Felipe Sierra, biólogo: “No es cierto que con una dieta perfecta y ejercicio viviremos más años, y la genética influye poco; la suerte es la clave”
Longevity
Doctor en biología molecular y bioquímica, Sierra fue impulsor del concepto de gerociencia, dirigió la división de Biología del Envejecimiento del National Institute on Aging (EE. UU.) Y en unos días participa en el Longevity World Forum que se celebra en Madrid

Felipe Sierra, biólogo.

Envejecer no es una enfermedad, pero sí el mayor factor de riesgo para casi todas ellas. Esa es la idea central que atraviesa el trabajo de Felipe Sierra (Santiago de Chile, 1953), doctor en Bioquímica y Biología Molecular por la Universidad de Florida y uno de los grandes impulsores del concepto de gerociencia. Después de trabajar en Suiza (Universidad de Ginebra y luego en Nestlé), fue profesor en el Medical College of Pennsylvania y en el Lankenau Medical Center. En 2002 se mudó nuevamente a los EE. UU. Y entre 2006 y 2019 dirigió la División de Biología del Envejecimiento del NIA (National Institute on Aging).
Ahora está jubilado, después de ser Director Científico de la Hevolution Foundation, organización sin ánimo de lucro con sede en Arabia Saudí, que da subvenciones e inversiones en etapas iniciales para apoyar la investigación en longevidad y la gerociencia. Defiende una visión tan rigurosa como llamativa: no vamos a “vencer” a la muerte ni a vivir para siempre, pero sí podríamos aspirar a algo mucho más realista y urgente: vivir más años con buena salud, retrasar la discapacidad y repensar cómo trabajamos, nos jubilamos y envejecemos como sociedad. El doctor atiende a Guyana Guardian por videoconferencia desde su hogar, en Germantown, Maryland, unos días antes de participar en el Longevity World Forum, en Madrid.
Usted acuñó el término “gerociencia”. ¿Cómo explicaría que el envejecimiento no es solo el paso del tiempo, sino el principal factor de riesgo para casi todas las enfermedades?
El concepto de gerociencia es, en realidad, poner en claro algo que sabemos desde que vivíamos en cavernas: que el envejecimiento es el factor de riesgo más importante para la mayoría de las enfermedades. Lo sabíamos, pero no lo formulábamos así. La gerociencia lo que hace es ponerlo en esos términos. Cuando eres joven, te recuperas de casi todo. Hay estudios muy relevantes, por ejemplo en enfermedades cardiovasculares, que muestran que tener 75 años es más peligroso que tener colesterol alto, diabetes e hipertensión… ¡todo junto! (Ríe). Eso deja muy claro el peso que tiene la edad.
El cáncer también es un ejemplo de esto. Una enfermedad muy ligada al envejecimiento…
En cáncer pasa algo parecido. Hay cánceres infantiles que están dirigidos por mutaciones muy específicas y son letales. Pero en los adultos, tú y yo tenemos muchas células cancerosas en el cuerpo y no tenemos cáncer. ¿Por qué? Porque todavía nos defendemos. Con la edad, esa capacidad de defensa se pierde y entonces el cáncer aparece. Al final, todas las cosas de las que hablamos cuando hablamos de salud son pequeñas comparadas con el efecto de envejecer. Por eso es tan importante estudiar por qué y cómo envejecemos, y ver si podemos hacer algo con eso.
Hay una parte pequeña de gente, muy ruidosa, dentro de este campo, que está obsesionada con la inmortalidad. Yo no creo que eso sea posible
¿Cree que el envejecimiento debería considerarse una enfermedad para poder desarrollar fármacos específicos?
Yo tengo una postura clara: no, el envejecimiento no es una enfermedad. A veces se intenta definir así por razones políticas, para encajar en lo que piden organismos reguladores como la FDA, pero no lo es. Es un tema político. No consideramos una enfermedad la menopausia, por ejemplo. Son procesos naturales. El envejecimiento tampoco lo es, es un factor de riesgo. Igual que la hipercolesterolemia: no tiene síntomas, no es una enfermedad en sí misma, pero aumenta el riesgo de otras. Tenemos mucha facilidad para llamar “enfermedad” a cosas que en realidad son procesos biológicos naturales. Eso no quiere decir que no podamos intervenir, pero hay que ser claros con los conceptos.
Usted ha dicho en varias ocasiones que “no vamos a matar a la muerte, solo queremos discapacitarla”. ¿Qué significa exactamente?
