Annie Coleman, integrante del Centro Stanford de Longevidad.
Longevity
“Tener un propósito en tu vida y conexiones fuertes con otras personas” resulta clave, conforme a la portavoz del Centro de Longevidad de Stanford, iniciadora de RealiseLongevity y una especialista en la esfera del progreso y gestión sénior.

Annie Coleman.

Durante más de cuarenta años en la cima del sector financiero internacional, ocupando puestos de alta dirección en UniCredit, UBS y Goldman Sachs, la ciudadana británica Annie Coleman ha sido testigo directo de la forma en que las empresas administran —o desatienden— el avance cronológico en las carreras laborales. A partir de dicha vivencia surge su aporte más significativo al análisis del retiro laboral, desafiando el esquema convencional y sugiriendo un cambio hacia fases distintas, en las cuales el conocimiento reunido se transforme en un activo táctico. El objetivo no consiste en el retiro, sino en la reinvención personal.
En su rol de representante del Stanford Center on Longevity, ha establecido una conexión entre los estudios sobre el envejecimiento, la dirección empresarial y el ámbito privado. Asimismo, es la creadora de RealiseLongevity, donde orienta a juntas directivas, equipos de mando y altos ejecutivos para incorporar la pluralidad generacional en sus planes de expansión, administrar el talento de forma duradera y fomentar entornos laborales adaptados a trayectorias profesionales extensas. Su máxima es que ‘sin estrategia de longevidad, no hay estrategia de crecimiento’, algo esencial tanto para el individuo como para la colectividad.
Debido a estas razones, Coleman destaca como una de las figuras más brillantes sobre la larga vida, entendiéndola no meramente como un logro físico, sino como un reto social, financiero y personal. En una sociedad que avanza hacia la época de los centenarios, ella posiciona la vejez no como un cierre, sino como un espacio propicio para la transformación y el desarrollo continuo. Asimismo, ha desarrollado la idea de la marca de identidad, que surge al vincularnos excesivamente con nuestro empleo o posición en lugar de con nuestra verdadera esencia. Este fenómeno suele generar inestabilidad y frustración cuando, al retirarse, cesan las llamadas y el contacto laboral. “Nos preguntamos, ¿quiénes somos? ¿Por qué estamos aquí? ¿Qué nos da propósito y significado?”, señala la especialista.
Con el fin de alcanzar un envejecimiento sano, Coleman resalta que, aparte de los factores corporales y económicos, es fundamental considerar los vínculos sociales. Asimismo, menciona la investigación del antiguo cirujano general de los Estados Unidos Vivek Murthy, la cual indicaba que el aislamiento persistente resulta tan dañino para el bienestar como consumir 15 cigarrillos diarios. Debido a esto, ella señala que “una longevidad sin vínculos, propósito y comunidad es una promesa incompleta; hay que empezar a tratar la soledad como un problema de salud pública”.
Su labor se desarrolla con individuos que han gozado de trayectorias profesionales sumamente destacadas y que experimentan desorientación tras abandonarlas. ¿Cuál es el elemento inicial que se quiebra al desvanecerse la posición jerárquica?
Lo denomino el rastro de la identidad. Al carecer de una posición laboral, nos cuestionamos nuestra esencia: ¿quiénes somos? ¿Cuál es nuestra razón de ser? ¿Qué nos otorga sentido y trascendencia? Conté con un cliente que desempeñó el rol de director financiero en una compañía y me relató que, tras abandonar el entorno empresarial, percibió que los contactos cesaron. ‘Mi móvil dejó de sonar’, comentaba. Rápidamente entendió que anteriormente las personas no lo buscaban por su persona. ‘Buscaban comunicarse con la posición que yo ocupaba’, señalaba. Frecuentemente se nota que al renunciar a un empleo de larga trayectoria, no solo se pierde la identidad y el estatus, sino también el círculo social. No obstante, si no se cultivan esos vínculos, al marcharse es habitual que ese contacto no perdure.
¿Se puede uno llegar a sentir aislado cuando eso ocurre?
Sí, bastante. Un motivo extra es que el empleo proporciona una organización vital para tus jornadas, semanas y meses. Y, de pronto, te topas con una agenda totalmente libre. Es un suceso que anhelamos con entusiasmo, creyendo que resultará maravilloso no poseer obligaciones, encuentros o charlas, pero, al suceder, notamos que el orden de nuestra cotidianidad ha desaparecido. Eso suele ser confuso. De modo que opino que es la organización, el sentido y el distanciamiento de los individuos con los que acostumbrabas tratar lo que vuelve tan compleja la jubilación al comienzo.
