Boris Cherny, el hombre que ha reiventado la manera de escribir código: “Los LLM son como una forma de vida alienígena a la que podemos nutrir y traer a la existencia”
Exingeniero de Meta
El exingeniero de Meta redefine desde Anthropic la productividad global transformando a los programadores en estrategas que gestionan la «cognición» como un recurso escalable y masivo.
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Boris Cherny, padre de Claude Code
Fue en marzo de 2023, durante un viaje a Japón, cuando la estricta mentalidad de ingeniero de Boris Cherny se fracturó. Al probar por primera vez la capacidad de los Grandes Modelos de Lenguaje (LLM), no vio simplemente un software avanzado, sino algo orgánico, inquietante y terriblemente poderoso.
“Los LLM son como una forma de vida alienígena a la que podemos nutrir y traer a la existencia; no es solo una tecnología, es algo más”, confesaría Cherny tiempo después sobre aquel instante de revelación. Esa epifanía en Tokio marcó el fin de su etapa diseñando la infraestructura social de Meta y el inicio de una obsesión que le llevaría a Anthropic: la certeza de que la programación manual estaba a punto de extinguirse y que él debía construir la herramienta que ejecutara el tiro de gracia.
Cherny, un economista reconvertido en hacker que llegó a la cima de Silicon Valley gracias a un pragmatismo brutal y a su autoría de textos de referencia como Programming TypeScript, entendió que el problema de la Inteligencia Artificial no era de capacidad, sino de interfaz. Su tesis es que el talento humano ya no escala escribiendo líneas de código, sino gestionando la atención.
“El cuello de botella no es la generación de código, es la asignación de la atención humana”, sostiene el ingeniero en sus análisis más recientes. Bajo esta premisa, desarrolló Claude Code, actualmente la herramienta más admirada por los programadores, no como un asistente pasivo que sugiere sintaxis, sino como un agente con permisos reales sobre el sistema, capaz de leer, escribir y ejecutar comandos en la terminal como si fuera un empleado junior infatigable.

El punto de inflexión técnico ocurrió en noviembre de 2024, tras una serie de conversaciones críticas con la estratega de producto Cat Wu. Hasta ese momento, los prototipos eran curiosidades limitadas; al otorgar al agente capacidad de ejecución en bash y acceso al sistema de archivos, descubrieron lo que Cherny denomina un “excedente de producto” (product overhang).
“¡El modelo ya podía hacer esto, solo faltaba el producto que lo desbloqueara!”, exclamó Cherny al ver cómo su creación comenzaba a explorar recursivamente el código, proponiendo soluciones y ejecutando tests sin intervención humana constante. No se trataba de magia, sino de retirar las barreras que impedían a la IA actuar como un ingeniero de pleno derecho.
Su hazaña dio un vuelco al concepto de programador
La filosofía que Cherny ha implantado en Anthropic sugiere un cambio radical en la jornada laboral: el programador deja de ser un artesano solitario para convertirse en un comandante de campo. Inspirándose en metáforas de videojuegos de estrategia en tiempo real, el flujo de trabajo ya no es lineal.
“Ejecuto cinco Claudes en paralelo en mi terminal; numero mis pestañas del 1 al 5 y uso notificaciones del sistema para saber cuándo uno de ellos necesita mi input”, explica Cherny, ilustrando cómo un solo humano puede multiplicar su producción por cinco supervisando múltiples hilos de razonamiento simultáneo. La clave reside en la orquestación paralela, donde la cognición se trata como una commodity que se puede comprar y gastar a voluntad.
Sin embargo, Cherny, fiel a su ética de “seguridad ante todo” —razón primordial por la que abandonó Meta, donde veía la seguridad como un mero impuesto burocrático—, insiste en que esta potencia debe estar sometida a estructuras rígidas de verificación. La herramienta no opera en el vacío; utiliza archivos como CLAUDE.md para generar una “memoria institucional” que evita que la IA repita errores pasados.
“Una respuesta rápida pero incorrecta es más lenta a largo plazo que una respuesta lenta pero correcta”, sentencia el ingeniero, subrayando que la verdadera revolución no es la velocidad de escritura, sino la capacidad de la IA para ejecutar sus propios tests de calidad y corregirse a sí misma antes de presentar el trabajo al humano.
Una respuesta rápida pero incorrecta es más lenta a largo plazo que una respuesta lenta pero correcta
Los resultados de este cambio de paradigma son, según las métricas internas que comienzan a filtrarse desde Anthropic, irreversibles para la industria del software. A principios de 2026, la compañía reporta que entre el 80% y el 90% del código de su propio repositorio es escrito íntegramente por la inteligencia artificial.
La figura del programador purista se desvanece para dar paso a un perfil híbrido, capaz de dirigir enjambres digitales. Como advierte el propio Cherny con una mezcla de urgencia y optimismo: “La pregunta ya no es si el código lo escribirá una IA, sino quién lo hará primero y cómo nos adaptaremos los humanos a esta nueva era”.

