Juan Luis Arsuaga, paleoantropólogo, 71 años: “Bailar una jota castellana es un pedazo de ejercicio, lo recomendaría antes que tanta sentadilla y tanta leche”
Vips Séniors
Convencido de que hay que “exprimir la vida”, el popular divulgador científico mantiene una agenda repleta de compromisos, la misma intensidad profesional de siempre y una curiosidad constante

Juan Luis Arsuaga.
Si la vida de cada uno de nosotros estuviera escrita de antemano, Juan Luis Arsuaga (Madrid, 1954) sería ese personaje que una y otra vez se sale del argumento previsto, introduciendo giros inesperados en el desarrollo de la historia. Al menos es lo que sucede cuando intentas entrevistarle. Hasta que decides obviar el cuestionario preparado e intentar seguir un hilo que constantemente apasiona.
Y es que el discurso de este prestigioso escritor y paleoantropólogo no se encorseta en la ciencia, porque piensa que un científico deber leer más a Cervantes y Shakespeare y quizás no analizar tanto dinosaurio, porque es consciente también de que “no se puede vivir sin sueños” y que la finalidad de la vida pasa por continuamente “encontrar todos esos tesoros de placer”. Un discurso que, por cierto, él mismo arranca, claro, aludiendo a lo que hará en cuanto termine el tiempo que dedica a esta entrevista: salir a correr.
Y hablando de deporte… “El intelectual español era de cafetería, con mucho humo y, por definición, antideportista; estaba mal visto hacer deporte o que te gustara. Mucha gente que conozco ha empezado a hacer ejercicio a los setenta años, y les digo: ‘Ya no vale la pena, teníais que haber aguantado, haber seguido fumando, odiando el deporte’”.
¿Y usted siempre ha hecho deporte?
Toda mi vida, lo cual estaba muy mal visto y desdecía mucho de mi condición de científico, porque un científico no hace deporte, se supone que siempre está pensando, sentado, antiguamente fumando, que era lo que daba densidad a la atmósfera intelectual y al pensamiento. Pero yo, en el colegio, era el capitán del equipo.
Toda mi vida [he hecho deporte], lo cual estaba muy mal visto y desdecía mucho de mi condición de científico
¿A qué jugaba?
A todo. Y eso era incompatible con la condición de intelectual. El intelectual (barra) científico era un rancio. ¡Qué generación! Lo han perdido todo. Porque igual que no practicaban deporte, tampoco hacían otras cosas. Yo he corrido toda mi vida, siempre me ha gustado la montaña, salir, andar, bailar…. Me ha gustado tanto practicar el deporte como verlo. Recuerdo que, en mis años universitarios, si alguien decía que iba a ver o practicar fútbol, se le consideraba una persona embrutecida. Sí que veía películas checas porque era obligatorio. Llevaba una doble vida. Veía películas checas, pero iba a correr y me gustaban los partidos de rugby. Afortunadamente, ahora ha cambiado la idea de intelectual, aunque eso era algo exclusivamente español. Lo que estamos haciendo ahora es una buena entrevista.
Y todavía no hemos empezado. Confieso que estaba un poco preocupado cuando contacté con usted, porque me dijo que estaba hasta arriba de compromisos y obligaciones. A los 71 años sigue yendo al yacimiento, dando clases y manteniendo una agenda intensa. ¿Hay que seguir trabajando tanto para envejecer bien?
Es que estoy empezando.
¿Está empezando a?
Estoy empezando en esto. Hay que seguir con tantísima actividad a los 71 años, que es cuando uno está empezando y tienes tantas cosas que hacer, que no te queda tiempo: tantos libros que leer, que escribir, tantas excavaciones que realizar, fósiles que estudiar, tantas montañas que escalar, mares que navegar... Me falta tiempo.
Pero ya ha hecho muchísimo, ¿no?
Pero eso es el pasado, y nunca miro atrás.
Entonces, ¿científicamente no es bueno jubilarse?
¿Pero quién habló de jubilarse? Mírame, aquí sigo con el cráneo. No me pagan las clases pasivas. Estaría bien que me pagaran la pensión de jubilación y luego todo lo demás que hago, pero parece ser que no es posible.
Lo planteaba como una cuestión más general.
