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Viajes de última oportunidad: el turismo que explora el mundo condenado a desaparecer

Tendencia turística

La nueva tendencia del sector turístico consiste en visitar los ecosistemas que el cambio climático se llevará por delante más pronto que tarde: “Pagan por jugar a ser pequeños Amundsen”

Una mujer se relaja en una tienda de campaña de lujo ante un glaciar que se derrite 

Una mujer se relaja en una tienda de campaña de lujo ante un glaciar que se derrite 

STANISLAS FAUTRE

Los llamados “viajes de última oportunidad” (last-chance tourism, en inglés) se han convertido en la penúltima tendencia del sector turístico. Básicamente, consisten en visitar un ecosistema o paisaje antes de que el cambio climático se lo lleve por delante. Tanto puede tratarse de santuarios de osos polares, como de lenguas de glaciares que retroceden, arrecifes de coral o gorilas africanos en estado salvaje. Sin embargo, la tendencia de “verlo antes de que desaparezca” es controvertida, ya que diversas investigaciones confirman que la cantidad de combustible necesaria para viajar a estos destinos remotos puede acelerar su declive.

El periodista ártico Marzio G. Mian cuenta en Guerra blanca (NED ediciones) que la mística nórdica, hecha de elfos, sagas y valquirias, está dando paso a cruceros repletos de turistas que quieren sumergirse en lo que queda de paisajes primordiales que durante siglos permanecieron inalterables. Según Edward Huijbens, profesor de Geografía Humana en la Universidad de Akureyri (Islandia), se trata del “nuevo exotismo”, dice. “Antes eran Fiyi, Bali, la Patagonia. Existía el orientalismo, con sus palmeras y aromas especiados. Pero ahora es el Gran Norte”, explica en relación al Ártico. “Se paga por jugar a ser pequeños Amundsen. Se busca la soledad remota, pero en grupo”, prosigue. “Los turistas viven la experiencia de lo salvaje o la compasión por un glaciar como si estuvieran frente a la jaula de un gorila”, concluye.

Los turistas viven la experiencia de lo salvaje o la compasión por un glaciar como si estuvieran frente a la jaula de un gorila

Edward Huijbens

Profesor de Geografía Humana

Groenlandia es uno de los destinos en auge entre el turismo de lujo
Groenlandia es uno de los destinos en auge entre el turismo de lujoNomad Greenland#7

Hablamos, pues, de “turistas climáticos” que observan estremecidos el último suspiro de espacios vírgenes, invadiéndolos. Hasta hace unos diez años, se podía viajar por estos parajes durante horas en completa soledad, hasta el punto de que toparse con otro coche era todo un acontecimiento que se celebraba saludándose. Pero “ahora basta con que cruce un rebaño de ovejas o una manada de caballos para que se forme una cola de autobuses y todoterrenos”, informa Huijbens desde su condición de especialista en la relación entre el Antropoceno (la nueva época geológica caracterizada por el impacto de la actividad humana en los ecosistemas naturales) y el turismo.

“No todo es blanco o negro”, manifiesta Gonzalo Gimeno, experto en turismo y CEO de Elefant Travel, una agencia de viajes que ha dado con la lámpara de Aladino para hacer realidad el sueño de conocer mundo. En la actualidad, esta empresa organiza expediciones a la medida hasta los lugares más remotos (selvas, desiertos, regiones polares) “pero no para consumir sus ecosistemas, sino para comprenderlos”, puntualiza Gimeno.

Esta empresa organiza viajes a Groenlandia “con campamentos móviles que luego desmontamos para no dejar huella alguna”; o a Socotra, una isla de Yemen famosa por su paisaje “alienígena” y su biodiversidad única, a la que solo se puede llegar mediante un vuelo humanitario que sale de Abu Dabi (Emiratos Árabes); también a Bután (“un reino donde es fácil tener la sensación de encontrarse en pleno siglo XIX”). Y trabajan en la posibilidad, a partir probablemente del año 2030, de viajar hasta el Polo Norte en dirigible.

Las lecciones de los destinos masificados

Los destinos “de última oportunidad” pueden aprender lecciones de ciudades como Barcelona, Venecia, Dubrovnik, Copenhague o Amsterdam, ciudades que desde hace años viven una creciente presión turística. Aunque teóricamente, el turismo debería adaptarse a la idiosincrasia o cultura de una ciudad como Barcelona (donde ya representa el 14% del PIB, según los datos que maneja el Ayuntamiento), “en realidad puede ocurrir a la inversa”, admite Joan Miquel Gomis, director de la revista Oikonomics de la UOC. 

