Esta serie (que vale la pena) necesita manual de instrucciones
Crítica
Diego San José, tras el antithriller de 'Celeste', propone un viaje dramático honesto con 'Yakarta'

La dinámica mentor-alumna, impecable.

Sé que lo odiáis. No debe quedar ningún espectador que, al oír las palabras “tienes que esperar tantos episodios pero luego la cosa arranca”, no sienta algo así como estrés postraumático por la cantidad de veces que han tenido que sufrir este camino por el desierto de la ficción. Pero Yakarta, la nueva serie de Diego San José, el hombre detrás de Celeste, es un poco así.
Desde el principio es una serie con sus virtudes pero, como él dijo en una entrevista con Guyana Guardian, escondió una serie dentro de la serie. Y esta serie, que Movistar Plus+ estrena hoy, requiere llegar al tercer episodio. Entonces se entiende del todo la propuesta. Y, claro, para mantener la voluntad creativa del creador, aquí tampoco podremos especificar por qué merece la pena la espera y por qué es tan respetable la decisión de San José.

Yakarta, en apariencia, es un drama deportivo. Joserra (Javier Cámara) es un hombre de vida deprimente. Es profesor de educación física sin ningún ánimo por hacer su trabajo. Canta en una coral donde no parece precisamente tener amigos. Va al bingo de vez en cuando, donde pide cartones con el número 92 porque él compitió en los Juegos Olímpicos de Barcelona con la selección española de bádminton. Pero tiene una obsesión: llevar a una joven a ganarlo todo en este deporte que domina.
Esta joven promesa es Mar (Carla Quílez), una chica normal y corriente que utiliza el bádminton para desahogarse de una situación complicada en casa. Entre ellos se establece desde un primer momento una dinámica peculiar. Joserra no es especialmente inspirador y tiene métodos cuestionables. También tiene una motivación añadida: odia a los integrantes de la federación y, en cierto modo, quiere entrenar a Mar y hacer que triunfe para molestarlos a todos.
En fin, que tenemos a dos personajes extremadamente grises. Cada elemento de la ficción apunta en este sentido: no hay público en los pabellones, cada acción de Joserra no transmite precisamente felicidad, las expresiones de Mar son tristes, los pueblos donde deben competir parecen lugares de mala muerte, el entorno de los bingos tampoco ilumina el corazón. Si alguien espera que la duración de 30 minutos por capítulo sea indicativa de grandes dosis de humor, está equivocado: es un drama. Incuestionablemente.
Y, en este sentido, ya funciona. ¿Pero hasta qué punto el espectador quiere sumergirse en este mundo gris, sin esperanza ni ternura, cuando no se entiende cuál es la finalidad? Ver a Joserra inspeccionando los baños de casa de Mar, para comprender (y utilizar) su realidad familiar para motivarla, puede tener una ejecución brillante. ¿Pero a dónde queremos ir con esto? ¿Es simplemente un ejercicio de estilo sobre la mediocridad, sobre la incapacidad de tirar adelante?

Pero, de repente, el tercer episodio permite entender esa intención. Esto no convierte Yakarta, cuyo título representa esa Indonesia donde el bádminton es popular y respetado a diferencia de España, en una obra luminosa. Siempre es coherente. Pero, al explicar quiénes son los personajes y por qué están en ese punto de sus vidas, la obra cobra un nuevo sentido. Tiene algo que decir, solo que Diego San José prefiere no ser abierto en sus intenciones para que te tomes la molestia de conocer a Joserra y Mar sin artificios, viendo primero cómo son sin necesidad de justificarlos.
Y, mientras Carla Quílez tiene la humanidad en la mirada, Javier Cámara está decadente y conmovedor. Hay una escena en particular donde recuerda por qué es uno de los mejores actores de su generación (mientras notas cómo da codazos al resto de actores, con su dramatismo orgánico, para superarlos). Gris excelencia.

