Opinión
Josep Vicent Boira Maiques

Josep Vicent Boira

Catedrático de Geografía Humana de la UV

Cuando la democracia llegó por las ciudades

EL RUEDO IBÉRICO

A Ricard Pérez Casado (1945-2026)

Este 2026 celebraremos los cincuenta años de una cita histórica: el referéndum de 15 de diciembre de 1976 sobre el proyecto de ley de reforma política. Para los recién llegados explicaré que se trató de la consulta que abrió la puerta a las primeras elecciones generales democráticas, celebradas un año después. He acudido al primer artículo de aquel proyecto de ley y, contemplado a la vista de lo que está pasando en el mundo, suena hasta revolucionario: “La democracia, en el Estado español, se basa en la supremacía de la Ley, expresión de la voluntad soberana del pueblo. Los derechos fundamentales de la persona son inviolables y vinculan a todos los órganos del Estado. La potestad de elaborar y aprobar las leyes reside en las Cortes. El Rey sanciona y promulga las leyes”.

Cuando en tantos lugares del planeta se pone en cuestión la vía democrática, cuatro conceptos (democracia, ley, derechos humanos y parlamentarismo) se nos revelan como un plebiscito cotidiano que, cincuenta años después de aquel Adviento de la Navidad y de la democracia de 1976, necesita ser reafirmado cotidianamente. Mal deben de andar las cosas en el mundo cuando aquel primer artículo se nos muestra radiante justamente debido a su cuestionamiento. Más que recordar la muerte del dictador deberíamos celebrar aquel 97,36% de quienes votaron sí.

 
 Perico Pastor

En 1976, Pasqual Maragall tenía 35 años y Ricard Pérez Casado, 31. Para quienes no conozcan a Ricard, les diré que fue, como Maragall en Barcelona, el segundo alcalde democrático de mi ciudad, València. Elegido por vez primera el 5 de octubre de 1979, estuvo en el cargo hasta su dimisión el 30 de di­ciembre de 1988. Pasqual y Ricard fueron amigos y fue el primero quien le propuso al segundo, en 1996, suceder a Hans Koschnick como administrador de la Unión Europea en Mostar (Croacia), como así pasó. Ricard Pérez Casado falleció en València el pasado 12 de enero.

Pasqual Maragall en Barcelona y Ricard Pérez Casado en València formaron parte de la generación de personas (más bien hombres, en la corporación municipal valenciana, todavía en 1983, había 24 hombres y solo tres mujeres, una por grupo político) que tuvieron que enfrentarse, armados solo con su voluntad y corta experiencia política, a la gestión de los primeros ayuntamientos democráticos. Llama la atención que las primeras elecciones municipales libres en España se celebraran casi dos años más tarde que las generales, concretamente el 3 de abril de 1979. Este decalaje ocasionó una coha­bitación entre autoridades locales franquistas y estatales libremente elegidas que puede ser interpretado como un “miedo a la ciudad” del régimen que estaba muriendo, un intento de ganar tiempo para que el cambio político no fuera tan estruendoso como se auguraba.

La transición en algunas ciudades (València o Barcelona) había empezado antes de morir Franco

Pues bien, la reflexión sobre la desaparición de Pérez Casado me permite defender una tesis que veo que el amigo Jordi Amat –reinterpretando a Vázquez Montalbán– comparte y que he leído también al veterano periodista valenciano Paco Pérez Puche: la transición en algunas ciudades (València o Barcelona) había empezado antes de morir Franco; o, en otras palabras, en noviembre de 1975, cuando el dictador murió, la ciudad democrática casi era una realidad en algunos lugares, a la espera de poder elegir al alcalde libremente. Esta tesis se sustenta, entre otras razones, en que el modelo urbanístico franquista había colapsado antes de morir el dictador y que existía gente preparada “para poder hacer lo que antes se había pensado” (Pasqual Maragall dixit). O, como escribió Pérez Casado, para “pensar la ciudad, haciéndola”. Pensar y hacer ciudad fueron, en 1979, de la mano.

Aquella generación creció con un principio en su cabeza: si la ciudad no se asentaba y emprendía un nuevo rumbo, ni habría ciudad ni habría país. Pero llevarlo a la práctica fue arduo, pues ni había recursos, ni leyes, ni un funcionariado preparado para hacer todo. Porque todo estaba por hacer: “¿Cómo no atender al transporte público? ¿Cómo dejar de barrer o baldear las calles donde viven la mayoría de los ciudadanos? ¿Cómo no hacer escuelas o guarderías cuando las familias necesitan que todos sus miembros activos, las mujeres por entonces también, trabajen? ¿Cómo no iluminar las calles abandonadas o los barrios y las pedanías? ¿Cómo no clausurar los vertidos domésticos a acequias y convertirlos en fluidos hacia alcantarillas y depuradoras? ¿Cómo no evitar la piqueta sobre muros y casas venerables? ¿Cómo no planificar y ejecutar instalaciones depor­tivas elementales?” (De nuevo Ricard). Todo ello, junto a la cultura en libertad, fue el programa de la transición en las ciudades de España. Y aquella generación ganó la batalla, vaya que la ganó. La democracia llegó a este país, como la Segunda República, a través de sus ciudades. Y se asentó gracias a ellas.

Ricard Pérez Casado, siempre trajeado y encorbatado, cambió la ciudad gris de València: en solo dos años (1979-1981) se pavimentaron 785.000 m2de calles, se instalaron 8.000 puntos de luz y se urbanizaron 35.000 m2de aceras. Fueron construidos equipamientos escolares (de los 61 barrios de la época, solo seis no tenían déficits de plazas preescolares), se paralizó la destrucción del centro histórico y de El Saler, se desarrolló el transporte público, se cimentó la red de suministro y de tratamiento de aguas residuales…

La democracia ganó su prestigio en las duras calles y plazas de las ciudades de principios de los ochenta. Y, gracias a aquella victoria urbana, nuestra transición se consolidó. Por ello, gracias, Pasqual. Gracias, Ricard.

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