Si fuera limpiador de cristales, me jubilaría de ese trabajo. Lo que no me jubilaría es de otras cosas. No sé qué pasa por la mente de una persona que está haciendo un trabajo cansado o poco creativo, simplemente por tener dinero, pero si tuviera que hacer un trabajo más rutinario, tendría siempre otros proyectos. Estaría pensando, por ejemplo, en mi próxima navegación, estudiando los mapas de la costa.
No sé qué pasa por la mente de una persona que está haciendo un trabajo cansado o poco creativo, pero si tuviera que hacer un trabajo más rutinario, tendría siempre otros proyectos
¿Y en qué más cosas?
Lo que he hecho siempre: sigo estudiando los fósiles que he encontrado todos estos años y excavando en los mismos sitios, Atapuerca incluido. Dirijo el Museo de Evolución Humana (Burgos), y es lo que más tiempo me ocupa. Cada exposición es como hacer una película, muy absorbente. La gente no es consciente de lo que supone. Se cree que es como ir a la oficina, pero es un esfuerzo creativo y colectivo en el que hay que inventarte una buena historia y ver cómo la explicas en el lenguaje museográfico. Si solo me dedicara a eso, ya estaría superocupado. Mi tiempo de oficina lo reparto entre docencia, investigación y el museo, al que voy todas las semanas y donde nos dedicamos a hacer magia. Además, en verano excavo: en Atapuerca, en Pinilla del Valle, donde hay restos de neandertales.
Un trabajo en el que hay que tener una paciencia infinita, imagino.
No estoy todo el tiempo con el pincel. He pasado por ello durante cuarenta o cincuenta años, pero excavar no es lo mismo que dirigir una excavación. El trabajo de director es muy agobiante, porque tienes que desarrollar una estrategia, mantener todos los sentidos alerta, decidir qué excavar, dónde y por qué, y qué significa lo que encuentras. La gente cree que una excavación consiste en coger un pincel y cavar, pero no es así: no se excavan yacimientos, se excavan territorios, se estudian ciudades, sus vías de comunicación, su comercio… Quien excava con un pincel solo se ocupa de su cuadro de excavación; quien dirige debe preocuparse de todo lo demás: lo creativo, lo estratégico y lo burocrático.

Ahora que comenta que el trabajo de dirigir una excavación es agobiante, en alguna ocasión ha asegurado que “el secreto de la felicidad es estar siempre ocupados, nunca estresados”, ¿no?
Uno nunca consigue el ideal, tan solo busca aproximarse. Siempre estoy ocupado, y eso me parece fundamental. Y parte de mis ocupaciones incluye también ir al parque con mi nieto. Estoy ocupado, pero intento no estar estresado. Primero, porque sé que el universo, o al menos esta galaxia, puede prescindir de mí durante algunos ratos sin que se produzca el caos o el colapso global universal. Pero básicamente lo que hago es soñar. Lo que no se puede es vivir sin sueños.
¿Y cuáles son sus sueños?
¿Por dónde empiezo? Bueno, voy a publicar un libro el año que viene. Ese es un sueño y lo estoy acabando.
Pero siempre giran en torno a lo mismo, al trabajo, ¿no?
Bueno, pero es que “lo mío” es muy amplio. Lo mismo hablo de menopausia que de australopitecos, porque “lo mío” es la naturaleza, la condición humana. La cuestión es: ¿qué es lo que me interesa a mí? Si te refieres a los huesos, es lo que menos me interesa.
Sé que el universo, o al menos esta galaxia, puede prescindir de mí durante algunos ratos sin que se produzca el colapso global
Me refería más a aficiones.
Mira, ahora estudio italiano. No sirve absolutamente para nada. De hecho, soy profesor visitante en la Universidad de La Sapienza, en Roma. Cuando voy, les pido que me hablen en italiano, porque no se habla italiano ni en Roma. Eso te da una idea de la utilidad del idioma. Pero ¿y qué?
¿Cómo ha cambiado su concepción del trabajo con el paso del tiempo?