Creemos que resultará genial no tener obligaciones ni encuentros, sin embargo, al suceder, notamos que el esquema de nuestra existencia se ha perdido.
¿Puede ser un deporte, pintar, cualquier cosa…?
Efectivamente, cualquier elemento. Únicamente cuando percibes un sentido de trascendencia es cuando consideras que tu existencia es relevante. Y considero que ese es el punto fundamental. La Universidad de Harvard ha realizado la investigación más extensa sobre la conducta en adultos, que abarca aproximadamente 90 años, y han hallado que poseer una meta vital y vínculos sólidos con otros individuos o parientes constituyen los principales predictores de una existencia dichosa y sana. Por encima de la posición social o el dinero.
¿Qué ocurre cuando una persona mayor se queda aislada y decide mantenerse así?
Representa un hecho sumamente actual. Habitamos entornos sociales donde la natalidad disminuye, los descendientes se mudan a gran distancia o simplemente se opta por no procrear. Tal situación suele derivar en un sentimiento de exclusión intenso. El inconveniente radica en que nuestra longevidad aumenta, aunque mantenemos estructuras vitales diseñadas para periodos de existencia bastante más breves. Debido a esto, resulta fundamental establecer vínculos comunitarios de forma deliberada. El aislamiento no constituye un asunto trivial, sabemos que puede ser devastadora para la salud. Diversas investigaciones en Estados Unidos señalan que el desamparo social prolongado resulta todavía más dañino que el tabaquismo. Estar solo acaba con la vida. Por consiguiente, debemos reconsiderar nuestra forma de habitar, el planeamiento de las urbes y la promoción de entornos donde los individuos logren percibirse integrados, valorados y vinculados.
¿Eso implica rediseñar la forma en que habitamos las ciudades?
Sin duda. Se están realizando pruebas sumamente atractivas, por ejemplo en Londres, en las cuales los ciudadanos disponen de su entorno particular, además de sitios colectivos que impulsan el contacto social. No se busca abandonar la privacidad, sino prevenir la marginación. Estas clases de estructuras colaboran para enfrentar el aislamiento de manera muy fluida. Comprendemos que la población alcanzará 30 o 40 años más de vida que las épocas previas, de modo que resulta inviable continuar habitando, laborando y formándonos bajo los mismos esquemas. Todo aquello debe evolucionar.
¿Qué papel juega la educación en este nuevo paradigma de longevidad?
Una función fundamental. El esquema tradicional de formación, empleo y jubilación posterior ha quedado obsoleto. Durante nuestra existencia requeriremos actualizar competencias, adquirir nuevos conocimientos y transformarnos en diversas ocasiones. Las entidades académicas y los institutos de enseñanza deben evolucionar hacia centros de formación continua. Las personas se formarán durante toda su trayectoria vital, no únicamente en la etapa juvenil. Tal cambio influye en la organización de nuestras trayectorias profesionales, los periodos de ocio, el cuidado de los hijos, los desplazamientos o la renovación individual.

¿Vivir más de cien años cambia por completo el escenario social?
Indudablemente. Consideremos el funcionamiento de los sistemas de jubilación al establecerse en naciones como el Reino Unido después de la Segunda Guerra Mundial. Las personas se retiraban a los 60 y la longevidad promedio rondaba los 68 años. Esto implicaba percibir una prestación durante ocho años. En la actualidad, un individuo puede retirarse a los 60 y subsistir 30 o 40 años adicionales. Representa, en esencia, una etapa adulta complementaria. ¿De qué forma se costea? ¿Cómo se garantiza la calidad de vida? ¿De qué manera se previene la precariedad económica? Constituye uno de los desafíos colectivos más significativos de nuestra época.
Y más allá del dinero, ¿qué otros desafíos aparecen?
En relación con la finalidad, los vínculos interpersonales y el bienestar, carece de lógica prolongar la existencia si durante gran parte de ese periodo se padece de enfermedades o soledad. Debido a esto, sostengo que los esquemas tradicionales han dejado de ser efectivos. Diversas administraciones buscan postergar el momento del retiro, no obstante, se observa que numerosos individuos prefieren no jubilarse completamente. Esto no ocurre únicamente por motivos económicos, sino porque se desvanecen su entorno, esencia y propósito. El empleo, visto de forma adecuada, proporciona organización y relaciones humanas.
