Cultura

“Las bandas de música ya no somos el YouTube de Mozart, pero la gente todavía no lo sabe”

140.º aniversario

El director de la Banda Municipal de Barcelona, Josep R. Pascual-Vilaplana, defiende el futuro de la formación

Josep R. Pascual-Vilaplana, fotografiado este vienes en L'Auditori de Barcelona

Josep R. Pascual-Vilaplana, fotografiado este vienes en L'Auditori de Barcelona

Joan Mateu Parra

Banda Municipal de Barcelona celebra sus 140 años. Es la formación musical profesional más antigua en Catalunya, a excepción de la Orquestra i el Cor del Liceu, con una trayectoria importante. “¡Y que sigue!”. Josep R. Pascual-Vilaplana la defiende desde su cargo de director. Para el concierto extraordinario de celebración, este domingo (L’Auditori, 18 h) cuentan con un encargo a Hèctor Parra, que se estrena componiendo para banda, y con la primera colaboración de la historia de la Banda con la Escolania de Montserrat. Echando la vista atrás, Pascual-Vilaplana recuerda que en el siglo XIX, casi un 60% de las capitales de provincia del Estado fundaron bandas municipales.

¿Por qué ocurrió eso?

Hay varios motivos. Los músicos hablamos de diferentes razones, pero por lo que yo he leído e investigado, las bandas que tenemos actualmente aquí tienen dos orígenes principales. Uno: las bandas militares. Las bandas de milicianos. Porque entre finales del siglo XVIII y principios del XIX hay un movimiento en todo el Estado relacionado con esa tradición de soldadesca que existía desde el siglo XVII. Eran fiestas en las que la gente del pueblo se vestía de soldado, incluso acompañaban a los patrones en celebraciones católicas. Esos grupos empezaron a incorporar instrumentos para acompañar fiestas, sobre todo procesiones. Hay muchos testimonios. Se llamaban bandas de milicianos. El segundo origen tiene que ver con las guerras de independencia que comienzan a finales del siglo XVIII y principios del XIX, y a finales del XIX, se consolidan más. En la España en la que no se ponía el sol… empezó a ponerse. El rey tenía el mayor cuerpo de bandas militares del mundo. Cuando empiezan a perder territorios y recursos, ¿de dónde recortan?

Las ciudades querían tener una banda protocolaria y una banda que tocara en los parques. Se construyen parques con quioscos, la Ciutadella es un ejemplo”

 De las bandas.

 Muchos de esos músicos habían sido soldados de jóvenes y de repente se quedaron sin trabajo. Volvían a sus pueblos de origen, y eso explica la aparición de muchas bandas en pueblos pequeños. Imagínate: un chico de familia humilde, con un pequeño terreno que los hermanos ya se habían repartido, que volvía y no tenía nada. Lo único que sabía hacer era enseñar música. Así que empezaron a dar clases. Es curioso, porque las bandas recibían el nombre de quien enseñaba: la banda de Antonio no sé qué… y así. Por eso en las fotos antiguas de bandas amateurs aparecen con trajes militares. Cuando yo entré en la banda de mi pueblo, recuerdo que aún llevábamos una línea blanca en el pantalón, hombreras, simbología militar. Viene de esa tradición. Y luego hay una gran influencia napoleónica. En todo el territorio bajo dominio napoleónico, sus bandas causaron un impacto brutal. La cultura francesa siempre dejó un peso enorme. Se imitaban las bandas napoleónicas, que además tenían un componente simbólico fuerte. Muchos uniformes y elementos vienen de ahí. Todo eso fue evolucionando. Las ciudades querían tener una banda protocolaria y una banda que tocara en los parques. Se construyen parques con quioscos –la Ciutadella es un ejemplo– y las bandas tocan los domingos por la mañana. Cumplían una función social clara.

En los años 30, antes de la guerra, ¿esas bandas recibían influencia de las big bands americanas?

Muy poca. Aquí el jazz llegó más tarde. No se conocía bien el estilo de interpretación. Muchas bandas tardaron en incorporar el saxofón. En Alemania las big bands llegaron antes de la Segunda Guerra Mundial, pero también hubo compositores que viajaron y estudiaron fuera. Darius Milhaud, por ejemplo, viaja a Nueva York en los años 20, incorpora el jazz a su música. En La création du monde utiliza un cuarteto de cuerda sin viola pero con saxofón alto.

Un graduado en composición, musicología o dirección puede acabar la carrera sin conocer el repertorio de banda ni su historia”

Pero divulgaban música las bandas.