Este experto acaba de publicar un artículo sobre las estrategias para atraer al perfil de turista más adecuado para que una ciudad pueda mantener al máximo su personalidad. Se ha comprobado, por ejemplo, que incrementar el coste del viaje (a partir de tasas especiales, de encarecer los servicios por la vía fiscal, etc.) Puede reducir la actividad turística, manteniendo los ingresos que reporta, como en su día sucedió en Bali. Esta misma semana, Roma ha anunciado que c obrará 2 euros por lanzar una moneda en la Fontana de Trevi.

El problema, recalca Gomis, es que la probabilidad de que los turistas se inclinen mayoritariamente por otro destino de similares características, si deben pagar más de lo que esperan, es muy elevada. “Es decir, desde el punto de vista de la sostenibilidad, la pequeña victoria que puede suponer reducir el número de visitantes en un destino local excesivamente masificado, no tiene ningún valor a escala global si esta demanda se desplaza a otro lugar con sus mismas rutinas, por ejemplo, viajando en avión”, ejemplifica. 

El indicador clave para evaluar el éxito de una ciudad, región o país es el número de turistas que la visitan, razón por la que cualquier reducción se interpreta como un fracaso. No obstante, cada vez más expertos sugieren que el éxito de un destino no debería de supeditarse al número de visitantes anuales, sino también remitir a indicadores de sostenibilidad (ecológica, cultural, urbanística, etc.) Que incidan en el largo plazo. 

En 2023 Amsterdam, por ejemplo, realizó una campaña de “desmarketing digital” para erradicar el turismo de borrachera con el lema “So coming to Amsterdam for a messy night? Stay away!” (¿Vienes a Ámsterdam para pasar una noche de fiesta? ¡No te acerques!). Bután decidió cobrar 200 dólares por día y visitante después de la pandemia de covid para frenar la avalancha de turistas, aunque un tiempo después rectificó y redujo a la mitad el importe. “El precio de la tasa, en este caso, se ha convertido en un elemento de regulación de la entrada de visitantes”, concluye Gomis sobre este debate de alcance planetario.

La cuestión es: ¿debería permitirse a los turistas pasear por glaciares en retroceso, trasladarse con sus embarcaciones para bucear en la Gran Barrera de Coral australiana o visitar a los pocos gorilas salvajes que quedan? “Debería, pero no a cualquier precio”, responde Gimeno a la gran pregunta que plantea este artículo.

“Toda persona tiene el derecho universal a ir al sitio que quiera, de la manera que prefiera”, explica Gimeno. Cualquier otra cosa, equivaldría a poner puertas al campo, en el sentido de que quienes viajan hasta Noruega o a Ruanda, por poner dos ejemplos, lo que quieren precisamente es recorrer los glaciares que se están derritiendo e inmortalizar a los gorilas con sus cámaras fotográficas.

Toda persona tiene el derecho universal a ir al sitio que quiera, de la manera que prefiera

Gonzalo Gimeno

CEO de Elefant Travel

Un hombre recorre un tramo en bicicleta de uno de los numerosos senderos que atraviesan el fiordo helado de Ilulissat, en Groenlandia Occidental
Un hombre recorre un tramo en bicicleta de uno de los numerosos senderos que atraviesan el fiordo helado de Ilulissat, en Groenlandia OccidentalBen Haggar

Cuando se le plantea la misma cuestión a Joan Miquel Gomis, director del programa de Doctorado en Turismo en la Universitat Oberta de Catalunya (UOC), es decir, si debería impedirse a los turistas acceder a ciertos lugares, esgrime que no se trata de una pregunta a la que se pueda contestar con un monosílabo. “Las últimas tendencias hablan del turismo regenerativo como una evolución del turismo sostenible que, más allá de minimizar el impacto negativo de estas actividades, se orienta a la mejora de las condiciones del entorno natural”, empieza diciendo.

