He cancelado mi suscripción a Spotify para comprarme un reproductor MP3, y ha cambiado mi relación con la música
Reproductores digitales
Spotify, y las plataformas de reproducción por streaming, ponen toda la música del mundo en nuestras manos… pero quizás usar un reproductor tradicional para escucharla como se hacía antes puede hacernos conectar mejor con ella
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Los reproductores de música digital estámn recuperando adeptos.

La mayoría de las personas que escuchamos música de manera habitual —fuera, claro, de lo que ponen en la radio; o incluso conviviendo con ello— hemos asimilado que los servicios de streaming son la manera predominante de hacerlo. La aparición de Spotify, tal y como lo conocemos a día de hoy, alrededor del año 2011, ha ido moldeando poco a poco nuestra relación con los discos, singles y EP de nuestros artistas favoritos.
Con 281 millones de suscriptores de pago en el año 2025, Spotify no solo es la manera de escuchar música online más utilizada en todo el mundo, sino que presenta, año tras año, un aumento en sus cifras de uso. Tratando de competir en el mismo espacio, otras propuestas como Tidal o YouTube Music han intentado sumarse a la moda del streaming, estableciendo todavía más un modelo de consumo que no solo afecta a los usuarios, sino también a los propios artistas: los ingresos por reproducciones de estas plataformas, frecuentemente criticados por ser demasiado bajos, han sustituido a los royalties o beneficios tradicionalmente obtenidos a través de las ventas de CDs o vinilos, a día de hoy, un producto más marginal.
Cuesta imaginar un mundo sin Spotify, pero, al mismo tiempo, la empresa de Daniel Ek no está exenta de controversias. El pasado mes de agosto, varios artistas independientes decidían retirar todo su catálogo musical de la plataforma como protesta por la inversión de la empresa en una sociedad enfocada en fabricar drones militares. Además, el precio de la suscripción ha subido en los últimos años: la cuota individual actual es de 11,99 euros y, la familiar, de 20,99, frente a los 9,99 y 15,99 que costaban, respectivamente, cuando el servicio llegó a España.
Al fin y al cabo, cuando era adolescente y no existían este tipo de servicios, yo seguía escuchando música de manera diaria
Llegados a este punto, y como consumidora habitual de música, había muchas pequeñas cosas en la plataforma que no terminaban de encajarme; ni en el ámbito ético, ni en la experiencia de uso. Y aunque cuesta, por ejemplo, pensar en no compartir esa recapitulación de escuchas, el Spotify Wrapped, a final de año, o enlazar de manera rápida una canción o un disco que queremos recomendarle a un amigo, comencé a plantearme si no había alternativas a ella. Al fin y al cabo, cuando era adolescente y no existían este tipo de servicios, yo seguía escuchando música de manera diaria: de hecho, casi podría decir que escuchaba y disfrutaba de la música muchísimo más que ahora mismo.
(Re)descubriendo el DAP
Fue esta inquietud la que me llevó a descubrir una comunidad online que, a día de hoy, es pequeña, pero que ha aumentado su relevancia en los últimos años. Se trata de un grupo de usuarios que usan, comentan y recomiendan los DAP: las siglas de “Digital Audio Player.”
Un DAP es, esencialmente, un reproductor de música que no depende de una suscripción o una conexión a Internet: en lugar de eso, reproduce los archivos que nosotros le coloquemos en su memoria interna. Es decir: como un reproductor MP3 o un iPod de los de antaño. Aunque estas propuestas no han dejado de existir en ningún momento, y suelen ser la opción preferida para escuchar música de los audiófilos por sus opciones de reproducción de formatos de alta calidad o sin pérdida, recientemente han comenzado a expandirse más hacia el mainstream, gracias al aumento de personas que, como yo, sentían inquietud creciente hacia los servicios de streaming.
Un DAP es, esencialmente, un reproductor de música que no depende de una suscripción o una conexión a Internet
Tras un proceso de documentación, acabé optando por probar uno de los aparatos más populares dentro del rango más económico de estos reproductores. Se trata del Snowsky Echo Mini, un aparatito de apenas 8 centímetros de largo y uno de grosor, con botones en su superficie lateral que pretenden emular la estética y experiencia de uso de uno de esos walkman que solíamos llevar antes de que el audio digital fuese una opción.
El Echo Mini tiene un diseño muy llamativo y varias opciones de colores; es ligero, tiene una interfaz bastante sencilla y compatibilidad tanto con auriculares y altavoces Bluetooth como cableados. De entrada, parecía cubrir todas mis necesidades hipotéticas.
Por 69,99 euros, para mí, este dispositivo tiene ciertas ventajas ante otros con el mismo rango de precio. El principal es que posee un espacio para introducirle una tarjeta SD con el almacenamiento que queramos (oficialmente, solo soporta hasta 256 GB, pero he comprobado que no tiene problemas con tarjetas más grandes), asegurándonos no tener problemas de espacio a largo plazo. Además de eso, y aunque Snowsky es una marca china, es de las pocas de este estilo que tiene distribuidora oficial en España: la tienda valenciana Zococity los vende a través de su página web a todo el país, ahorrándonos posibles problemas de soporte o asistencia técnica que pudiese acarrear comprarlos directamente a su país de origen.
Consumo pausado en contra del “síndrome FOMO”
Cuando el Echo Mini llegó a mi casa, empezó una tarea que consumió una cantidad notable de tiempo, pero que también disfruté muchísimo más de lo que esperaba: encontrar la música que introducir el dispositivo. Como consecuencia de utilizar Spotify durante tanto tiempo, apenas he consumido música en formato físico en los últimos años, pero sigo teniendo una pequeña colección de vinilos y los CD de mi infancia y adolescencia. Rebuscar entre ellos para extraer sus archivos, para descargar esos códigos de descarga digital que nunca había usado en vinilos, EPs e incluso ediciones especiales de videojuegos me hizo reencontrarme con algunos discos o canciones que, simple y llanamente, había olvidado.
Fui consciente en ese momento, de hecho, de que ese olvido había sucedido precisamente por la manera en la que funcionan las plataformas de streaming. Lejos de ser, única y exclusivamente, herramientas de reproducción, Spotify y compañía buscan que siempre estés a la última. Listas de reproducción de descubrimiento, canciones añadidas de manera algorítmica al final del disco que estabas escuchando o una página principal que no se limita a enseñarte tu colección de música, sino que te quiere informar constantemente de los nuevos éxitos, de las canciones o los artistas que todo el mundo está escuchando.

