Duelo infantil: cómo ayudarles a enfrentarse a su primera muerte
Crianza
Para los padres de hoy, acusados de sobreproteger a sus hijos y de criar una “generación de cristal”, el trance de comunicar un fallecimiento resulta especialmente complicado

Pretender que los pequeños no se den cuenta de lo que sucede cuando muere un ser cercano no suele ser lo mejor para ellos
Ante la pérdida de un familiar, tendemos a proteger, en ocasiones en exceso, a los más pequeños. Los psicólogos nos indican que los padres lo que tiene que hacer es acompañarlos en este trance.
En 1963, dos niños han perdido inesperadamente a su padre. Durante el funeral, cogidos de la mano de su madre, vestida de riguroso negro, el más pequeño rompe a llorar y se lo tienen que llevar a otra sala para tratar de serenarlo. Tan solo cuenta con tres años. Un coronel de Marina le enseña, en el interin, a perfeccionar el saludo militar con el afán probablemente de distraerlo del dolor. Cuando el niño se reincorpora al cortejo fúnebre, avanza solemne hasta el féretro del padre. Plantado de pie, efectúa el saludo marcial, con una fortaleza y una inocencia que recorren el mundo. Aquella imagen icónica que apenas recordaba el protagonista le acompañó a lo largo de toda su vida, que tampoco fue larga. El niño se llamaba John F. Kennedy Jr. Y murió en un accidente de avión a los 38 años. Su padre, el trigésimo quinto presidente de Estados Unidos, fue asesinado a los 46 años. Un duelo abrupto e inesperado para aquellos dos niños criados bajo la consigna de “los Kennedy no lloran”. Y una fotografía, la del pequeño John John —como lo bautizó la prensa— honrando a su padre cuando apenas se tenía de pie que conmovió a una generación que se había quedado metafóricamente huérfana.
La importancia del duelo
El miedo de los padres

Ya de adulto, John John recordaba “imágenes borrosas” de la muerte de JFK y albergaba una culpa difusa de la que no se podía librar. Todo aquel que se cruzaba en su camino le expresaba el dolor que había sentido ante la muerte de su padre. Y él, que era el hijo, no podía compartir ese sentimiento pues no lo recordaba. Seguramente nos encontramos ante uno de los duelos infantiles más complicados de la historia. Pero vaya por delante que ningún duelo es fácil, que nunca está exento de dolor y dudas y que siempre es difícil comunicarle a un pequeño la muerte de un ser querido.
Para los progenitores actuales, acusados —ya sea con razón o sin ella— de sobreproteger a sus descendientes y de criar una “generación de cristal”, el trance de comunicar un fallecimiento resulta especialmente complicado. Muchas dudas aparecen en el momento de transmitir el lóbrego mensaje.
Tal y como comenta la psicóloga Judit March, “Lo que produce mayor inquietud es saber cómo deben de comunicárselo a los hijos, qué palabras deben de usar y qué información deben proporcionar y también temen las preguntas que los hijos les puedan hacer por miedo a no tener la respuesta correcta”.
Todas las tribulaciones de los padres se resumen, según la psicóloga Mireia Cabrerizo en: “¿Cómo protegerlo sin mentirle y sin hacerle daño? Pero la realidad es otra: no podemos proteger a las criaturas del dolor. Lo más difícil de la muerte no es explicarla, sino atreverse a acompañarla y a entenderla como parte de la vida, tanto en la adultez como en la infancia”.
Según esta especialista, muchas falsas creencias nos juegan malas pasadas. Una de ellas es la idea de que conectar con emociones difíciles genera un trauma. “Hablar de la muerte con honestidad no traumatiza. Lo que sí resulta traumático es el vacío, la confusión y la soledad emocional”, asegura Cabrerizo. Otro de los errores habituales es mitificar el sufrimiento y pretender que los pequeños no se den cuenta de lo que está sucediendo porque no serán capaces de superarlo.
Un mensaje para cada edad
Para poder entender la muerte, tenemos que integrar diferentes ideas: que el cuerpo deja de funcionar, que la muerte es irreversible, que le ocurre a todas las personas y que también nos sucederá a nosotros. “Esta comprensión completa suele alcanzarse alrededor de los ocho o nueve años. Antes de esa edad, la muerte se interpreta a veces como algo temporal, reversible o incluso evitable”, asegura Cabrerizo.
Por ello, dependiendo de la edad del niño/a tendremos que comunicarle la pérdida con un lenguaje comprensible para él: no solo palabras sino también los conceptos.
De cero a tres años. A esta edad no entienden la muerte y las palabras de poco sirven. Se ha de ser conciso y concreto: “El abuelo murió. Ya no va a volver. Pero podemos recordarlo”. “En esta etapa, lo más importante es la presencia, el contacto físico y la continuidad de las rutinas”, aconseja Cabrerizo.
De tres a cinco años. “A esta edad piensan de forma mágica, no comprenden que la muerte sea definitiva y pueden sentirse culpables si no se les explica bien qué es lo que ha sucedido”, relata March. Por ello, en este momento es básico evitar metáforas del tipo: “se durmió” o “se fue” ya que aumentan la confusión. Los cuentos sobre la muerte funcionan especialmente bien en esta etapa.
A partir de los seis años: Comprenden la irreversibilidad de la muerte y es cuando hacen preguntas más concretas. La clave está en contestarles a lo que preguntan sin cargarlos de información adicional. Es habitual que cambien de estado de ánimo, que por momentos parezca que lo han superado y después retorne la tristeza.
Entender y expresar el dolor
Las tareas del duelo infantil