Por “turismo regenerativo” se entiende aquel que es mejor para los residentes locales, para el medio ambiente y para los turistas del futuro (y no únicamente para los empresarios). El punto de partida es que, pese a que la “sostenibilidad” figura en el primer plano de la agenda política desde 1990, la actividad turística no ha dejado de crecer desde entonces, provocando impactos medioambientales cada vez mayores, incluso en los lugares más recónditos del mapamundi. “Dada la emergencia de la situación, quizás se llega tarde pero, efectivamente, poner límites a los impactos negativos que puede generar un exceso de demanda es una opción lógica”, manifiesta Gomis.

Uno de los dilemas a resolver es cómo salvaguardar a los ecosistemas más frágiles y quebradizos, garantizando, al mismo tiempo, el derecho de los turistas a inmortalizar con sus teléfonos inteligentes a los osos grizzlies de la Columbia Británica (Canadá) cuando abandonan el bosque y se introducen en el río para atrapar a los salmones del Pacífico que remontan el curso de agua para alimentarse con sus nutritivas vísceras, ya que la carne acostumbran a despreciarla, según ha comprobado Gimeno.

Hace algunos años, observar a los gorilas de Ruanda en estado salvaje costaba 400 dólares; ahora, 1.500 por 45' (...) Y hay que ir andando

Gonzalo Gimeno

CEO de Elefant Travel

Una gorila de montaña descansa en el Parque Nacional de los Volcanes, Ruanda.
Una gorila de montaña descansa en el Parque Nacional de los Volcanes, Ruanda.Terceros

“Debería regularse la oferta, pero no la demanda”, señala este emprendedor. “El turista no es el agresor, estamos demonizando a quienes están en todo su derecho de poder ver estos sitios”, entiende. “El tema es que deben de existir unas reglas muy claras para quienes quieran viajar a los destinos de última oportunidad, porque cada vez quedan menos”, continúa. “Estos lugares deberían ser una fuente de recursos económicos para proteger a todo lo que hay a su alrededor”, opina. Es decir, “la regulación debería ser de bajo impacto (medioambiental, cultural, social) y alto coste (económico)”. Luego, Gimeno pone un ejemplo.

“Hace algunos años, observar a los gorilas de Ruanda en estado salvaje costaba 400 dólares pero, ahora, estar con ellos 45 minutos, sale por 1.500 dólares y exige ir andando a su encuentro”, recalca después de desvelar que existen tres clases de gorilas: los que son completamente salvajes (a quienes está prohibido visitar), los que solamente pueden ser estudiados por científicos y los habituados a ver humanos. Gracias a estos últimos, buena parte del dinero recaudado se destina a sufragar los gastos del parque natural, a financiar a los investigadores que cuidan a los primates y a apoyar a las comunidades locales del entorno (escuelas, hospitales, etc.)

El modelo económico que aplican los parajes que todavía no han sido pasto de la civilización ha cambiado en los últimos años en función del número de turistas que reciben. Las largas colas de turistas están obligando a los gestores de muchos ecosistemas de “última oportunidad” a en lugar de cobrar 200 euros a 100 turistas (lo que supondría recaudar 20.000 euros) por visitar a un santuario de osos polares, por ejemplo, obtener la misma cantidad con solamente diez turistas que desembolsan 2.000 euros por cabeza. Es decir, se potencia que haya un bajo impacto medioambiental a cuenta de que solamente unos pocos privilegiados se aproximen a los osos.

Sostenibilidad o capitalismo

El campamento de lujo de Kiattua: glampling en el Ártico
El campamento de lujo de Kiattua: glampling en el ÁrticoSTANISLAS FAUTRE

“La literatura académica señala que reducir la demanda, discriminándola en función del poder adquisitivo, puede funcionar, pero genera debates éticos sobre la equidad, a la vez que recuerda a la época del Grand Tour, cuando solamente los aristócratas protagonizaban los grandes viajes”, apunta Gomis.

En opinión de este experto, los parques naturales de nuestro entorno ya regulan el acceso con criterios de sostenibilidad. Ahora bien, extrapolar este modelo a ciudades y regiones resulta más complicado. “En general, es posible regular el acceso a estos entornos protegidos porque son espacios ´cerrados´, convenientemente delimitados, y no núcleos urbanos abiertos”, explica.

Esta es la disyuntiva a la que se enfrentan los pocos enclaves primigenios que todavía sobreviven en el planeta. Mientras los defensores de poder visitarlos sostienen que los turistas contribuyen a protegerlos, sus detractores argumentan que aceleran su funeral.

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