El agua, fría, y el derbi, caldeado

Por la escuadra

La humanidad evoluciona, el progreso avanza y los chicos con las chicas tienen que estar, como cantaban Los Bravos, grupo maldito cuyo Black is black perdura. El fútbol también, y, si no, que se lo recuerden a Enrique Collar, leyenda colchonera que nos ha dejado esta semana a los 91 años. Jugaba de extremo, fue capitán del Atlético de Madrid diez temporadas y allá por 1964 sufrió una entrada del zaragocista Cortizo. Fractura de tibia y peroné. El Comité de Competición sancionó al lateral maño con 24 partidos, un récord que sigue vigente. Las crónicas periodísticas hablaron de “patadas a granel entre blanquirrojos y blancos”. Nada excepcional...

Por fin, el derbi barcelonés se presenta igualado. Y caldeado. He aquí lo fascinante y contradictorio de este RCD Espanyol-FC Barcelona: ¿cómo graduar las pasiones de un partido intrínsecamente pasional y belicoso? Como sucede con las placas teutónicas, ¿provocará su movimiento la magnitud de un seísmo menor o tendremos terremoto?

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¿Cómo graduar las pasiones de un partido intrínsecamente pasional y belicoso?

Cuando a Mao Zedong, el padre de la República Popular China, le recordaron los excesos sangrientos, soltó una frase rotunda: “La revolución no es una ceremonia del té”. El ambiente está caldeado, y uno se pregunta qué hay de malo si eso excluye lanzar objetos al campo. El fútbol se ha transformado en el siglo XXI, pero vive aún de los valores fundacionales del siglo XX. Es decir: un ámbito irracional y beligerante que permitía a las masas desahogarse de una forma controlada. En las tribunas de los estadios, gente educada se levantaba del asiento y soltaba unos insultos y tacos que de pronunciarlos un hijo en casa le hubiesen reportado una reprimenda monumental. Y sobre el césped, unos futbolistas que le hubiesen clavado los tacos a su mismísimo progenitor, instruidos por entrenadores que no daban ni agua al rival.

Gracias a la televisión, por partida doble, la violencia ha sido desterrada y el fútbol se está transformando en una forma de entertainment, al modo norteamericano, cosa que exige, con cierta hipocresía, guardar las formas, rozando incluso la censura en las retransmisiones. El fútbol se presenta como esos solomillos fileteados en bandeja de los supermercados, que hacen olvidar el resto: correspondían a un animal sacrificado en el matadero. Por un lado, los clubs, los protagonistas y los medios insisten en la corrección, y, por otro, muchos aficionados se preguntan hasta dónde se puede, por ejemplo, insultar. O incluso si es admisible insultar.

Aficionados del Espanyol, en el estadio de Cornellà, al cierre de la temporada pasada

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Mané Espinosa

Que gane el mejor. En cuanto a Joan Garcia, su gran día. Intuyo que es de los futbolistas que se crecen con el castigo, los primeros en comprender que no le esperan piropos...

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