Mucho antes de que Elon Musk estableciera SpaceX, un ingeniero alemán intentó competir contra la NASA fabricando sus propios vehículos espaciales (anticipo: no concluyó satisfactoriamente).
Espacio
La historia sobre el trabajo vanguardista de una compañía para enviar naves en el transcurso de la Guerra Fría y la razón de su cese por decisiones puramente políticas.
Las huellas de la supernova de menor antigüedad en la Vía Láctea llevan a los expertos a evaluar nuevamente el entendimiento sobre la generación de elementos dentro de nuestra galaxia.

Lutz Kayser, ingeniero aeroespacial.

Una de las proezas más destacadas de Elon Musk ha consistido en persuadir a la población global de que una corporación privada como SpaceX tiene la capacidad de medirse con potentes organismos espaciales de carácter internacional como la NASA. No obstante, en el transcurso de la Guerra Fría, un especialista en ingeniería de Alemania ya pretendió fabricar un proyectil de transporte efectivo sin el apoyo de estado alguno. Aquel hombre se llamaba Lutz Kayser, y su proyecto se conocía como OTRAG.
Jamás dispares un proyectil en el transcurso de una contienda.
Al iniciarse la década de los setenta, el cosmos contaba con dos protagonistas fundamentales: Estados Unidos y la URSS. Los dos países se enfrentaban en una Guerra Fría que trascendía el armamento y los conflictos; se trataba de una auténtica competición por el dominio técnico y estratégico. Por lo tanto, en dicho escenario, resultaba esencial ser los pioneros en alcanzar logros significativos más allá de la atmósfera de la Tierra.
Si bien EE. UU. Obtuvo el triunfo al alcanzar la Luna en 1969, la competición prosiguió por décadas, sin restringirse únicamente a estas dos naciones. Al tiempo que los dos competían con honor, en Europa el progreso astronáutico buscaba evolucionar, por lo común, de manera desarticulada y supeditada a convenios entre estados. Tal situación culminó con la fundación de la Agencia Espacial Europea en 1975, si bien su autoridad restringida condujo, por así decirlo, hacia distintas opciones.

Durante ese mismo 1975, el especialista germano Lutz Kayser estableció OTRAG, un proyecto que actualmente definiríamos como una startup. Se trataba de la compañía pionera del sector privado en Europa con el objetivo de fabricar vehículos espaciales, y su análisis guardaba similitudes con el de Musk: sostenía la visión de que el elevado coste de los proyectiles no era una fatalidad, sino una consecuencia de producirlos como objetos singulares, sofisticados y hechos a mano.
Debido a esto, optó por fundar su compañía mediante un planteamiento que buscaba lo opuesto. OTRAG ideó un sistema fundamentado en piezas uniformes —los Common Rocket Propulsion Units (CRPU)— que facilitaba la fabricación masiva. Consistían en sencillos cilindros de acero, fabricados industrialmente, que se lograban reunir en conjuntos. Así, un proyectil no se “diseñaba” de forma individual, sino que se montaba igual que un automóvil o cualquier transporte. Cuantos más componentes se añadían, más peso podía transportar. Ya que su meta no consistía en superar marcas, sino en bajar los gastos significativamente para ser un rival competitivo.
Kayser, de forma similar a Musk, sostenía que tal método facilitaría el envío de satélites por una parte mínima del precio común. Recalcaba que su tecnología se diseñó únicamente con fines civiles y mercantiles. No obstante, sabía que el límite técnico respecto al sector bélico resultaba forzosamente impreciso y complejo bajo el marco de la Guerra Fría.
La situación se tornó difícil rápidamente. Con el fin de testear sus proyectiles espaciales, OTRAG requería de factores que Europa no podía proporcionar: vastos territorios despoblados, flexibilidad normativa y un entorno político preparado para afrontar peligros. Lo alcanzó, de alguna manera, mediante un pacto con el gobierno de Mobutu Sese Seko en Zaire (actual República Democrática del Congo), pero no resultó suficiente.

A lo largo de 1977 y 1978, OTRAG llevó a cabo distintas misiones suborbitales partiendo de una instalación en la jungla congoleña. En términos técnicos, los ensayos resultaron bastante satisfactorios: los propulsores operaron, se verificaron los sistemas y el planteamiento modular probó su factibilidad en dimensiones reducidas. No obstante, aquello representó una catástrofe política.
El panorama de una compañía germana disparando proyectiles desde África activó múltiples advertencias. Estados Unidos y la Unión Soviética iniciaron maniobras de presión diplomática sobre la administración de Zaire. Y la preocupación no residía principalmente en las acciones actuales de OTRAG, sino en su potencial futuro: un método de despegue económico y modulable resultaba, cuanto menos, perturbador para su competencia.
En Europa, diversas administraciones se alejaron de la iniciativa. Francia, específicamente, percibía a OTRAG como un riesgo directo para el progreso del programa Ariane, base de la independencia espacial europea. Que convivieran un cohete público y otro particular, sin supervisión del Estado, resultaba inadmisible para ellos.
Ante tal coacción, Zaire anuló el convenio. OTRAG buscó después mudar sus actividades hacia Libia, sitio en el que Muamar el Gadafi brindó respaldo. No obstante, dicha maniobra, en lugar de rescatar la iniciativa, la sentenció de forma irreversible: toda apariencia de fines pacíficos se desvaneció ante la mirada global. De este modo, al iniciarse la década de los ochenta, OTRAG desapareció. No debido a fallos técnicos, sino por cuestiones estrictamente políticas.


