Salvador Rovira, 90 años, jubilado: “Mi miedo es que mi cuerpo falle, pero mi mente no; hasta hace un año cuidaba de la piscina y cogía leña para la chimenea”
Historias de vida
El jubilado trabajó toda su vida teniendo, en muchos momentos, tres trabajos a la vez; no se arrepiente, dice, “disfrutaba mucho haciéndolo”
Salvador goza de una gran salud, algo que le ha permitido hacer tareas como cuidar de su jardín o poner la chimenea hasta los 89 años

Salvador Rovira, 90 años

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Envejecer no significa lo mismo para todos. Salvador Rovira es sinónimo de ello. Con 90 años -cumple los 91 en febrero-, el vecino de la Costa Brava goza de gran salud física y una espectacular memoria. En esta conversación con Guyana Guardian, Salvador comparte, con gran lujo de detalles, todas las fechas y nombres que han sido (y siguen siéndolo) relevantes en su vida.
Su historia es común: el trabajo ha sido protagonista desde que era un joven, algo muy identificativo en su generación. Nacido en Vilajuïga, Girona, el 16 de febrero del 1935, se mudó a Barcelona para empezar a trabajar en las Fuerzas Eléctricas de Cataluña (FECSA), donde se dedicaba a los números, “me encantaba”, relata.

En la ciudad Condal se casó, pero fue poco tiempo el que residió allí junto a su mujer Margarita Guanter. Sant Feliu de Guíxols les acogió algo más tarde, y decidieron dejar la vida de ciudad para apostar por la tranquilidad del mar. “Me trasladé a la FECSA de Sant Feliu, pero, como tenía bastante tiempo libre, entré a trabajar a la Cofradía de Pescadores”, recuerda. En este momento de su vida Rovira trabajaba durante todo el día y, además, también empezó a hacerle las cuentas a particulares.
Y es que, ante la pregunta de si “se arrepiente de haber trabajado tanto”, la respuesta del anciano es clara: “No, los disfrutaba mucho. Eran trabajos movidos pero cómodos. Me permitían tener más comodidades”.

63 años
A partir de la jubilación
Salvador Rovira se jubiló a los 63 años, y es en ese momento donde el tiempo libre adquiere protagonismo en su vida. Sin tener hobbies concretos, empezó a ocupar su tiempo cuidando de su casa con jardín. “En el 2000 compramos esta propiedad con piscina y jardín. Antes hacía el mantenimiento, tenemos un bosque con pinos. Ahora con el vértigo ya no puedo hacerlo”, explica.
27 años han pasado y no me he dado ni cuenta
Hasta hace menos de un año él mismo quitaba las hojas de la piscina e iba a buscar leña para el fuego. Rovira sigue teniendo una salud de hierro, y disfruta de vez en cuando de paseos acompañados de su hijo Salvador y su nieto Martí. “Ahora con 90 años me doy cuenta de que desde que me jubilé el tiempo ha pasado volando. La juventud se me hizo más larga”, confirma.

Pese a su buen estado físico, los días empiezan a hacerse pesados para el nonagenario. El vértigo hace que sea más complicado levantarse y arrancar el día. “También hay miedo. Mi mujer falleció no hace mucho. La soledad es algo que da mucho respeto”, comparte en la conversación.
El aislamiento durante la vejez es uno de los términos que más la acompañan. En Europa, estudios indican que un 20% de las personas mayores cuentan con indicios significativos de soledad.

Salvador Rovira hace frente a ese temor teniendo a una persona que lo acompaña a diario, además de todo el apoyo familiar que obtiene cada día. “Estoy muy bien de la cabeza. Lo que me da miedo es que mi cuerpo empiece a fallar, pero mi mente no”, concluye.
Así, seguir teniendo actividades que distraigan y nos hagan sentir fuertes es una de las claves para que envejecer sea también una época de disfrute. En el caso de Rovira, su salud física y mental le permiten poder recordar al milímetro todos los recuerdos de su vida y contar con un gran humor irónico. Algo que, sin duda, es todo un tesoro.