El trabajo es una maldición bíblica. Lo dice el Génesis. Hay dos maldiciones: las mujeres parirán con dolor y ganarás el pan con sudor de tu frente. O sea, que el trabajo no es ningún regalo. Antes me has preguntado si me voy a jubilar, y siempre contesto: “Pero ¿cómo me voy a jubilar si no he trabajado en mi vida?”. Para jubilarse hace falta haber trabajado antes. Estoy muy ocupado, eso sí, pero sigo haciendo las mismas cosas que siempre he querido hacer: dar clase, excavar, leer y escribir, navegar, subir montañas, leer a Kavafis, ir a Alejandría y ver, no sé, una casa donde nació Georges Moustaki, ir a Lisboa y sentarme en el café donde se sentaba Pessoa. Hay tantas cosas que hacer, ¿no?
Claro, pero para hacer todas esas cosas hay que trabajar.
Ahí está la maldición. Pero el trabajo hoy en día no es un trabajo penoso. La mayor parte de la gente ya no está con la mula arando. Incluso en el campo, los que están arando tienen un tractor con aire acondicionado y si quieren pueden estar escuchando a Mozart porque está absolutamente climatizado. Afortunadamente, las máquinas nos han liberado de los trabajos penosos.
¿Se permite alguna vez aburrirse?
No.
¿Y perder el tiempo?
Pierdo el tiempo todo el tiempo. Me he pasado la vida perdiendo el tiempo. Para que te hagas una idea, soy catedrático. Tanto si voy a excavar como si no voy, cobro exactamente lo mismo. No sé si es práctico o no, entonces, ¿por qué lo hago?
Soy catedrático, tanto si voy a excavar como si no voy, cobro exactamente lo mismo
Para complicarse la vida.
Exacto. Siempre hay que complicarse, hacerse preguntas, hay que exprimir la vida. La vida es una aventura. Cuando lanzan campañas de promoción del libro y preguntan: “por qué hay que leer”, todo el mundo dice: “porque te hace más libre” o “porque desarrollas tus propios criterios”... La gente responde cosas complicadas. Y yo contesto: ¿Por placer? Soy epicúreo. Hay que leer por placer. ¿No te da placer? No leas. Tú te lo pierdes. En eso consiste la educación, en encontrar todos esos tesoros de placer.
Pero le gustan muchísimas cosas, ¿no?
Todo. Ese es el problema. Se me amontonan los placeres. El que se aburre es porque no ha tenido la suerte de que le hayan enseñado todos esos placeres. No ha tenido un buen profesor epicúreo que le haya dicho: “Eh, hay que leer”. Pero por gusto. Es que es una pasada leer Los tres mosqueteros. Flipas.
¿Y quién le enseñó todo?
Pues seguramente Pío Baroja, que es el autor que más me ha influido, con este espíritu de Zalacaín, el aventurero.
¿Y qué asignaturas tiene pendiente?
Una de las cosas que me faltan es el surf, y patinaje sobre hielo. Además, confieso que me ha encantado siempre lo del baile.
¿Le gusta bailar?
Bailar es muy bonito y es muy buen ejercicio. Y es muy interesante para alguien que estudia la evolución humana. Antes que el yoga y antes que el deporte, existió el baile. Y oye, bailar una jota castellana es un pedazo de ejercicio, es gimnasia. De hecho, lo recomendaría antes que tanta sentadilla y tanta leche.
Y además sale a correr. ¿Todos los días?
¿Qué dices? Ojalá. Corro poquísimo, muy poco. Me gustaría correr más.
Una de las cosas que me faltan es el surf, y patinaje sobre hielo, y me ha encantado el baile; bailar es muy interesante para alguien que estudia la evolución humana

Creo que, si hubiese tenido un profesor como usted, habría optado por estudiar ciencias en vez de letras.
No sé qué decirte, porque nunca he hecho esa separación. Cuando empecé la universidad, existían dos grandes tipos de científicos, por simplificar: los americanos y los franceses. Los americanos eran muy de laboratorio, focalizados en probetas, moléculas y todo eso. Y luego estaban los franceses. Entre ellos uno en particular, Jacques L. Monod, que escribió un libro que me cambió la vida: El azar y la necesidad. Un científico extraordinario, premio Nobel, galardón que compartió con François Jacob y Andre Lwoff. Monod era muy parisino. Un gran científico. Cuando tenía tiempo, se pasaba por el bulevar Saint-Germain y acudía a las dos cafeterías más famosas, el Café de Flore y Les Deux Magots, para alternar con la sociedad de la época. Por supuesto, con Jean-Paul Sartre y Simone de Beauvoir, con Yves Montand, con filósofos, científicos, artistas, cineastas… Hablaban, discutían de política, de ciencia... Y pensaba: yo quiero ser de esos. No quiero ser como los americanos. Y es lo que he hecho.
