Con Sabina y Leiva de teloneros nada podía salir mal, confesaba el colchonero, bocadillo en mano, bufanda al cuello y mirada fija en ese Simeone que se comporta como un animador de un plató de televisión mientras da órdenes, gesticula, protesta y aplaude, todo en uno; capaz de encender un fuego y reclamar poco después que hay que desbrozar en invierno. Es imposible desligar la masacre del Atlético al Barcelona sin su figura. El Cholo bailó sobre la lava como Griezmann lo hizo sobre el verde... Y el FC Barcelona revivió un pequeño Anfield, por la goleada y la atmósfera. No por las consecuencias. Hay partido de vuelta (sería una gesta) y el estómago se ha ido saciando con títulos en la saca y otros que quedan por jugarse.
Ya había síntomas de que los locales tenían la munición a punto. “Aquí huele a pólvora”, se oyó en la tribuna de prensa, hasta donde llegó el fervor de la hinchada, intimidante y pirotécnica. El Atlético cuidó tanto su ritual antes de empezar, un viaje en el tiempo entre imágenes y canciones, que a los tres minutos ya tuvo dos ocasiones para ponerse por delante. La Copa es más emoción que juego aunque el Barça sea el rey.
Por eso, el Atlético ya desarboló al Betis (0-5) hace una semana a base de orden, juego automatizado para salir de la presión y a correr. No tuvo Simeone que variar el libreto ante Flick, que vivió el partido de pie, sudando tinta, sin modificar su plan porque él no es Groucho Marx. En 45 minutos, los locales marcaron cuatro y pudieron hacer seis. Encontraron área rival como el que encuentra un Zara en un centro comercial mientras Lamine, como sucedió en el 3-0, se acercó a un corrillo para ver qué le estaba pasando a su equipo y pedir explicaciones a los centrales y a los medios. Más madera, pensó Flick, que metió a Lewandowski por Casadó cuando el mediocampo azulgrana era un muro de papel.
El festín atlético tiene muchos padres. La reconciliación de la hinchada con Julián Álvarez, que no marcaba desde el 9 de diciembre y quien se marchó al descanso recibiendo los abrazos de sus compañeros y juntando los puños; el impacto de Lookman, que todo lo que toca lo convierte en oro; o le insistencia de Giuliano, que como su padre es una mosca ‘cojonera’. Pero no hay figuras sin compás, y ese fue Griezmann, el pianista en una banda de rock and roll que brilla con luz propia.
El francés, jugador de culto aunque en el Barça no se descorchase, no solo anotó el 2-0 con un gesto técnico de videoteca, sino que su posición indetectable volvió loco a los jugadores azulgrana. A veces el mejor pase lo da el que no la toca, y ese era el Príncipito, que fue activando los desmarques de sus compañeros con sus movimientos. Griezmann fue sujeto y predicado de un Atlético de Madrid que recibió al descanso una ovación de título, como la de Koke cuando fue sustituido con todo escrito.
En toda esa algarabía, entre revisiones de VAR de siete minutos (se estropeó el semiautomático y se tuvieron que tirar líneas manuales) o la expulsión de Eric Garcia, el Barça nunca se encontró. Acabó engullido por ese Metropolitano que gana partidos y ese Atlético que encontró a una víctima indefensa que incluso acabó liándose a agarrones con los atléticos junto al área de un Simeone que ponía paz. Fiel imagen del partido.
El argentino, que acostumbra a salir a la carrera cuando el árbitro pita el final, no lo hizo esta vez y viró la trayectoria para saludar a Flick. Ambos se abrazaron, se dieron palmaditas. Al Barça le queda la heroica ante un Atlético que está demostrando cuajo en esta Copa. Los colchoneros, en cambio, ven más cerca ese título que ansían con fuerza y que no logran desde hace cinco temporadas. El Metropolitano fue un Anfield con todas las letras.