Aunque, personalmente, creo que las opciones de descubrimiento algorítmico de plataformas como Spotify son útiles para encontrar nuevos artistas —y no mentiré a nadie: he descubierto de esta manera a algunos que me fascinan— también son una herramienta para alimentar lo que ahora llamamos FOMO: el Fear of Missing Out, miedo a perdernos algo, a no estar en la conversación, a no conocer el último tema de moda.
Sumergiéndome de nuevo, por primera vez en años, en la electrónica de Kraftwerk (mi obra favorita de los alemanes, Trans Europa Express, se lanzó más de una década antes de que yo naciese) o reviviendo la angustia existencial de ese Meat is Murder de The Smiths en mi reproductor digital, sentí muchísimo alivio por poder, simplemente, escuchar. Sin culpabilidad por no estar escuchando los nuevos éxitos; por no estar descubriendo algo nuevo en lugar de paladear, tranquilamente, lo que verdaderamente me apetecía disfrutar en ese momento.
Sentí muchísimo alivio por poder, simplemente, escuchar. Sin culpabilidad por no estar escuchando los nuevos éxitos
Arte sin algoritmos
Aunque en general mi experiencia con el Echo Mini ha sido muy positiva, sí hay algunos detalles que merece la pena comentar. El primero es que aunque el dispositivo admite la reproducción de la mayoría de formatos, incluyendo MP3 y FLAC, la batería se consume —como parece evidente— notablemente más rápido cuando reproducimos formatos sin pérdida. En estos últimos, en ocasiones, he agotado la batería en alrededor de 7 horas, frente a las más de 15, una cifra nada desdeñable, que he conseguido escuchando los álbumes que estaban en MP3.
Por otro lado, la navegación por los menús a través de botones es algo a lo que hay que adaptarse. La interfaz es sencilla, pero razonablemente intuitiva, también, en cuanto la hemos usado unas horas, aunque crear listas de reproducción sea más dificultoso que en un teléfono móvil u ordenador. Solo echo realmente en falta dos cosas: algún tipo de menú en el que se nos permitiese ver nuestra lista de álbumes junto a sus portadas, y que los saltos entre canciones fuesen más fluidos. Entre una pista y otra suele haber un pequeño microcorte que, por ejemplo, es similar al que ofrece YouTube Music, pero es más notable que el que nos encontraríamos usando Spotify.
Además de esto, una de las preocupaciones que tenía a la hora de abandonar Spotify tenía que ver con la anteriormente mencionada capacidad de descubrir música nueva. Temía que disponer de una cantidad limitada de música al salir de casa o conducir evitase que me expusiese a artistas nuevos. Pero no sólo es que esto no haya sucedido: es que, en las últimas semanas, he escuchado más música nueva que nunca.
No quiero demonizar, tampoco, el uso de las plataformas de música por streaming: son una herramienta útil para facilitar el acceso y descubrimiento de nuevos artistas o géneros que quizás tienen menos preponderancia en el mainstream. Al mismo tiempo, e incluso si las tasas que se pagan a los artistas —entre 0,003 y 0,005 dólares por reproducción— son indudablemente pequeñas, también son una fuente de ingresos importante para, especialmente, quienes son más independientes.

Pero utilizar un reproductor digital me ha hecho pensar que esa experiencia, la del acceso completo a toda la música del universo en un solo clic, no es para mí. Volver al formato más tradicional, a ese en el que un amigo te recomienda un disco y tú buscas la manera de conseguirlo, en lugar de simplemente añadirlo a una lista o darle un “like” para escucharlo luego, de perderlo entre la marabunta de estímulos y opciones, ha aumentado mi curiosidad por nuevos géneros y músicos mucho más de lo que Spotify nunca pudo.
El acceso instantáneo e ilimitado es fascinante y poderoso; pero, en un mundo lleno de automatismos, donde los algoritmos ya deciden qué vemos, qué opinamos, y qué descubrimos, darle intencionalidad a nuestra relación con el arte puede ser, quizás, nuestra mejor arma.


