Longevity

Las 4 fases para una buena jubilación, según Annie Coleman, especialista en séniors: “La primera es la de las ‘vacaciones’”

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Embajadora del Stanford Center on Longevity y fundadora de RealiseLongevity, Coleman identifica cuatro fases clave en la jubilación; comprenderlas transforma el retiro en una etapa con más sentido, salud y conexión social

Annie Coleman. 

Annie Coleman. 

Instagram: @realise_longevity

Durante décadas, Annie Coleman ha observado el mundo desde la primera línea del liderazgo global. Con más de cuarenta años de trayectoria en los niveles más altos de los servicios financieros internacionales, con cargos de máxima responsabilidad en empresas como UniCredit, UBS y Goldman Sachs, no solo ha sido testigo de profundas transformaciones económicas y organizativas, sino también de una paradoja silenciosa: cuanto más vivimos, menos preparados estamos para planificar esa vida más larga. De ello nace su trabajo actual y su relevancia como referente en longevidad, reinvención y liderazgo en la era de los centenarios.

Hoy, Coleman es embajadora del Stanford Center on Longevity, una institución de referencia mundial dedicada a convertir los avances científicos y sociales en vidas largas, saludables y con sentido. Además, es fundadora de RealiseLongevity, desde donde asesora a organizaciones, consejos de administración y líderes sénior para integrar la longevidad en sus estrategias de crecimiento, talento y cultura.

Su propuesta se basa en cuestionar los modelos tradicionales: “sin estrategia de longevidad, no hay estrategia de crecimiento”. En un contexto de envejecimiento acelerado de la población, escasez de talento joven y aumento de la esperanza de vida, Coleman defiende que la edad no es un problema a gestionar, sino un activo estratégico que estamos desperdiciando.

Con su modelo, Annie Coleman no solo redefine la jubilación, sino que cuestiona la manera en que entendemos el éxito, el tiempo y el envejecimiento. Su trabajo nos invita a dejar atrás la idea de retirarnos de la vida y a atrevernos, en cambio, a rediseñarla. Porque en una sociedad longeva, el verdadero reto no es vivir más años, sino aprender a habitarlos con propósito, conexión y significado.

Comprender estas fases es clave para evitar que una etapa que promete libertad y plenitud se convierta, paradójicamente, en una experiencia de vacío

Una de sus contribuciones más influyentes se centra en la jubilación como una transición vital compleja y, además de física y financiera, emocional. Desde su experiencia como directiva, coach y pensadora, Coleman ha identificado cuatro fases por las que atraviesan la mayoría de las personas cuando dejan su trabajo principal. 

Serían la de vacaciones, crisis de identidad, experimentación y rediseño vital. Y comprenderlas es clave para evitar que una etapa que promete libertad y plenitud se convierta, paradójicamente, en una experiencia de vacío, soledad y falta de propósito.

1. Vacaciones

La primera fase es la que ella denomina la fase de vacaciones. Es el momento inicial tras dejar el trabajo, marcado por la euforia del calendario vacío y la sensación de haber llegado, por fin, a un tiempo sin obligaciones. Como ella explica, “pensamos que vamos a ir de vacaciones, a pasar más tiempo con nuestros hijos o nietos, o a hacer los deportes que nos encantan”. 

Esta etapa suele vivirse con entusiasmo y ligereza, y no tiene nada de negativo. Sin embargo, Coleman advierte que su duración es limitada. Vivir permanentemente en modo vacaciones no suele ser sostenible, apunta, “cuando se abre ante nosotros un horizonte de 20, 30 o incluso 40 años más de vida”.

En la fase de la crisis de identidad, el entusiasmo inicial se diluye y aparecen preguntas incómodas

2. Crisis de identidad

Pasado aproximadamente un año —a veces dieciocho meses—, muchas personas entran en la segunda fase, la más delicada y menos visible: la crisis de identidad. Annie Coleman la resume con una expresión contundente que no deja indiferente: “yo la llamo la fase de las tres ‘D’: depresión, descanso y divorcio”. 

Es el momento en el que el entusiasmo inicial se diluye y aparecen preguntas incómodas: ¿quién soy ahora que ya no soy mi cargo?, ¿para qué soy útil?, ¿qué sentido tiene mi día a día? Al desaparecer la estructura, el estatus y la comunidad que ofrecía el trabajo, algunas personas se sienten perdidas, invisibles o desconectadas. Esta fase, aunque dolorosa, es también una señal de que algo más profundo necesita ser atendido.

3. Experimentación

La tercera fase es la de la experimentación. En ella comienza un movimiento para avanzar. Las personas prueban, exploran, ensayan nuevas formas de estar en el mundo. “Pueden intentar un trabajo más flexible, hacer voluntariado, ayudar en su comunidad o retomar una pasión de la infancia”, explica Coleman. No todo funciona, y no todo encaja, pero ese es precisamente el valor del proceso. Experimentar permite distinguir qué aporta sentido y qué no, qué energiza y qué agota. Es una etapa de aprendizaje, curiosidad y ajuste entre deseo, capacidad y realidad.

4. Rediseño vital

Finalmente, quienes transitan conscientemente las fases anteriores llegan a la cuarta, la más estable y plena, la de rediseño vital. Es el momento en el que se construye una existencia diseñada con intención. Annie Coleman la describe así: “Las personas logran una vida con elecciones, porque tienen suficiente estabilidad financiera, conexiones sociales que les dan pertenencia, cuidan su salud y vitalidad y, sobre todo, encuentran algo que es verdaderamente significativo para ellas”. No importa si ese propósito es grande o pequeño, visible o íntimo. “Solo importa que tenga significado para ti”, subraya.