En su opinión, ¿cuál es la disciplina que mejor ayuda a entender la evolución humana?
La ciencia consiste en hacerse preguntas. Y hay gente que no se hace preguntas, nunca. La gente práctica. Esa gente que dice: Qué tontería. Me dan mucha pena los que dicen “qué tontería” o “¿Y eso para qué vale?”
Pero no me ha contestado.
Pues te voy a contestar con una anécdota, y ya vamos terminando porque me voy a correr. Muchos padres me cuentan que tienen un hijo al que le gustan los dinosaurios, y me preguntan qué lectura le recomiendo para que se vaya formando. Yo les digo: Cervantes y Shakespeare. Eso es lo que tiene que ir leyendo cuanto antes. El Quijote, Romeo y Julieta… Para ser un paleontólogo parisino como yo. Para ser un paleontólogo americano, pues que vaya estudiando mucho sobre dinosaurios.
Si le pido, como profesor, que nos dé alguna lección de vida para quienes en breve nos tendremos que enfrentar a la jubilación…
Pues los animo a soñar, a hacer planes. Hay que tener proyectos. Uno es humano mientras tiene proyectos. Siempre he querido hacer sushi y hay dos cosas que me faltan en la vida. Una, que espero hacer pronto, es el surf. Y otra, un curso para cortar jamón. Para mí, un maestro jamonero es como el samurái español. Pensaba que eso eran años y años de profesión, pero es un curso de cinco horas y el precio es muy asequible. Y luego además te llevas el jamón a casa.
Somos la generación que más ha luchado por la igualdad y para combatir el racismo
Cuando dentro de unos cuantos siglos haya otro Arsuaga que investigue cómo es la sociedad actual, ¿qué es lo que va a pensar?
Me gustaría saberlo, porque estamos en una época muy interesante: un momento en el que el mundo antiguo aún no ha terminado de morir y el nuevo todavía no ha terminado de nacer. Estas transiciones históricas suelen estar marcadas por una gran zozobra y mucha incertidumbre. Ahora bien, antes de decir lo que voy a decir a continuación, hay que excusarse primero diciendo que existe mucha injusticia en el mundo. Pero somos la generación que más ha luchado por la igualdad entre los pueblos y para combatir el racismo y la supremacía. En la generación de mi madre, por ejemplo, era impensable que hubiera una mujer que pudiera llegar a ser jueza del Tribunal Supremo. Y vuelvo a sacar el cartel y digo: sí, ya sé que queda mucho trabajo por hacer, y todo eso. Pero en el curso de mi vida he visto a mi madre que para viajar en tren necesitaba un permiso de mi padre. A pesar de que todavía falta mucho y vivimos en una parte privilegiada del mundo, esto lo hemos hecho bien. Aunque también somos la generación que se ha cargado el planeta y que nos hemos metido en un lío del que no sabemos cómo salir.
¿Eso sería, de alguna forma, una involución?
No, esa es la consecuencia inevitable de la industrialización.
¿Y nunca se involuciona?
Siempre he dicho, porque hay datos objetivos y científicos, que, si tuviera que elegir entre ser un obrero industrial en la España de 1900 o un cazador-recolector del Paleolítico, prefería ser del Paleolítico. Para empezar, porque no vivían menos. Pero ya no lo diría, prefiero lo que soy ahora. La industrialización ha proporcionado bienestar. El problema es que el planeta está pagando el precio. El mejor ejemplo son los mares. Yo estudié que los mares eran una despensa inagotable para el ser humano. Y ahora hay cupos de captura en todo el mundo porque ya no quedan peces. ¿Cómo vamos a resolver este problema? No lo sabemos, pero sí sabemos que ningún problema se ha resuelto volviendo al pasado. Los amish no son la solución. Y ningún problema se ha resuelto desde la ignorancia. Si hay una salida, tendrá que ser a base de más conocimiento.
Pero, como decía antes, “la ciencia consiste en hacerse preguntas”, y ahora ya no nos hacemos tantas, ¿no? Estando ChatGPT…
Ese es un fenómeno nuevo, pero eso ya queda para otra entrevista. Me tengo que ir a correr.