Durante el siglo XIX y principios del XX hicieron una labor pedagógica extraordinaria: difundían entre la población música que muchos no podían permitirse escuchar en la ópera o la zarzuela. En pueblos pequeños escuchaban la obertura de Tannhäuser sin haber ido nunca a la ópera. Se hacían arreglos a veces inverosímiles, pero era una forma de educar musicalmente a la sociedad. Eso fue formidable, pero también creó un problema: dificultó el desarrollo de repertorio original para banda. Se creó la idea de que una banda es buena cuando toca grandes autores conocidos. Pocos compositores escribían específicamente para banda. Eso de la banda como difusora de la música sinfónica ya venía del siglo XVIII con las Harmoniemusik que se reproducen por la corona austrohúngara: pequeños grupos de viento que estaban al servicio de aristócratas salen a la calle y tocan lo que se escuchaba en los teatros. El caso más flagrante es el de Mozart: adapta El rapto en el serrallo y oberturas de sus óperas para esos grupos. Porque ve que así la gente conoce más su música. Las bandas tenían el efecto del YouTube. Eran el TikTok de la época. La función de la banda ha cambiado pero sigue teniendo un reto: la educación musical respecto a la banda. Un graduado en composición, musicología o dirección puede acabar la carrera sin conocer el repertorio de banda ni su historia. Si aparece en los libros de texto, es como algo anecdótico: instrumentos de viento y percusión que amenizan fiestas populares, con el dibujo del señor con gorra y bombo en la glorieta. Eso crea un estereotipo. Y aunque esa tradición existe y es parte de nuestra cultura, la banda hoy es mucho más.

¿Hay emociones que se transmiten mejor con banda que con orquesta?

Yo no lo plantearía así. La emoción depende del bagaje personal. Es muy subjetiva. Mi primera obra fue un pasodoble. Alguien me dijo que él empezó componiendo un cuarteto de cuerda. Yo crecí escuchando la banda los domingos por la mañana con mi padre. Ese es mi sonido de infancia. He visto solistas que han tocado con banda por primera vez y se han sorprendido por los colores, por la proximidad del sonido del viento a la voz humana.

¿La banda conecta todavía con el sonido de la infancia, de la fiesta popular?

Conecta si el público ha vivido esa experiencia. He tenido conciertos con público joven que nunca había escuchado una banda. Ahí volvemos al problema educativo.

Es fundamental que los compositores actuales escriban para banda si queremos que el repertorio crezca y deje de depender tanto de transcripciones”

El hecho de tener sede en el Auditori, ¿qué cambia?

Mucho. Desde 2008 aproximadamente, con Salvador Brotons como director titular, la banda entra en el Auditori. Eso cambia el planteamiento del repertorio. Pero también obliga a revisar el patrimonio histórico. Muchas partituras antiguas no se pueden tocar hoy tal cual, porque la plantilla instrumental ha cambiado. La banda se ha estandarizado de otra manera. También hemos ido adaptando el repertorio antiguo a la plantilla actual. Hay obras históricas que forman parte de nuestro patrimonio y que no queremos perder, pero requieren revisión, orquestación nueva o ajustes para que funcionen con la banda contemporánea. La banda de hoy no es exactamente la del siglo XIX. La instrumentación ha evolucionado, se han incorporado instrumentos, se ha ampliado la sección de percusión, ha cambiado la afinación, el concepto sonoro… Todo eso obliga a repensar cómo interpretamos ese legado. Al mismo tiempo, estamos encargando obra nueva. Es fundamental que los compositores actuales escriban para banda si queremos que el repertorio crezca y deje de depender tanto de transcripciones. En los últimos años ha habido un cambio importante en este sentido. Cada vez más compositores consideran la banda como un espacio válido para la creación contemporánea. Eso también transforma la percepción pública. Cuando el público escucha una obra actual, escrita específicamente para banda, descubre una paleta de colores y posibilidades que no esperaba.

¿Y cómo es el trabajo interno?

Es muy exigente. Una banda sinfónica tiene una exposición muy directa: no hay la masa de cuerda que “acolcha” el sonido como en una orquesta. Cada músico está mucho más expuesto. Eso exige precisión, afinación muy cuidada y una conciencia colectiva muy fuerte. Además, el equilibrio es distinto. El viento proyecta de otra manera. El director debe trabajar mucho la transparencia, la articulación, los planos sonoros.

¿La banda tiene todavía ese componente popular?

