Silvia Puig, enóloga: “Hay que ser muy torpe para hacer un vino malo en un año bueno, y un artista para hacer un vino muy bueno en un año difícil”
Vinos
Desde el Priorat, la enóloga lleva más de 17 años expresando su particular visión del mundo del vino a través de su bodega, En Números Vermells

Silvia Puig, enóloga y viticultora.
“El vino me va casi por mis venas”, dice. Y normal que así sea, porque esta enóloga y viticultora nació en una histórica región vinícola, el Penedès –concretamente en El Vendrell (Tarragona)–, hace ahora 50 años, y ya con 12 años estaba cosechando uva. Hasta que un buen día hubo un giro de guion. “Fui a echar un vistazo al Priorat y me quedé”, confiesa. Claro, que sin duda ayudó –y mucho– a desarrollar este vínculo emocional, instintivo y hasta visceral con el vino, el hecho de tener muy, muy cerca a todo un referente dentro del mundo del vino catalán, su padre Josep Puig, fallecido hace apenas dos años.
Y podría perfectamente haber continuado con la trayectoria que este le marcó. Sin embargo… “él tenía una visión un poco diferente de la mía, y yo quería tener un proyecto propio, hacer mi propio vino, aunque no fuera algo que me diera de comer; tenía más opciones, como ser enóloga, pero decidí hacer lo que me apetecía en ese momento: un coupage un poco diferente de todo lo que llevábamos haciendo porque me apetecía trabajar con uvas de garnacha peluda o con syrah, y eso no tenía sitio en la gama de vinos que estábamos desarrollando”.
El proyecto de Silvia Puig se llama En Números Vermells. Arrancó en 2008, “con una sola barrica en 2008 en la bodega de mi padre”, reconoce. Cinco años después, decidió alquilar un garaje muy pequeñito en Torroja (Tarragona), trasladándose en 2017 a Gratallops, al espacio que ocupaba la antigua cooperativa del pueblo.
Cuando arrancaste con proyecto propio, ¿cuál era el mayor miedo que tenías?
No tenía mucho miedo. Estaba en un proyecto con mi padre, él decidió venderlo y pensé: ¡esta es mi opción! O hago algo para mí, y me estrello o no, o cambio de trabajo. Eran los años de la crisis inmobiliaria y solo pensé: ¿me puedo yo ganar la vida con esto?
Al plantearte tu proyecto personal, ¿qué era lo que ambicionabas alcanzar?
El vino me va casi por las venas. Lo que buscaba era expresar lo que quería, mi forma de trabajar. No anhelaba vender mucho, ni hacer el mejor vino del mundo, ni nada parecido. Tan solo quería poner en marcha un proyecto muy personal, en el que además pudiera incorporar una dimensión de expresión artística, porque siempre he sido una persona inquieta en ese sentido. Sé pintar y hago mis etiquetas, pinto las cajas, numero las botellas... También quise mantener este proyecto siempre a un nivel superpequeño, sin crecer más de lo que podía controlar por mí misma. Lo hago todo, desde la elaboración hasta las propuestas de enoturismo y otras gestiones… Estoy siempre al pie del cañón.
Quise mantener este proyecto siempre a un nivel superpequeño, sin crecer más de lo que podía controlar por mí misma
El mismo nombre de la bodega, En Números Vermells, es toda una declaración de principios.
Empecé con diez mil euros en el bolsillo, y con eso hice lo que pude. Compré lo mínimo para elaborar: la máquina de despalillar, la prensa, un par de barricas, un depósito…. Lo llamé así porque tuve que empezar con lo mínimo.
La verdad es que suena más a un plan B que a un proyecto con el que realmente poder vivir.
No, me reía un poco de la situación, de mi situación. En Números Vermells empieza con números rojos. Aunque ahora tampoco es que estén dorados, porque para quien quiera invertir, el mundo del vino es algo complicado. De entrada, hay que tener muchísima paciencia, hasta sacar un vino al mercado. Y este es un proyecto muy pequeño. Al final estoy haciendo solo doce mil botellas y tengo que hacer mil trabajos.
