“Pueden causar efectos secundarios graves, no hay datos sólidos en humanos”: los péptidos contra el envejecimiento, una moda peligrosa
Longevity
Esta moda, popular entre las élites de las empresas tecnológicas de Silicon Valley, ha hecho aumentar el interés por los péptidos como fórmula para frenar el envejecimiento; sin embargo, esta práctica choca con el criterio de los profesionales sanitarios

Muchos han encontrado en los péptidos una fórmula para el envejecimiento, no exenta de polémicas.

“Qué son los péptidos y cómo pueden quitarte diez años”, afirma el titular de una entrada del blog de una conocida cadena de perfumerías. El texto hace alarde de los (supuestos) múltiples beneficios de los péptidos para rejuvenecer la piel y el pelo, entre ellos la estimulación del colágeno y del crecimiento capilar, la hidratación, la reducción de las ojeras o la mejora de la textura y el brillo del cabello.
Al calor de la implosión de los fármacos análogos del GLP-1, véase Ozempic, que han revolucionado el abordaje de la obesidad y, de paso, posiblemente el de muchas otras enfermedades –la revista The Economist, de hecho, los ha bautizado como “the everything drugs” (las drogas para todo)–, se ha producido también un interés creciente por otros péptidos.
Los péptidos son moléculas formadas por cadenas cortas de aminoácidos, que son los bloques que constituyen las proteínas. Los péptidos actúan como mensajeros químicos en el organismo: envían señales que regulan funciones celulares clave. Intervienen en procesos como la reparación de tejidos, el metabolismo energético —la forma en que el cuerpo transforma los nutrientes en energía— o la respuesta al estrés. Algunos péptidos, como el GLP-1 (implicado en la regulación de la glucosa, y conocido porque el Ozempic funciona como agonista a él), han cobrado protagonismo por su uso terapéutico. En esencia, los péptidos son herramientas biológicas naturales que ayudan a coordinar y optimizar el funcionamiento del cuerpo.
Bajo esa premisa, The New York Times se hacía eco el pasado enero en un extenso reportaje de cómo las élites de las empresas tecnológicas de Silicon Valley están consumiendo otros péptidos no probados y no regulados. Procedentes en su mayoría de China, el principal centro mundial de fabricación de péptidos, estos fármacos llegan presentados en polvo en viales etiquetados como “solo para uso en investigación”, aunque, como indican en el periódico neoyorquino, la advertencia es “una simple mentira legal”. Los usuarios mezclan luego estos polvos con agua esterilizada y se los inyectan, a veces en “fiestas de péptidos”, un concepto que sonaría a distopía si no fuese real.
En ese sentido, existen péptidos que los usuarios utilizan, supuestamente, para curar lesiones estimulando el crecimiento de nuevos vasos sanguíneos, mejorar el contacto visual, el sueño, suprimir el apetito, tener mayor concentración, mejorar el rendimiento físico, poner freno a adicciones e, incluso, retrasar el envejecimiento.
El doctor Eric Topol, director del Scripps Research Translational Institute, un centro de investigación especializado en medicina individualizada, contextualizaba el auge de esta forma de biohacking amateur por “la creciente desconfianza en la comunidad médica, especialmente tras la pandemia de COVID-19”, que en su opinión ha dejado espacio a influencers del bienestar que están popularizando el uso experimental de péptidos.
“Se están priorizando las anécdotas de influencer por encima del rigor clínico”, coincide Antonio Ayala Gómez, Catedrático de Bioquímica y Biología Molecular en la Universidad de Sevilla. Aunque el fenómeno de los péptidos aún no alcanza en España, ni por asomo, la dimensión adquirida en Silicon Valley, para el también vicepresidente de la Sociedad Española de Medicina Antienvejecimiento y Longevidad (SEMAL), la tendencia impulsada por el éxito del GLP-1 ha dado paso a “un uso infundado e imprudente” de sustancias no reguladas.
Estos medicamentos pueden causar efectos secundarios graves, como náuseas intensas, pancreatitis, problemas de la vesícula biliar e hipoglucemia
Todo ello refleja “un patrón preocupante de automedicación”, ya que, para él, Ozempic ha normalizado las inyecciones caseras. “Mi opinión, por tanto, es crítica, ya que se promueve un uso sin supervisión médica de compuestos que se comercializan evadiendo regulaciones sanitarias, lo cual es éticamente irresponsable y científicamente prematuro”, añade.
Su reflexión la comparte Consuelo Borrás, catedrática de Fisiología en la Universitat de València y autora de 100 años no es nada (La esfera de los libros, 2026), que alerta de que los péptidos adquiridos fuera de canales regulados representan “un riesgo grave” para la salud, ya que pueden estar contaminados, mal dosificados o ser completamente diferentes de lo anunciado, además de que muchos ni siquiera están aprobados para uso humano fuera de ensayos clínicos.