Sí, pero ahora conviven varios niveles. Está la banda que participa en actos institucionales, la que mantiene la tradición festiva, y la banda sinfónica que aborda repertorio contemporáneo y grandes programas de concierto. No son mundos excluyentes. Al contrario, forman parte de la misma historia. Lo importante es no reducir la banda a un solo estereotipo. Cuando hemos abordado este tipo de repertorio, al menos desde que yo entré, lo que hemos intentado es adaptarlo a la organología actual de la banda.

¿No han hecho ese viaje que ha hecho la orquesta sinfónica de ir a buscar el sonido original de partituras antiguas o románticas?

Es que, mientras en la cultura orquestal tú puedes escuchar a Mendelssohn con instrumentos originales, el problema es que aquello estaba pensado para formaciones muy concretas. Tendrías que disponer de una plantilla y de unos instrumentos muy depurados para poder buscar ese sonido. Y, en segundo lugar, muchas de esas transcripciones se hacían para tocarse en la calle. Con muchísimas duplicaciones de las partes originales que no tenían sentido desde el punto de vista orquestal. Por ejemplo, hay transcripciones de obras orquestales muy famosas en las que el cuarteto de trompas nunca toca solo. Siempre está duplicado con fiscornos, con barítonos, con bombardinos. El sonido cambia totalmente. Es decir, no era una simple transcripción: era casi una nueva versión. Tiene un valor patrimonial increíble. Ojalá pudiéramos disponer de los instrumentos de la época y hacerlo así. Pero hoy en día, con la banda que tenemos, lo que hemos intentado es asumir ese patrimonio y traerlo a la realidad actual, porque los instrumentos también han evolucionado. Intentamos buscar una aproximación que sea más bien una traducción del original, no una reproducción literal.

Mi contrato termina la próxima temporada. Yo estoy contento, ellos están contentos y quieren que sigamos colaborando. Cómo y de qué manera, todavía está en debate”

¿Y cuál es su plan de futuro? ¿Le veremos por aquí en el 150 aniversario de la Banda?

Mi contrato termina la próxima temporada. Yo estoy contento, ellos están contentos y quieren que sigamos colaborando. Cómo y de qué manera, todavía está en debate. Tampoco podría concretarlo. Además, tengo otros proyectos y otras cosas en marcha. Pero el estado actual de la banda también es fruto de todo lo que hemos hecho en estos últimos años. Siempre me he planteado trabajar con objetivos claros y una planificación previa, e ir consiguiéndolos con el tiempo. Por ejemplo, el cambio de repertorio. Si actuamos en la Sala 1, no puedo basar el repertorio en transcripciones de obras que ya se interpretan allí con la orquesta. Seguiremos haciendo transcripciones, porque forman parte de nuestra historia, pero de manera puntual y desde esa visión actual de “traducir”, no de repetir antiguas transcripciones solo por ser antiguas. Lo que hemos hecho con mucho esfuerzo es recuperar repertorio patrimonial de banda a nivel internacional que nunca se había interpretado en Barcelona, de grandes autores. Por ejemplo, interpretamos aquí por primera vez una obra para banda de Sofia Gubaidulina. Hemos recuperado muchísimo repertorio original de banda que no se había hecho nunca, porque tradicionalmente los programas se basaban casi exclusivamente en transcripciones. Creo que trabajar esto como un proyecto ha dejado una huella en la banda: una flexibilidad y una diversidad que es precisamente lo que más destacan los solistas y directores invitados cuando vienen.

¿Y trabajan también con jóvenes de la ESMUC?

Desde que yo entré se firmó un convenio con el ESMUC, que después hemos ampliado también al Liceu. Dado el problema educativo del que hablábamos antes, es fundamental mantener contacto con los jóvenes. Cada año vienen alumnos del ESMUC a participar en un concierto de temporada. No es algo simbólico: los solicitamos porque el programa realmente requiere esos músicos. Queremos que tenga sentido, que se lleven una experiencia profesional real, que conozcan el repertorio y la dinámica de trabajo. Lo hemos hecho con la ESMUC y también con el Conservatorio del Liceu. Llevamos ya dos o tres años. Y no vienen solo instrumentos de viento. Vienen instrumentos de cuerda, violonchelos… El año pasado incluso participaron alumnos de canto del Liceu, tras hacer una audición.

Hablando de canto, ¿con qué coros habéis colaborado?

Hemos colaborado con la Coral Sant Jordi, con el Madrigal, una vez vino el Cor Jove del Orfeó… Con el Orfeó Català aún no hemos colaborado.

