
Sobre las olas gigantes
Lord Byron se adelantó a su tiempo tanto en lo que respecta a su manera de vivir como a su obra. Por su hábil gestión de la fama, hay quien le considera la primera celebrity de la historia. En cuanto a la escritura, su mestizaje de estilos y registros lo convierten en un poeta que supo abrir caminos. Pero si lo invocamos aquí es porque hizo del mar un espacio poético y, en concreto, por ser autor de dos versos –del libro de 1818 Childe Harold’s Pilgrimage – que acabarían siendo proféticos: “El hombre señala la tierra con ruinas: su dominio / se detiene en la orilla”.
Analizar esta reflexión es labor de los críticos literarios pero, varias décadas de cambio climático después, sí que podemos valorar libremente la clarividencia de sus versos: los humanos no solo no hemos sabido controlar mejor el mar, sino que, al alterar el clima, lo hemos hecho cada vez más ingobernable, hasta el punto de que ahora amenaza con reducir a meros vestigios (“Man marks the earth with ruin”) todo lo que hemos edificado en el litoral.

Porque la olas, que tanto inspiran al arte, se agigantan año tras año. En un artículo que publica hoy Sociedad se constatan varios episodios regionales de incremento del poder devastador del oleaje, tanto para las vidas humanas como para los bienes materiales. Sumado al aumento del nivel del mar, este fenómeno, que es una de las expresiones de la crisis climática, está costando ya una auténtica fortuna a la economía planetaria.
En total, se calcula que paliar las calamidades derivadas del calentamiento global cuestan 328.000 millones de dólares al año, según datos de 2024 elaborados por el Instituto Swiss Re. En un momento en que los países han decidido de manera tácita renunciar a los objetivos de la lucha contra el cambio climático, conviene retener en la memoria estas cifras.
No hacer nada tiene un coste astronómico que no figura en ningún presupuesto local, regional o nacional y que desborda la capacidad de las compañías aseguradoras. ¿A cuánto subirá la factura de 2026?
Seguiremos empeñados en reponer la arena que el mar reclama para sí tras el temporal, en reconstruir casas en zonas inundables o en reparar paseos marítimos. Igual que Sísifo subiendo la piedra por la ladera, pero sin la lúcida aceptación existencial que tenía este mito en la versión de Albert Camus.