“Estos medicamentos pueden causar efectos secundarios graves, como náuseas intensas, pancreatitis, problemas de la vesícula biliar e hipoglucemia, especialmente cuando se combinan con otros medicamentos o en personas con enfermedades preexistentes”, informa.
La líder del grupo MiniAging del Instituto de Investigación Sanitaria INCLIVA considera “fundamental” que cualquier tratamiento con estos fármacos sea “prescrito y monitoreado por un profesional sanitario” que evalúe si son apropiados para cada caso particular, que ajuste las dosis correctamente y vigile posibles complicaciones, evitando así los peligros asociados al uso indiscriminado de productos no regulados.
Evidencias muy limitadas en el campo antiaging
Según informa The New York Time s en el citado reportaje, en julio de 2025 dos mujeres fueron hospitalizadas con inflamación de la lengua, dificultad para respirar y aumento de la frecuencia cardíaca tras recibir inyecciones de péptidos en un festival antienvejecimiento en Las Vegas. Aunque algunos de estos péptidos se ofrecen también como elixires de la eterna juventud, Antonio Ayala Gómez recuerda que las evidencias científicas “son muy limitadas y preliminares”: “No hay ensayos clínicos robustos en humanos que respalden usos para la regeneración tisular, para mejorar la longevidad, el sueño, etc.; si bien algunos muestran resultados prometedores en roedores, en humanos no se cuenta con datos sólidos”, argumenta.
El campo de la medicina del envejecimiento, sin embargo, según Consuelo Borrás, es “particularmente problemático” en lo referente a los péptidos, debido en gran medida a “la abundancia de especulaciones” que rodean a estos productos. La fiebre de los péptidos, de hecho, tal como coinciden los expertos, ya se ha hecho notar en el campo de la medicina antienvejecimiento.
La realidad, sin embargo, como añade Borrás, es que, aunque “las expectativas son altas” debido al potencial teórico de algunos de estos compuestos en áreas como los telómeros, la inflamación, la regeneración celular o la producción de colágeno, hoy en día no cuentan con evidencia clínica sólida que respalde su uso en humanos. “Existe un interés legítimo en terapias que puedan ralentizar el envejecimiento, pero actualmente no contamos con tratamientos validados en este ámbito”, explica.
Su argumento lo comparte Antonio Ayala Gómez, que apunta, no obstante, que algunos péptidos, sobre todo tópicos, sí se están utilizando ya en el ámbito dermatológico y estético, “pero desde luego no son milagrosos”. En este ámbito, añade el experto, hay productos con péptidos orientados a mejorar la apariencia y la calidad de la piel, ya que teóricamente propician la síntesis de colágeno.
El uso responsable [de péptidos] exige explicar el nivel de evidencia en cada caso, y se requieren más ensayos humanos para su validación
Su uso de forma sistémica, no obstante, ya merece otro debate, ya que, si bien algunos péptidos podrían actuar de forma más dirigida modulando funciones específicas en los tejidos, el punto clave es que no todos los péptidos son iguales. “Algunos tienen datos clínicos en contextos dermatológicos, mientras que otros se apoyan más en evidencias preclínicas, con lo cual el uso responsable exige explicar el nivel de evidencia en cada caso y, obviamente, se requieren más ensayos humanos para su validación”, concluye.