Pensé que quizá desde Montserrat no nos llamarían nunca, así que pedí una reunión. Costó, pero cuando presentamos el proyecto el trato fue exquisito” 

¿Y cómo surgió la idea de colaborar con la Escolania de Montserrat?

Mi madre diría que por que soy bastante cabezota. Cuando llegué tenía claro que había tres lugares a los que la banda debía ir: la Sagrada Família, Montserrat y el Liceu. Conseguir la Sagrada Família me costó dos años y medio. No encontraba la puerta adecuada. Fue una casualidad que me presentaran a la persona responsable, me dio su tarjeta un sábado, el lunes envié el proyecto y el jueves me llamaban para decir que les encantaba. Montserrat fue parecido. Me di cuenta de que la Escolanía nunca había cantado con la banda. Pensé que quizá desde Montserrat no nos llamarían nunca, así que pedí una reunión. También costó, pero cuando presentamos el proyecto el trato fue exquisito. Llevé ya la partitura pensada, el director de la Escolanía se implicó enseguida y todo fue rodado. Muchos de los niños nunca habían visto una banda en directo. Y ahora iremos nosotros allí, al Monasterio, para repetir el programa.

¿Diseñó usted el programa del concierto del 140 aniversario?

Sí, lo tenía muy claro: quería que fuera todo música original de banda, pero desde tres perspectivas distintas. Primero, el estreno de Héctor Parra. Segundo, una obra con un trasfondo litúrgico, ya que colaborábamos con Montserrat. Elegimos Angel of Mercy de David Maslanka, un compositor norteamericano con una profunda carga humanista, gran estudioso de Bach. Su música para banda está impregnada de esa filosofía bachiana trasladada al lenguaje contemporáneo del viento y la percusión. Y tercero, una sinfonía con coro de niños. La Sinfonía nº 4 de Johan de Meij, encargada por el Festival Mahler de Dobbiaco. Toma poemas del mismo libro que Mahler utilizó, pero que él no llegó a poner en música. La obra evoluciona desde la tristeza hacia una celebración de la vida, y culmina con una afirmación: “Lieben” –amar. Participan coro de niños y mezzosoprano, Gemma Coma-Alabert. El ambiente que se crea es muy especial.

Para estudiar bombardino tenía que desplazarme a Alicante, y mi padre no tenía medios para eso. Así que seguí estudiándolo por mi cuenta y en el conservatorio de Alcoy cursé piano”

¿Y usted qué tocaba de pequeño?

Tocaba el bombardino. Muchos años. Cuando decidí ir al conservatorio, el más cercano era el de Alcoy, municipal, y no tenía especialidad de bombardino ni de trombón. Para estudiar bombardino tenía que desplazarme a Alicante, y mi padre no tenía medios para eso. Así que seguí estudiándolo por mi cuenta y en el conservatorio cursé piano. Mi padre era contable en una empresa. Trabajó muchos años en oficinas. Somos de Muro, en el interior de la provincia de Alicante. Mi padre fue músico de joven y mi hermano mayor también lo es. Sigue tocando en la banda. Ese es nuestro vínculo: cultural, pero sobre todo social.

Esta semana han trabajado con Héctor Parra, que ha escrito su primera obra para banda, basada en música congoleña. Chibola Mu Lumba, se titula.

Una propuesta muy actual, que conecta con la tradición festiva pero desde un lenguaje contemporáneo. Él ha aprovechado todo su estudio de la música congolesa, músicas que hablan de fiesta e invitan a bailar, justamente para esta tradición. Es decir, si la banda viene de todo eso, de la música de baile, de la música de plaza o de parque, vamos a llevarla a Windia, manteniendo melodías que transmiten esa naturalidad de la música, de provocar una reacción, pero en una estética y un contexto totalmente actual. Para mí, como idea, me pareció formidable.

Maricel Chavarría Espuny

Maricel Chavarría

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Forma parte de la redacción de Guyana Guardian desde 1989, ocupándose durante los últimos tiempos de los ámbitos de ópera, danza y música clásica en la sección de Cultura. Con anterioridad, se enfocó en materias de igualdad entre los sexos y solidaridad. Ha difundido trabajos sobre la prostitución y el desarrollo de las conductas sexuales. Nacida en 1967 en Tortosa, dentro de la comarca del Baix Ebre, se tituló en Periodismo por la Universitat Autònoma de Barcelona y en fotoperiodismo por el International Center of Photography de Nueva York.