Actualmente es posible retirarse a los 60 y alcanzar 30 o 40 años más de existencia; se trata prácticamente de una segunda fase adulta, ¿cómo se logra sostener el bienestar?
Sin embargo, muchas empresas no parecen preparadas para eso.
Efectivamente. Hay una discriminación por edad muy marcada. Individuos de entre 50 y 60 años enfrentan obstáculos considerables para hallar empleo, pese a poseer trayectoria, madurez y saberes. Nos hallamos ante una contradicción: se incorporan menos perfiles jóvenes al mundo del trabajo y existe falta de competencias específicas, mientras que simultáneamente prescindimos de profesionales sumamente capaces únicamente por su longevidad. Tal situación carece de lógica tanto estratégica como humanitaria.
Entonces, ¿la jubilación tal y como la entendíamos está obsoleta?
Bajo mi criterio, es cierto. En lo personal, me desagrada el término “retiro”. Conlleva alejarse de la existencia y del entorno social. Yo elijo referirme a una reinvención o a una nueva inspiración. Existen individuos que han realizado labores con gran carga física y requieren cesar esa clase de tareas, lo cual es correcto. Sin embargo, eso no equivale a apartarse del mundo. Aún contamos con mucho que ofrecer. Consiste en reestructurar esta tercera etapa, no en desvanecerse.
¿Cree que estamos preparados para ese tercer capítulo?
No exactamente, ya que actuamos como precursores. Quienes nos precedieron no experimentaron esta situación. Carecemos de bastantes modelos o guías precisas. Sin embargo, justo por ese motivo representa una ocasión magnífica. Al optar por abandonar el empleo de jornada completa, uno logra frenar y cuestionarse: ¿de qué forma deseo existir en el presente? Dicho intervalo reflexivo constituye un obsequio inmenso, si bien aún no comprendamos del todo la manera de sacarle partido.
Se dice que no estamos acostumbrados a planificar esta etapa.
Efectivamente. Reposar y permanecer inactivo puede servir por un periodo, aunque no por 30 o 40 años. El desafío no consiste en sumar años a la existencia, sino en otorgar vitalidad a esos años. ¿De qué manera logramos que ese tiempo adicional sea dinámico, cautivador y con un propósito claro?
Gran parte de la gente organiza su retiro bajo una perspectiva económica, sin embargo, muy pocos establecen su razón de ser.
Usted propone el concepto de ‘portafolio de propósito’. ¿Qué significa?
Gran parte de la gente organiza su retiro basándose en lo económico, algo que resulta fundamental. Sin embargo, muy pocos proyectan su sentido de vida. La cartera de propósitos consiste en reflexionar sobre los recursos que mantienen una existencia satisfactoria. Me refiero a tres clases de elementos. Los iniciales son los productivos: nuestras capacidades, esas tareas en las que destacamos y que nos agrada realizar. Si logramos continuar empleando dichos talentos, incluso bajo un formato distinto, esto genera un gran bienestar.
¿Y el segundo tipo de activos?
Los aspectos clave. No tiene utilidad alcanzar una edad avanzada si nos falta salud, ímpetu y vigor. Por ello, conviene reflexionar sobre qué labores aspiramos a seguir desempeñando a los 70, 80 o 90 años, y qué aspectos debemos vigilar hoy para garantizarlo. No se limita a esquivar dolencias, sino a salvaguardar la posibilidad de gozar plenamente de la vida.
¿Y el tercer tipo?
Los elementos de cambio, la huella, la herencia. No requiere ser algo de gran magnitud. Frecuentemente mezclamos el sentido de vida con rescatar al planeta. Puede resultar algo sencillo y personal, tal como recuperar un interés olvidado, ayudar al entorno social, respaldar un motivo o existir de manera más atenta y desinteresada.
Muchas personas confunden propósito con estar ocupadas…
Resulta sencillo mezclarlos. Es posible que pases mucho tiempo realizando tareas que no te satisfacen para nada. El interrogante fundamental es, ¿experimentas agradecimiento? ¿Percibes que has generado un cambio mínimo? Mi meta individual consiste en procurar transcurrir cada jornada con mayor empatía y cortesía. Esto puede manifestarse mediante una acción sencilla, tal como ser atento con quien me sirve el café. No se trata de algo espectacular, aunque sí es relevante. Yo lo pongo en práctica, y te garantizo que produce una gran satisfacción.
