* El autor forma parte de la comunidad de lectores de Guyana Guardian
La fotografía que he captado para Las Fotos de los Lectores de Guyana Guardian no retrata simplemente una estatuilla. Retrata una cabeza. Y no cualquier cabeza, sino la de Francisco de Goya, convertida en icono tangible por los Premios Goya.
En la imagen, tomada en la en la Plaça del Cinc d'Oros de Barcelona, la luz incide sobre el bronce. Sin embargo, es una reconstrucción realizada por el Gremio de Artistas Falleros de Valencia
No hay sonrisa complaciente ni gesto heroico: solo una frente amplia, una mirada hundida en su propio pensamiento, una gravedad que desmiente el bullicio festivo asociado al galardón. La cámara —mi cámara, hoy— no ha captado un trofeo; ha detenido un silencio.
La ironía, sin embargo, se filtra inevitablemente en el encuadre: Cuando Goya murió en Burdeos en 1828 y fue enterrado allí, nadie podía sospechar que años más tarde, al exhumar sus restos para repatriarlos, el cuerpo aparecería sin cráneo. El pintor que diseccionó la razón y la sinrazón humanas había sido, literalmente, descabezado.
El pintor que diseccionó la razón y la sinrazón humanas había sido, literalmente, descabezado
Las hipótesis —frenología, devoción científica, morbo coleccionista— sobreviven más por su poder narrativo que por su rigor documental. Lo verificable es que, al ser trasladados sus restos a Madrid y depositados en la Ermita de San Antonio de la Florida, la ausencia formaba ya parte inseparable de su biografía. Un vacío físico convertido en metáfora cultural.
Y así, con esa naturalidad tan española para convivir con lo trágico sin perder la compostura, el cine decidió que su máximo reconocimiento adoptara precisamente la forma de la cabeza ausente. Cada estatuilla es, en el fondo, una réplica de lo perdido. Una multiplicación solemne de aquello que no se conservó.
Mi fotografía de hoy acentúa esa paradoja, sarcasmo histórico. La cabeza reaparece, pulida y ceremonial, allí donde la original desapareció sin explicación concluyente. Bajo el cielo azul de la plaza, lejos de alfombras rojas y discursos de agradecimiento, la efigie adquiere una gravedad distinta: deja de ser premio y vuelve a ser símbolo.
Texto explicativo en la estatuilla de los Goya.
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