señales de apertura y comprensión. Crear espacios de diálogo distendidos, donde se pueda hablar de todo, no solo cuando hay problemas, ayuda a fortalecer la relación.

¿Se puede enfadarse bien?
Claro. Un enfado sano empieza hablando de lo que uno siente. No se trata de acusar, reprochar o atacar, sino de expresar tu vivencia y señalar qué te ha molestado y qué necesitas que sea diferente. También implica cuestionar nuestra propia percepción y mantener curiosidad por la versión del otro. Algunas claves: respirar profundo en momentos de calma, aclarar internamente el enfado antes de comunicarlo y revisar qué haríamos distinto la próxima vez.
Si pudiera cambiar una creencia sobre el enfado, ¿cuál sería?
Cambiaría la idea de que es negativo. ¿Qué pasaría si siempre te callaras y no expresaras tu punto de vista? El enfado nos mueve, nos ayuda a cuidar lo que nos importa y a provocar cambios necesarios. Una persona que se enfada bien permite que la conozcan de verdad, porque se expresa desde su esencia y valores.

