“Algunas bodegas están recogiendo el cable; en los 80 y 90 sustituyeron uvas autóctonas por foráneas para dotar los vinos de calidad”: ¿qué es la xenofobia ampelográfica?
Vinos
Se trata de un fenómeno internacional; los iniciados de cualquier parte del mundo somos xenófobos ampelográficos, aunque no aplica a los países del Nuevo Mundo, por no haber tenido viticultura propia

Algunas bodegas están volviendo a apostar por variedades autóctonas.
Vanguardiers, toca clase de teoría aplicada con un concepto que los iniciados dominan, pero los civiles no es ya solo que lo desconozcan, es que ni siquiera se lo plantean. Vamos a abordar el asunto de la Xenofobia Ampelográfica, la única xenofobia admitida —incluso por momentos aplaudida— por quien esto escribe. Y es que con este término, acuñado por mí, señalo aquella actitud consistente en evitar aquellos vinos que contienen variedades foráneas. Es decir, no beber vinos españoles de uvas francesas, italianas, alemanas o de donde sean. Sencillo, ¿no?
Aquí, dependiendo de vuestro conocimiento, hay que aclarar un tema: por foránea me refiero al origen de la variedad, no de la uva en sí; es decir, por supuesto que esa Chardonnay de Chivite es de Navarra, pero la variedad en sí es borgoñona.
Esto suscita debates en el sentido de: ¿qué es más catalán, una Cabernet Franc plantada en el Penedés hace 50 años o una Sumoll de hace 10? La respuesta está en vuestros corazones, pero el caso es que nosotros, los iniciados, solemos recelar de los vinos vertebrados en variedades foráneas por la sencilla razón de que suelen ser una castaña.
Más que prejuicio, es heurística, y esto está llegando a las bodegas, a tal punto que muchas están recogiendo un cable que se tiró a finales de los años 80 y 90, dentro de un programa llamado “variedades mejorantes”, que consistió en sustituir autóctonas por foráneas por aquello de dotar de calidad a nuestros vinos. En su mayoría esto resultó ser un desastre, pero eso da para otro artículo.
En este punto, hay casos llamativos, referencias concretas con una gran cantidad de variedades de por ahí, que han sido sustituidas por autóctonas, a tal punto que cuando haces una cata vertical (mismo vino en diferentes añadas) lo único que tienen en común algunas botellas es el nombre, ya que el interior cambió totalmente (y a mejor).
Se trata de un fenómeno internacional; los iniciados de cualquier parte del mundo somos xenófobos ampelográficos, aunque, obviamente, esto no aplica a los países del Nuevo Mundo, al no haber tenido viticultura propia sino importada por conquistadores, colonos, emigrantes o lo que sea. No pasa nada por beber una Chenin Blanc de Sudáfrica, pero no la queremos en un vino griego, ahí queremos algo que suene local, Assyrtiko por ejemplo. Ahí a tope. A topazo.
Pero bueno, esta vez quiero reivindicar a posibles víctimas de este modelo de decisión, dado que sí hay muy buenos vinos, algunos iconos de este país, elaborados a partir de variedades foráneas. Ahí va un repóker.
Batlliu de Sort, Biu, Riesling, 2019, Costers del Segre (15,95 euros)
Vamos con una bodega pirenaica que lleva a base de Pinot Noir y Riesling desde hace unos 20 años, ya que fueron dos variedades que mostraron una alta adaptabilidad a su clima y suelo de altitud. El resultado es un blanco de alta montaña, sin crianza en madera, que destaca por su acidez y finura, es un vino muy fresco, punzante y largo. Una gran Riesling.
Can Ràfols dels Caus, La Calma, 2022, DO Penedés (50,80 euros)
Seguimos en Cataluña, pero en una latitud más cálida: el Penedés. Concretamente, en esta bodega casi contracultural, dada la gran cantidad de referencias con variedades foráneas que ostenta su catálogo. Me quedo con su Chenin Blanc (uva estandarte del Loira) que nos deja un blanco contundente y complejo, perfecto para maridar cualquier plato (carnes incluidas). Además, tiene un gran potencial de guarda; esto es, que con el tiempo mejorará sensiblemente. Pero bueno, si no tenéis paciencia, ni sitio, pues ya así os arregla una tarde.
Cortijo los Aguilares, Pinot Noir, 2024, DO Sierras de Málaga (36,90 euros)
Otro caso de adaptabilidad, pero también de filia. Me explico. José Antonio Itarte (1939-2020) fue el empresario vasco que fundó Cortijo los Aguilares. Como sus vinos favoritos eran los de la Borgoña, quiso probar a plantar esta variedad en Ronda y, de una manera increíble, esta uva tan de clima fresquito se adaptó perfectamente a la sierra malagueña. Y ahora es, sin duda, nuestra mejor Pinot Noir patria. Lo interesante de esta referencia, más allá de su calidad intrínseca, es ofrecer otro perfil de la misma, una más licorizada que, en manos de su enóloga —la gran Bibi García— consigue que la parte frutal le quede deliciosa. Muy didáctica y divertida de beber.
Bodegas Torres, Más La Plana, 2019, DO Penedés (76,45 euros)
Un símbolo de este país, uno de nuestros primeros vinos nacionales que destacó internacionalmente ganando, en 1979, lo que se llamaron las Olimpiadas del Vino de la prestigiosa guía francesa Gault & Millau en la categoría de Cabernet Sauvignon. La triunfante fue la añada 1970, la primera de este vino que, por aquel entonces, se llamaba Gran Coronas Etiqueta Negra. Se impusoa otros potentes rivales como Château Latour, Haut-Brion o la californiana Stag´s Leap, que venía de ganar el Juicio de París en 1976. Esto en el momento fue todo un hito y lo sigue siendo en un tinto que lleva 55 añadas de la mejor Cabernet Sauvignon patria. Si os gusta esta variedad, es imperdible.
Abadía Retuerta, Petit Verdot, 2021, DOP Abadía Retuerta (159,01 euros)
Y cierro con otra referencia ya histórica: el PV de Abadía Retuerta. Desde 1996 es de esas pocas referencias que ha generado su propio culto haciéndolo transversal. Es decir, es cuestión de haberlo probado, y eso no depende de si eres civil o iniciado, es de que se haya dado tal situación, sobre todo si es en alguna añada antigua que es como más se estila por este mencionado culto. El resultado es un tinto potente, pero de una clase tremenda que, a través del paso de los años, va redondeándose hasta quedarse con un tanino pulido y una gama de aromas tan compleja y mutante que es lo que un amigo mío llama “vino de chimenea”. No es para ir con prisas; si respetas el ritual, estarás ante uno de tus vinos de 2026. De nada.




