Existen numerosos creadores audaces a nivel global, cuyo anhelo de autonomía derrota al temor y prevalece frente a agresiones verbales o pretensiones de silenciamiento. Tal vez la esencia artística radique en ello: estética y oposición al tratar de habitar en la honestidad. ¿De qué otra forma un autor como Miguel Ángel osó poblar la Capilla Sixtina con pasajes homoeróticos, varones sin ropa jugueteando y estrechándose en lo alto, dentro de una Europa donde la Iglesia castigaba la sodomía cual falta capital y por motivos menores uno podía terminar consumido por las llamas?
Transcurridas más de tres décadas desde La creación de Adán, ya con 62 años, alguien de edad avanzada para el Renacimiento, Miguel Ángel retornó a la sala vaticana para plasmar sobre el altar el Juicio Final. Su interpretación del apocalipsis, con la humanidad desnuda encarando sus propias acciones y efectos, originó una notable inquietud incluso antes de que finalizara la pieza.
Miguel Ángel impregnó la Capilla Sixtina con rasgos homoeróticos en un tiempo en el cual la sodomía se penalizaba mediante la hoguera.
Fue tildado de pornógrafo y un aluvión de reproches brotó con fuerza, originando una disputa cultural que seguramente se asemejaba a las que vivimos hoy. Cinco centurias no significan mucho frente a la persistencia de delatores y censores. Biagio da Cesena, el maestro de ceremonias del Vaticano, lideró las quejas al manifestar que era un verdadero escándalo que en un recinto tan sagrado se mostraran esos sujetos corpulentos, más adecuados para una sauna gay o una taberna.
La respuesta de Miguel Ángel a las críticas de Biagio da Cesena
Para Miguel Ángel, quien era homosexual y había expresado sin tapujos su afecto por un joven aristócrata, esas pinturas en aquel sitio fueron algo superior a una acción valiente por su defensa de la estética y el honor del amor entre personas del mismo sexo. En vez de acobardarse, el autor se mofó de Biagio da Cesena al cederle su fisonomía a Minos, el juez del averno, con una serpiente enroscada en su cuerpo de la que se ignora si lo está castrando o le practica una felación.
De dónde sacó el coraje lo explica magistralmente Jonathan Jones en Earthly Delights: A History of the Renaissance. Para el crítico de The Guardian , Miguel Ángel se había convertido en tan famoso, tan profundamente venerado, que pintaba con total libertad en la casa de Dios. Era un héroe cultural y “tenía opciones que nadie más tenía”, escribe, pero lo interesante “no es cómo alcanzó la fama, sino el singular uso que hizo de ella”. “Una vez reconocido como un genio, dedicó el resto de su vida a crear obras que son siempre personales y complejas”. Vivía en la verdad, y mientras lo hizo, nadie pudo con él. Cuando Biagio da Cesena le contó al Papa la ofensa que había sufrido, este le respondió que si hubiera sido el purgatorio podría haberlo ayudado, pero el infierno estaba fuera de su jurisdicción. Pero tras su muerte, los desnudos masculinos fueron cubiertos con pañales por Daniele da Volterra, quien desde entonces fue conocido como Maestro Braghettone.

