La alta costura primavera-verano 2026 fue una semana de primeras veces cargadas de responsabilidad. Jonathan Anderson y Matthieu Blazy debutaron en esta disciplina en Dior y Chanel, respectivamente; Armani Privé mostró la primera colección en la que no ha intervenido Giorgio Armani, fallecido en septiembre; y Valentino desfiló por primera vez tras la muerte del fundador que le dio nombre. A Alessandro Michele no le dio tiempo a incluir un homenaje en las prendas desveladas ayer por la tarde, pero sí a dejar clara, en una nota, una idea que atravesó toda la semana: la de la moda como herencia que se custodia sin apropiársela.
La competición no ha sido de estilo, más bien de legitimidad: comprobar quién puede ocupar un lugar histórico sin que los cimientos se resientan. Así, la costura volvió a demostrar que, además de ejercicio de romanticismo artesanal, es una herramienta de poder simbólico. Mientras unos pocos la compran o llevan como quien invierte en visibilidad, el resto de la industria observa París con atención estratégica. ¿Quién va a ocupar la parte más alta de la pirámide del lujo?
El debut de Jonathan Anderson en la alta costura con Dior
La carga de esa responsabilidad contrastó con una voluntad generalizada de aligerar. En Dior, Anderson lo hizo desde lo intelectual y lo técnico: vestidos de seda plisada sin estructura interna, sostenidos por bandas de tul fruncido que aportaban volumen y movimiento sin rigidez. Una costura menos obsesionada con la arquitectura y más interesada en la experiencia del cuerpo en movimiento. En Chanel, el aligeramiento fue práctico, un adjetivo poco habitual en este terreno. Las muselinas iban tan aireadas que eran transparentes, en una propuesta que parecía preguntarse para quién es hoy la alta costura y qué papel juega en la vida real.
Laura Ponte debuta para Chanel alta costura en París
Las firmas de París se han mostrado menos obsesionadas con el impacto que con la legitimidad
La transición fue más silenciosa en Armani Privé. La colección, titulada Jade, fue la primera concebida por Silvana Armani, sobrina del diseñador y colaboradora más de cuatro décadas. Las únicas concesiones a la formalidad aparecían en los hombros estructurados de las chaquetas; a partir de ahí, pantalones amplios y una fluidez que hablaba de continuidad más que de ruptura. El mensaje fue claro: la herencia puede gestionarse sin dramatismo.
Una modelo presenta un look de la colección de alta costura primavera-verano 2026 de Armani Privé
Si enfrentarse a primeras veces es complejo; demostrar que no se ha perdido el pulso no lo es menos. En Schiaparelli, Daniel Roseberry volvió a situar la costura en un territorio de exigencia casi extrema. Uno de los vestidos, construido con falsas plumas realizadas a partir de hilos de seda, requirió 8.000 horas de trabajo. No era un alarde gratuito, sino la confirmación de una visión que, desde su llegada en 2019, ha elevado los estándares técnicos y simbólicos de la materia. Los volúmenes imposibles y las superficies trabajadas hasta el límite funcionan menos como espectáculo que como afirmación de autoridad creativa.
Uno de los looks de Schiparelli que se presentaron en la colección de alta costura 2026
Con tantos interrogantes concentrados en las colecciones, la atención se desvió de lo habitual y las celebrities pasaron a un segundo plano. En Dior, John Galliano fue más fotografiado que Rihanna. Invitado por Jonathan Anderson, era la primera vez que asistía a un desfile de Dior desde su salida en 2011, envuelta entonces en un descrédito que la casa nunca llegó a clausurar del todo. Su presencia funcionó menos como gesto sentimental que como síntoma de normalización: una forma de cerrar un capítulo para poder escribir el siguiente.
Lauren Sanchez y Jeff Bezos a su llegada al desfile de Schiaparelli
Del público, solo Lauren Sánchez Bezos consiguió alterar ese equilibrio. En su segunda temporada de alta costura, se movió por el primer y el octavo distrito como pez en el agua. En Schiaparelli, señaló sin disimulo el look 16 a su marido, después acudieron juntos a Dior. El martes acompañó a Anna Wintour en una serie de visitas que reavivaron el fuego de los rumores sobre el interés del matrimonio por hacerse con Condé Nast, aunque tal vez sólo estaban atando cabos de la próxima gala del MET que patrocinará Amazon. Por si con tanto atender a las propuestas se olvidaba, la escena lo recuerda con claridad: la alta costura es un bien cultural de primer orden, pero también uno que el dinero puede comprar.
