Las Claves
- Una investigación reciente indica que la herencia genética explica cerca de la mitad de las diferencias en la longevidad humana actual.
- Científicos del Instituto We
Por mucho tiempo se pensó que la expectativa de vida estaba ligada mayormente al medio ambiente, las costumbres y la casualidad. Una investigación reciente plantea que, al separar el desgaste biológico de los fallecimientos por causas externas, el impacto de la herencia genética prácticamente se duplica, llegando a explicar cerca de la mitad de las diferencias en la longevidad humana.
“La mayoría de nosotros conocemos a alguien que vivió hasta los 90 o 100 años, que fumaba y no comía bien, a pesar de mantener una buena salud. De hecho, alrededor del 30% de los centenarios llegan a esa edad sin enfermedades graves”, comenta a Guyana Guardian Ben Shenhar, especialista en biología de sistemas y autor principal de la investigación. “No es que una persona de 100 años parezca de 50, sino que su genética la protege contra el deterioro de la edad”.
La mortalidad extrínseca
¿Qué proporción de nuestra longevidad potencial se encuentra determinada por la genética? A lo largo de gran parte del siglo XX, las investigaciones realizadas con gemelos estimaron que la herencia de la duración de la vida oscilaba entre el 20% y el 25%. Evaluaciones posteriores fundamentadas en extensos registros familiares consiguieron disminuir dicha cifra hasta niveles próximos al 6%. Tales hallazgos consolidaron la noción de que alcanzar una edad avanzada dependía primordialmente del ambiente, de la fortuna y de las costumbres personales.
No obstante, la totalidad de estos cálculos presentaba una inclinación significativa. Partían de grupos originarios de periodos donde los índices de fallecimiento diferían enormemente de los presentes. Los siniestros, las enfermedades contagiosas y los medios más agresivos añadían un factor de aleatoriedad capaz de enmascarar el rastro hereditario. En otras palabras, resulta complejo evaluar la fortaleza de un ser vivo si gran parte sufre daños por motivos externos a su propio deterioro biológico.
Esta reciente investigación, encabezada por científicos del Instituto Weizmann, el Karolinska Institutet y diversas instituciones de Europa y Estados Unidos, se fundamenta en una diferenciación clave: no todos los fallecimientos aportan la misma información respecto al proceso de envejecer. Los responsables del estudio distinguen la mortalidad extrínseca —tales como siniestros, patologías o actos violentos— de la mortalidad intrínseca, vinculada a la degradación biológica paulatina.
Con el fin de estudiar esta repercusión, los científicos, que publican hoy sus resultados en la revista Science, examinaron diversos grupos: gemelos daneses y suecos nacidos entre el cierre del siglo XIX y el comienzo del XX, la investigación sueca SATSA —que integra gemelos criados en el mismo hogar o distanciados— y hermanos de centenarios estadounidenses.
La investigación integró dos perspectivas que se complementan. En primer lugar, utilizaron patrones estadísticos tradicionales de la mortalidad en humanos, como el modelo Gompertz-Makeham, que explica el modo en que la probabilidad de fallecer crece de forma exponencial con la longevidad. Por otra parte, implementaron un esquema mecanicista del deterioro vital, conocido como modelo de “eliminación saturable”, el cual visualiza las lesiones biológicas como desechos celulares que el cuerpo genera y descarta hasta que los procesos de saneamiento se ven desbordados. En ambas instancias, incluyeron diversidad genética entre los sujetos y recrearon los efectos de retirar paulatinamente los factores de muerte externos.
Un atributo en sintonía con otras características de los individuos.
Siempre que los expertos vuelven a computar la heredabilidad bajo la premisa de un entorno libre de decesos extrínsecos —una labor especulativa, pero útil— el número se eleva. “La heredabilidad de la duración de la vida humana debida a la mortalidad intrínseca es superior al 50%”, indica la publicación.
Dicha cifra ubica la duración de la vida humana en un nivel bastante parecido a la transmisión hereditaria de diversas características intrincadas, tales como la talla, la tensión sanguínea o múltiples indicadores biológicos igualmente detectados en distintos seres vivos. De este modo, la longevidad del ser humano deja de considerarse una anomalía genómica y comienza a actuar como cualquier otra propiedad multifactorial.
Si bien la investigación no profundiza en las probables disparidades de género, el interrogante permanece sin resolver. La población femenina tiene una mayor longevidad que la masculina, aunque frecuentemente atraviesan esos años con un bienestar físico inferior. “Comprender las diferencias en el envejecimiento entre hombres y mujeres es una importante vía de investigación que potencialmente puede ayudarnos a comprender los factores biológicos específicos implicados en el envejecimiento”, sostiene Shenhar.
El límite de la longevidad genética
Una de las mayores fortalezas de la investigación reside en emplear los datos de SATSA, el cual abarca gemelos que crecieron en hogares diferentes. Dentro de este conjunto, donde la influencia del entorno común se reduce, la heredabilidad sin ajustes llegaba ya al 33%. Asimismo, al examinar grupos nacidos en periodos consecutivos, los investigadores notaron que, a medida que la mortalidad externa disminuía durante el siglo XX, se incrementaba igualmente la heredabilidad calculada para la longevidad.
El impacto de la herencia biológica en la longevidad de los seres humanos se entiende mejor al analizar la existencia en diversas especies. Los mosquitos macho viven apenas algo más de una semana, los elefantes africanos sobrepasan los setenta años, los tiburones de Groenlandia pueden alcanzar más de cinco siglos y ciertos corales subsisten por milenios. De esta manera, nuestra vida, de poco más de un siglo en situaciones excepcionales, se integra en una escala donde la genética ejerce una función primordial, aunque nunca total.
Shenhar enfatiza que tal cifra no significa un determinismo genético. “Es probable que el otro 50% sea el estilo de vida, la dieta, el ejercicio, las relaciones sociales, el entorno y más”. A pesar de estas salvedades, el trabajo incrementa el conocimiento sobre el trasfondo genético de la vejez, lo que podría servir para localizar procesos biológicos determinantes y, con el paso de los años, encaminar políticas de salud pública y prevención.