Hasta hace un tiempo los psicólogos hablaban de fases del duelo, pero el término se ha cambiado por el de tareas. Las fases se superan y, en cambio, el duelo infantil se caracteriza porque suele ser intermitente y con tendencia a reaparecer en diferentes momentos, cuando se han adquirido nuevas certezas sobre la muerte y se reinterpreta la pérdida. La primera tarea del duelo infantil consiste en comprender que la pérdida es irreversible, entender por tanto el significado de la muerte. La segunda versará sobre encontrar el propio modo de expresar el dolor, que en la infancia no acostumbra a ser con palabras. Otro reto supone reorganizar la vida del pequeño sin la presencia de la persona fallecida.
“Por último, es importante mantener un vínculo interno saludable con quien murió, integrando su recuerdo sin quedar atrapado en la pérdida”, observa Cabrerizo.
Los errores más típicos
No hay que esconder el dolor, pero tampoco exagerarlo
En una situación así, los padres además de concentrarse en superar su dolor deben ayudar a sus hijos a encajar la pérdida. Y es habitual que en ese momento se tomen ciertas decisiones, heredadas de tópicos que han quedado obsoletos. Una de las más extendidas es esconder el dolor. Lo más saludable no es negar la tristeza, sino mostrarla de forma regulada, acompañada de frases cortas y concretas: “Estoy triste porque lo echo de menos y es normal que me sienta así”.
“Este tipo de mensajes cumple varias funciones importantes: normaliza las emociones, enseña que el dolor puede sentirse y sostenerse sin que todo se derrumbe, y da permiso al niño para expresar lo que le pasa sin miedo”, asevera Cabrerizo.
Lo opuesto, una explosión incontrolada de dolor o recurrir al niño en busca de consuelo sería contraproducente. También resulta negativo proporcionar informaciones parciales pues, según esta especialista, “los niños suelen construir sus propias explicaciones para dar sentido a lo que ocurre, y esas hipótesis suelen ser más inquietantes que los hechos reales”.
El duelo es un paso desagradable pero necesario. Imprescindible según los psicólogos. “El dolor no expresado suele reaparecer. En algunos casos, puede aparecer la ansiedad o el miedo a la pérdida. El niño puede desarrollar miedo a que otras personas mueran o ansiedad ante las separaciones”, advierte March.
Proteger en exceso acaba significando desproteger. Y negar la muerte a esas edades puede obstaculizar el disfrute de la vida.


