
Es la pertenencia, estúpido
Opnión
Desayunaba esta mañana en un bar del barrio, sentado en una de esas sillas de los 90 a las que todavía les faltan unos años para ser reivindicadas estéticamente y que por ahora son simplemente feas. Frente a mí, una planta con una mariposa absurdamente grande, absurdamente de plástico, de colores improbables, y, junto a ella, cajas de cerveza apiladas contra la pared.
Desayunaba pensando en por qué 2025 fue el año de la reivindicación de espacios como este, que no destacan por su interiorismo, por ser particularmente acogedores ni por una oferta especial; por qué fue el año en el que el libro Matar un Bar (Ed. Col&Col), de Carles Armengol, tuvo una resonancia que probablemente no muchos esperaban; por qué hace unas semanas estábamos en Cádiz, rodando un documental sobre un bar, uno más, uno de esos que han alcanzado la categoría de “bar de toda la vida”, que cierra y por qué eso nos pareció motivo para un documental.
Desayunaba mirando a las cajas con botellines vacíos, a las piernas de la gente que, a la altura de mi cabeza, pasaban por la calle; envuelto en el ruido de la cafetera y los éxitos de ayer y hoy en la radio, cuando entendí que lo que nos gusta cada vez más en estos bares no es lo que son sino, curiosamente, lo que no han sido nunca.
No han sido una experiencia. No han sido una excepción. Eso los convierte en algo cotidiano a lo que volver; hace de ellos un lugar previsible y, por lo tanto, acogedor. Y me dí cuenta de que tengo más recuerdos de carácter afectivo en lugares así, comiendo pipas alrededor de un futbolín, tomando un café mientras fuera, en la calle llueve, volviendo a la tapa de cortesía de macarrones con carne que claramente han sido cocinados más de lo razonable, que en lugares que, esos sí, pretendían dejarme una huella indeleble.
Me dí cuenta de que recuerdo perfectamente el bar al que iba en los tiempos complicados en los que sabía que me iban a despedir de un antiguo trabajo y de que dos décadas después el dueño me sigue saludando por la calle. Ese bar cierra definitivamente esta semana, por cierto. Recordé el bar en el que nos juntábamos en verano, en el que me dejaron pinchar mis primeros vinilos -The Cure, Depeche Mode, The Smiths- y fui consciente de que puedo rememorar perfectamente cada detalle, el aroma, la barra pegajosa de melamina y el suelo de linóleo, de aquel de círculos en relieve.

En algún momento decidimos que la gastronomía que queríamos contar se reducía a la hostelería, que en ella la hostelería se limitaba a la restauración y que, dentro de esta, habíamos optado por centrarnos en determinado formato, en ese que, injustamente, hemos definido como gastronómico, como si otros modelos no lo fueran, como si les expropiásemos esa posibilidad, convirtiendo ese adjetivo en una muralla, en una frontera que, quizás, imagino, en algún momento quiso ser de clase al emular la por otra parte caduca división entre alta y baja cultura.
Sin que esto sea un reproche hacia ese modelo de restaurante en el que decidimos entonces poner el foco y en el que, por otra parte, tan buenos momentos he vivido, entiendo que esa exclusión silenció otras realidades. Centrados, como estábamos -¿Como estamos?- en lo excepcional, decidimos obviar lo cotidiano. Y eso, como el video que mató a la estrella de la radio, puso las bases para una distancia que pasó, en algunos casos, a ser una desconfianza y acabó por convertirse en un olvido que era, al mismo tiempo, una condena. Lo cotidiano frente a lo excepcional; la experiencia única frente al día a día, lo nuevo frente a lo precedente.
Cuando aquel día a día empezó a faltarnos, cuando nuestro café con magdalena en la barra vio su lugar ocupado por un “Esperen a ser atendidos” en la puerta, la tapa de cortesía se volatilizó y los botellines de quinto fueron exiliados, no nos dimos cuenta, hipnotizados tal vez por la idea de un cinnamon roll que nunca se instaló en nuestra rutina, pero perdimos algo.
Ese algo sobrevive, sin embargo. Sobrevive como puede, es cierto, a duras penas, a veces, pero lo hace. Está entre esas cajas mal apiladas, en el aroma de la tortilla haciéndose en la cocina; en la gente que ves todos los días que, como todos los días, está ocupada con sus cosas pero que, como tú a ellos, te ve, quizás te reconoce y seguramente te identifica como parte de algo compartido. Está en esos sitios como sillas noventeras porque son los que han quedado, porque no son excepcionales, porque no son una experiencia. Porque no van a cambiar nada.
Cuando entendimos que no podemos vivir instalados en la vanguardia constante, y no sólo porque no nos la podamos permitir; cuando nos dimos cuenta de que los rankings pueden ser entretenidos, pero por lo general tiene poco que ver con nuestra realidad, vimos que lo que quedaba son esos bares. Los pocos que van quedando, quiero decir. Y aunque corramos el riesgo cierto de romantizarlos, y de aceptar así cierta carestía y una autoexplotación que estuvo detrás de muchos de ellos durante demasiado tiempo, con ellos lo que sobrevivió, también, es el poco espacio para lo cotidiano que todavía no nos ha sido arrebatado y en el que, a ritmo de café torrefacto -que a esto sí que se le podría dar una vuelta sin que suponga grandes traumas, por cierto- de menú del día anunciado en la pizarra, de periódico al final de la barra y de olor de pollo al ajillo mezclándose con el soniquete de la tragaperras, nos seguimos sintiendo parte de algo que no existe en otros lugares, porque lo excepcional excluye lo habitual. Y porque es esa pertenencia, o esa es, al menos, mi sensación, lo que estamos empezando a añorar.