Que hay una parte pequeña, pero muy ruidosa dentro de este campo, que está obsesionada con la inmortalidad, con vivir para siempre. Yo no creo que eso sea posible y, aunque lo fuera, no creo que fuera una buena idea. Pienso que es importante que nuestra vida sea finita. Por eso no me interesa tanto la longevidad en sí misma, la lifespan, como la esperanza de vida saludable, la healthspan. Esto significa vivir bien mientras vivimos.
Se habla mucho de la “pastilla de la eterna juventud”. Usted menciona fármacos como la metformina o la rapamicina. ¿Estamos cerca de ver medicamentos que retrasen la edad biológica?
Yo creo que estamos cerca, pero hay que ser muy cautos. La rapamicina, por ejemplo, ha demostrado en múltiples especies que mejora la calidad de vida saludable y también la longevidad. En humanos todavía no lo sabemos con certeza. La metformina y la rapamicina, además, no son productos sintéticos en el sentido clásico: son compuestos naturales- la rapamicina viene de un hongo descubierto en Rapa Nui-. Hacer estudios a largo plazo en humanos es muy caro y muy arriesgado. A las farmacéuticas no les interesa demasiado asumir ese riesgo, porque son tratamientos crónicos y los efectos secundarios pueden aparecer a largo plazo. Esto tiene que venir de la academia, pero la academia es muy fragmentada y competitiva. Hubo un intento serio con la metformina, que necesitaba unos 70 millones de dólares, pero nunca se consiguió la financiación. Las agencias evaluadoras encontraron muchos problemas pequeños y al final no alcanzó la puntuación necesaria.
Usted ha dirigido grandes proyectos internacionales con enormes inversiones en la ciencia del envejecimiento —ha sido director científico de la Hevolution Foundation en Arabia Saudí—. ¿Estas investigaciones, como también las de Altos Lab llegarán pronto a la sanidad pública o seguirán siendo cosa de millonarios?
Por ahora son cosa de millonarios. Pero en proyectos como Altos Labs trabaja gente muy capacitada y muy focalizada en envejecimiento. Eso es positivo. El problema es que en los últimos años ha habido mucho énfasis en la informática y en modelos computacionales con poca base biológica, a veces el ordenador dice que algo es importante y se prueba sin una validación sólida. Los datos no siempre son tan fiables como deberían. Eso fue algo que me desilusionó en proyectos anteriores, en Hevolution: la distancia entre la ciencia básica y la lógica de la inversión financiera. Lo que se necesita en realidad es que haya más gente que crea en el tema. Yo creo que no estamos lejos desde el punto de vista científico, hay muchas intervenciones que son prometedoras.
Ha habido mucho énfasis en la informática y en modelos computacionales con poca base biológica
¿Por ejemplo?
Además de la rapamicina y la metformina, inhibidores de GLP-1… Todas ellas actúan sobre vías básicas del envejecimiento. No están pensadas para una enfermedad concreta, sino para modificar el terreno biológico común. Eso es el principio de la gerociencia. A largo plazo es difícil de estudiar el ejemplo de todo esto. Hay limitaciones financieras, legales, que nos impiden avanzar más rápido.
¿Qué nos falta para trasladar a humanos los resultados que ya se ven en ratones?
Tiempo, dinero y regulación adecuada. El envejecimiento es un proceso largo, y eso lo hace muy caro de estudiar. A diferencia de otras enfermedades, no puedes ver resultados en uno o dos años. Por eso, antes de probar algo en humanos, se exige que haya funcionado en muchas especies: levaduras, gusanos como C. Elegans, moscas, peces, ratones. Cuando llegamos a ratones, ya sabemos que funciona en sistemas muy distintos. Incluso se ha probado en perros y en monos, aunque ahí los resultados son menos claros. Somos organismos mucho más complejos, y eso introduce incertidumbre. Pero desde el punto de vista científico, hay muchas intervenciones prometedoras.
Más allá de los fármacos, hay cosas comprobadas para envejecer mejor. ¿Cuáles son las evidencias ya probadas más importantes?
No hay secretos. Hay cosas muy básicas. Siempre se piensa en ejercicio y dieta. Pero para la actividad física, no es necesario ir al gimnasio, sino moverse: subir escaleras, ir al supermercado, mantenerse activo. La dieta es importante. El entorno social también lo es; no significa tener muchos amigos, sino tener los que uno necesita. Cada persona es distinta. Lo relevante es cubrir las propias necesidades mentales y emocionales. Todo eso influye, pero hay que ser honestos: influye un poco solamente, no tanto. En lo que sí influye es en la calidad de vida, sí, pero no tanto en cuánto tiempo vivimos.