No obstante, el hecho de envejecer acarrea una soledad bastante amarga, vinculada a la desaparición de personas allegadas.
Ciertamente, se trata de una de las circunstancias más afligentes. Pude observarlo en mi madre, que llegó a cumplir los 98 años. Gran parte de su círculo social ya había desaparecido. En su situación, el núcleo familiar fue esencial, pero no todos disponen de ello. Por tal motivo, resultan vitales los esquemas comunitarios y de convivencia entre edades. Existen programas donde jóvenes que no logran costear una vivienda residen con ancianos. A cambio, proporcionan afecto y respaldo diario. No solamente mitiga un conflicto habitacional, sino que genera conexiones humanas admirables. El joven se enriquece con la vivencia del mayor, y este se siente integrado y necesario. Dicha relación intergeneracional tiene un impacto inmenso.
¿Cree que la soledad está suficientemente reconocida como un problema de salud?
Aún no se ha catalogado así, pero tendría que ser un tema de salud pública. Esto surge en parte de nuestra visión sobre los años. Conforme nos hacemos mayores, pasamos a ser invisibles, algo que resulta sumamente nocivo. Los adultos mayores poseen un enorme potencial que brindar. Si únicamente los percibimos como 'viejos', desperdiciamos esa riqueza. Luchar contra el aislamiento implica también modificar el relato actual sobre la vejez.
Conforme envejecemos, pasamos a ser imperceptibles, algo que resulta sumamente perjudicial; los individuos de edad avanzada poseen una gran cantidad de contribuciones que ofrecer.
¿Incluye revisar nuestros propios prejuicios internos?
Ciertamente. Cualquier persona posee prejuicios por edad en cierta medida, inclusive aquellos que combatimos la discriminación etaria. En ocasiones me descubro reflexionando sobre lo estupenda que luce Jane Fonda para los años que tiene, y me veo obligado a rectificar. Los años no tendrían que actuar como tamiz. Asimismo, el sector comercial y los anuncios consolidan clichés bastante restrictivos acerca de lo que implica superar los 60 años, cual si fuésemos un grupo homogéneo, pese a que actualmente nuestra pluralidad es mayor que en cualquier otra época.
Existen opiniones que indican que nos dirigimos a la época de los centenarios. ¿En qué estamos fallando al prepararnos?
No estamos concienciando a la sociedad con la rapidez requerida. Tendríamos que debatir sobre la longevidad desde los centros escolares, las facultades y los primeros tiempos de la madurez. Es preciso además otorgar relevancia a quienes disfrutan de una gran calidad de vida en edades avanzadas para que actúen como modelos. Igualmente, hace falta que el mundo corporativo se comprometa firmemente, aportando claridad sobre la composición de sus plantillas para asegurar que no existe discriminación por edad y motivando su eliminación constante.
¿Cree que trabajaremos hasta los 70 u 80 años?
Quienes nacen en la actualidad, con total certeza. No obstante, el empleo resultará sumamente diferente. Existirá una mayor versatilidad, constantes incorporaciones y retiros, formación continua y descansos frecuentes. Los recorridos laborales tradicionales dejarán de existir. Ciertas compañías, tales como Unilever, se encuentran probando esquemas sumamente atractivos de jornada adaptable dirigidos a trabajadores de edad avanzada.
Y el descanso, ¿desaparece?
No, sino que se transforma. Estará muy vinculado a la naturaleza del empleo. Ciertos individuos requerirán abandonar las tareas corporales, aunque podrán colaborar mediante otras vías, como el asesoramiento o la instrucción. Lo fundamental es disponer de alternativas. Cada sujeto es diferente. Lo primordial es lograr planificar la manera en que se desea transcurrir ese periodo.
Es muy probable que los niños actuales laboren hasta los 70 u 80 años, no obstante, el entorno laboral cambiará, ofreciendo superior flexibilidad y descansos más recurrentes.
Finalmente, ¿qué recomendación ofrecería a una persona de 40 o 50 años que se aproxima al cierre de su carrera laboral?
Comience a reflexionar en este momento, sin aguardar hasta su jornada laboral final. Se trata de una ocasión excepcional para planificar la existencia que verdaderamente desea. Considere su bienestar físico, sus vínculos personales y lo que le aporta propósito. La larga vida no consiste únicamente en sumar años, sino en habitarlos con trascendencia. Y tener la capacidad de estructurar esa tercera etapa representa, ciertamente, uno de los privilegios más grandes de la actualidad.








