Tal vez porque “comunidad” suena demasiado a digital, durante los últimos años ha empezado a circular con fuerza en el mundo de la cultura la palabra “tribu”. Evoca la hoguera con sus historias, la emoción de la pertenencia, un mundo muy físico en que nos miramos a los ojos y tocamos el papel. La excelente librería cooperativa La Tribu de Sant Andreu de Barcelona se define a sí misma como “tribu literaria”. El Movimiento de Bibliotecas Rurales organizó el año pasado en Madrid Tribus lectoras. Encuentros de clubes de lectura. Y la Tribu del Junco no para de crecer alrededor de la ya histórica figura de Irene Vallejo.
Fiesta de la editorial Candaya
En los primeros años de sus veinte de historia, la editorial Candaya empezó a verse a sí misma en términos tribales. Su penetración en el tejido literario se debe tanto a la calidad de los títulos que publican Olga Martínez y sus jóvenes cómplices –ahora huérfanos de Paco Robles– como a las famosas rutas, que no tendrían sentido si durante dos décadas no hubieran cultivado el apoyo constante de la “tribu Candaya”.
Porque no se trata solo de lectores de Vilafranca del Penedès y de Barcelona, los dos principales núcleos de presencia de la editorial, sino también de letraheridos de Madrid, Murcia o Zaragoza, entre tantas otras ciudades en cuyas librerías se presentan muchos de los libros, con sus autores quemando cientos o miles de kilómetros a bordo de un coche cervantino. El último en hacer la ruta Candaya fue el escritor peruano Gustavo Faverón, que presentó en España su monumental novela Minimosca. La tribu es internacional, como sus autores, y se ha reunido también en Buenos Aires, Caracas o Querétaro. Su catálogo da sentido profundo a la palabra “iberoamericano”.
Juan-Cantavella nos descubre a los ‘actores de novela’ que actúan en las ficciones literarias
Su nuevo lanzamiento, Detente bala, del barcelonés Robert Juan-Cantavella, habla precisamente de dos tribus. Una evidente, pues las diez largas cartas dirigidas a autores como Voltaire, Poe, Gógol o Herzog que estructuran el volumen nos recuerdan que pertenecemos a la Gran Tribu de la Tradición Cultural; la otra, en cambio, es extraña y loca. Es la que configuran los “actores de novela”, es decir, los individuos que se dedican profesionalmente a actuar en las ficciones literarias, los equivalentes de los actores y actrices de las películas y las obras de teatro.
Para dar forma a esa fantasía o vuelta de tuerca metaliteraria Juan-Cantavella crea el neologismo “novelaje” (el rodaje de una novela). Piatkun, el protagonista, interpreta a personajes secundarios de El corazón de las tinieblas o Alguien voló sobre el nido del cuco, entre tantas otras obras. Esas experiencias lo convierten en un lector que, tras recorrer los engranajes de decenas de ficciones literarias, puede compartir lo que ha aprendido con maestros de los últimos tres siglos en una novela tan enciclopédica como imprevisible. Y por efecto espejo: con nosotros, su tribu.