¿Y cuántas horas trabajas el día?
Ostras, pues no sé decirte. Mínimo, diez y de ahí… lo que me echen. Es mi pasión, y tampoco me agobia echarle muchas horas. Lo que sí que tengo que decirte es que un proyecto pequeño, y aquí, en el Priorat, por pocas botellas que uno haga, todo supone un trabajo muy manual.
Trabajar en el Priorat también obliga a tener que hacerlo en suelos de pizarra y vertientes abruptas. ¿Qué aportan estos condicionantes al vino?
El Priorat es un sitio espectacular. Y te lo dice alguien que no es de aquí, aunque llevo ya treinta años. Llueve poco y la piedra drena el agua, por lo que es fácil que las plantas sean muy rústicas, y que, a la vez, no cojan enfermedades porque no hay donde agarrar y no hay humedad. En un terreno así, las viñas viejas, al tener raíces más profundas, aguantan bien, pero las plantas más jóvenes sufren aquí más de los veranos.
El Priorat es un sitio espectacular, el viñedo viejo es el gran tesoro que tenemos que cuidar en esta zona

¿Y qué proporcionan los viñedos centenarios que aquí se encuentran?
El viñedo viejo es el gran tesoro que tenemos que cuidar en el Priorat. Siempre he usado viñas viejas, particularmente una cariñena centenaria que hago desde 2013. ¿Qué aportan? Homogeneidad, constancia, seguridad. No sé qué tienen en las raíces o qué caray es lo que pasa, pero cada año dan la talla. Y cuando tienes inclemencias climáticas, como la sequía abrumadora de 2024, y todos sufren y ves caídas de producción muy serias, en esas viñas la producción baja, pero de forma más controlada. A nivel de calidad, en el Priorat hay, además, una expresión brutal del terreno, no solo por la pizarra, la licorella, sino por toda la montaña, es decir, por las hierbas de bajo monte, hinojos, tomillos… Para mí, ese componente de hierbas que tenemos aquí da un punto de frescura y de autenticidad que cada año me sorprende.
Estos son los puntos a favor, pero… ¿Contra qué o contra quién tiene que luchar quien produce vinos en el Priorat?
Este es un sitio superduro, y el trabajo aquí es muy difícil, realmente arduo, por lo que hay que ser un poco guerrero. La viticultura en el Priorat es casi heroica. Además, el coste de los vinos de Priorat, por lo general y comparándolo con otros vinos españoles, son algo más caros, pero es que aquí es muy caro el trabajo y el precio de coste de un kilo de uva. Y aunque quisieras hacerlo a precio bajo, no podrías.
Comentabas antes que también tienes una pasión artística, que se refleja en las etiquetas que personalmente pintas. Si te pidiera hacer una asociación entre vino y arte, ¿qué parte del vino consideras expresión artística y qué parte responde a la técnica?
Es más arte, más empírico, más artístico que técnico. Soy enóloga, ingeniera agrícola y todo lo que tú quieras, pero las decisiones normalmente no las tomo con la cabeza, sino un poco más con el corazón. Siempre quiero pensar que la parte artística es la que nos lleva a hacer vinos de un estilo o con una intención. Aunque si hablas con una bodega que produce millones de botellas, te va a decir: ¿Esta qué es lo que dice?
Y si te pidiera alguna asociación entre tu forma creativa de hacer vino y algún artista...
Seguramente no encontraré una respuesta. En los últimos años, sin embargo, me ha interesado relacionar los vinos con aquello que me emociona, ya sea una canción, un pintor, un libro o un escritor. Cada barrica suele llevar un nombre, aunque este 2025 todavía no estén adjudicados porque espero siempre un poco a ver cómo se desarrolla ahí dentro. Tengo una barrica que se llama Ella Fitzgerald. O una cariñena de estas del año 1919 que lleva el nombre de Eddie Vedder. Ahí estoy con cantantes, pero a veces estoy con escritores. Es una especie de metáfora de lo que veo que me sugiere un vino en mi bodega o una añada.