Se suele decir que el 70% del envejecimiento depende de hábitos y solo el 30% de la genética. ¿Está de acuerdo?
No. La genética probablemente influye entre un 20 y un 30%, aunque hay estudios que dicen que menos, un 5% —una investigación en Suecia con gemelos—. Ahora, los hijos de los centenarios heredan no solamente de la genética, sino también las costumbres (ríe). Y ese es el problema que hay siempre con la ciencia, es disociar todas las variables. En los ratones relativamente fácil, en los humanos, no tanto.

¿Y si no es genética, ni son hábitos?
El resto es suerte. La genética influye un poco en la longevidad, pero mucho en el tipo de enfermedades que vamos a desarrollar que en la longevidad en sí. Al final no nos morimos de viejos, nos morimos de enfermedades. Y ahí entra un factor fundamental: la suerte, el azar, qué enfermedad te toca. Si crees que la dieta influye un 70%, eso significaría que si tienes una dieta perfecta y una actividad física perfecta, no te deberías morir, o deberías morir a los 120. Y eso no es lo que ocurre. Lo que ocurre es que los que tienen muy buena dieta, se mueren quizás un año más tarde que otros. Pero, ojo, sí, tienen menos enfermedades, menos fragilidad. Lo que más influye en la longevidad, pues, es la enfermedad que te tocó.
¿Qué opina de los test genéticos que prometen predecir nuestro futuro de salud?
Mucha gente se hace un análisis de su genoma para saber qué probabilidades tiene de esta enfermedad o la otra. Para mí, es una estupidez, porque la medicina siempre se ha fijado en las enfermedades, no en la salud. ¿Qué saco yo con saber el % de probabilidad de tener una enfermedad cardiovascular? Está basado en estudios sobre los factores de riesgo para esa enfermedad, pero nadie mira los factores que me protegen contra esa enfermedad. Yo puedo tener un 0.2% de probabilidad de tener cardiovasculares, pero es que tengo una resiliencia dada por mis genes que no han sido estudiados. Solo me da el lado riesgo, pero no el lado de la protección. O sea, no te informa de nada.
Mucha gente se hace un análisis de su genoma para saber qué probabilidades tiene de esta enfermedad o la otra. Para mí, es una estupidez
Usted ha dicho que a su edad se siente más joven de lo que su madre estaba a la misma edad. ¿Por qué estamos envejeciendo de forma tan distinta a la de nuestros padres, además de la evidencia en las mejores condiciones de vida?
La Organización Mundial de la Salud ha impulsado el concepto de “capacidades intrínsecas”. Los estudios en China y en Inglaterra se vieron las capacidades intrínsecas de la persona a una edad determinada, nacidas en diferentes decenios, y hay una clara mejora en estas, en la fortaleza del individuo. Eso explica por qué muchas personas hoy, a los 65 o 70, están mucho mejor que sus padres a esa misma edad.
Después de toda una vida dedicada a estudiar el envejecimiento, ¿qué es lo que más disfruta de cumplir años?
Disfrutarlo es mejor que no cumplirlos. Soy una persona jovial, siempre intento ver el lado positivo. No puedo hacer algunas cosas que antes hacía, pero tengo la suerte de que nunca me gustaron los deportes. Lo importante es tener propósito. Pintar, tocar guitarra. Si me diagnosticaran cáncer, lo aceptaría. Pero si me diagnosticaran artritis y no pudiera hacer eso, eso sí me molestaría. Esa es la clave: poder seguir haciendo lo que te gusta, el propósito.
Con su conocimiento sobre el envejecimiento y en el punto en el que estamos hoy en día… ¿Tiene sentido seguir jubilándonos a los 65 o 67 años?
Eso fue un error garrafal de generaciones anteriores, que no podían saber que viviríamos tanto. Fue una decisión razonable en su momento, cuando no se esperaba vivir tanto. Hoy no lo es. No es factible vivir hasta los 95 y pasar 30 años sin trabajar mientras alguien nos cuida. Cambiar la edad de jubilación es políticamente muy difícil, pero hay que desarrollar la idea de una “cuarta edad”: jubilarse, sí, pero con oportunidades para seguir activo, aprender, trabajar en otras cosas, ganar menos, pero vivir bien. El edadismo es un problema enorme. Las personas mayores tienen conocimientos que no se aprovechan. Cambiar eso es clave.