Siempre quiero pensar que la parte artística es la que nos lleva a hacer vinos de un estilo o con una intención
¿Seguro que no puedes avanzarnos alguno de este año?
Por ejemplo, un libro que he leído hace poco: La guardiana, de Yael van der Wouden. Y tengo una barrica, una sola, ya adjudicada a Leonard Cohen. Es un cabernet sauvignon muy serio, muy profundo y muy contundente.
¿En algún momento te has planteado aumentar la producción?
La verdad es que es lo único que no me he planteado. No quiero salir de mis quince mil botellas. Prefiero mantenerme a una escala pequeña y hacer todo como lo hago, es decir, numerar mis botellas, hacer mis etiquetas, pintar las cajas… Si aumento la producción me da miedo no poder seguir en mi línea. Por eso, prefiero realizar asesorías o elaborar vinos para terceros, donde puedo aportar sobre todo mi vertiente más técnica.
Con todo lo ha avanzado este sector, ¿crees que hoy en día es más complicado hacer un mal vino que uno bueno?
Lo que es muy difícil es hacer un vino malo con una añada muy buena, pero hacer un buen vino en una añada muy mala, eso es ya algo muy serio. Hoy en día existe maquinaria extremadamente avanzada: mesas de selección óptica con cámaras de alta resolución e infrarrojo, capaces de analizar cada grano y decidir automáticamente si es apto o no. Pero los pequeños productores no podemos llegar ahí, porque esa maquinaria es carísima. Pero hacer un vino específicamente tremendo o sublime también es más complicado, porque cuando tienes tantas facilidades, a veces, igual pierdes la perspectiva de la parte empírica. Eso sí, hacer un vino malo en un año bueno… es que manda huevos, hay que ser muy torpe. Ahora, hacer un vino muy bueno en un año difícil, hay que ser un artista.
Ahora que se está hablando de tantos proyectos personales y más de parcelas concretas, ¿crees que llegó la hora de eliminar los discursos de denominaciones de origen donde mucha gente se puede sentir constreñida?
Depende de lo bien o mal que te sientas dentro, ¿no? En el momento en el que una DO te oprima, entiendo muy bien que la gente quiera salirse. Pero no debería de ser así. La DO te sitúa dentro del marco de un lugar y de una filosofía, y debería servir como apoyo para que quienes trabajamos a pequeña escala tengamos los medios necesarios para contar una historia vinculada a un territorio concreto y poner en valor una zona.
Entiendo que la gente quiera salirse si una DO oprime, pero no debería de ser así; la DO te sitúa en un marco y una filosofía, debe ser un apoyo
¿Y te sientes cómoda en la DO en la que estás?
Estoy contenta porque este es un sitio muy especial, y hay un discurso muy enfocado a la calidad. Aquí se están trabajando los vinos de fincas, de parajes y, por ahora, estoy contenta.
En tu opinión, ¿qué más gente está haciendo buenos vinos en el Priorat?
Somos muchos haciendo buenos vinos. En el Priorat hay un muy buen nivel y es como un abanico que está más abierto. Puedo hablar desde los clásicos como Clos Mogador, Clos Martinet, Álvaro Palacios, Vall Llach... A nivel pequeño, mis vecinos aquí, en Gratallops, Celler Ripoll Sans. O Sandra Doix, en Poboleda. Hay muchos, muchos proyectos muy interesantes.
¿Y qué denominaciones o qué proyectos te interesan especialmente, fuera del Priorat?
Me interesa cualquier cosa que sea buena, la verdad. Desde proyectos pequeñitos de las zonas de Rueda o Bierzo. Aquí, en Montsant, hay elaboradores que hacen cosas superchulas.





