Konrad Adenauer, el testarudo canciller que llevó al éxito a la Alemania Occidental
Guerra fría
Hace 150 años nacía el hombre que iba a dirigir con resolución el futuro político de la RFA, ayudado por el Plan Marshall, la quita de una parte de la deuda y la batuta económica de Ludwig Erhard

Konrad Adenauer
Konrad Adenauer pasará a la historia como el padre del milagro alemán, pero la realidad es que, más que padre, debería ser considerado abuelo. Accedió a la Cancillería con 73 años, una edad más propia de la jubilación que de emprender aventuras políticas, y la abandonó con 87, lo que le valió entre los suyos el popular y cariñoso sobrenombre de Der Alte, “el Viejo”.
La etapa que le tocó vivir no podía ser ni más complicada ni más difícil para liderar un país destruido tras la derrota en la Segunda Guerra Mundial. De la conflagración emergió una Alemania con una gran parte de las familias despedazadas, la economía deshecha, la estructura del Estado inexistente e incluso el territorio dividido y entregado a la administración de cuatro naciones extranjeras.
Pero no todo en Alemania estaba perdido: hacía falta un genio capaz de encarar el drama con éxito, y la perspectiva de los años transcurridos confirma que, efectivamente, Konrad Adenauer fue la persona más adecuada en aquel momento.
Carrera truncada
Konrad Adenauer nació la víspera del día de Reyes de 1876 a orillas del Rin, en la ciudad católica de Colonia. Fue en el seno de una familia modesta, de la que heredó, además de la militancia religiosa, que nunca abandonaría, algunas cualidades y defectos que iban a proporcionarle frecuentes críticas, como su autoritarismo y el hieratismo que le caracterizaba. Estudió Derecho en la Universidad de Friburgo, se afilió al partido Zentrum, de inspiración cristiana, y en 1917 fue nombrado alcalde de su ciudad.
Ejerció el cargo en los años dramáticos de la Gran Guerra y el Tratado de Versalles, tan humillante para Alemania. Su propensión a promover proyectos de apariencia inviable dio lugar a obras importantes para la ciudad. La más brillante, la autopista que unió Colonia y Bonn, la primera en Alemania. También compatibilizó el cargo con otros en el Consejo de Estado de Prusia. Su carrera en la administración municipal se interrumpió cuando los nazis llegaron al poder.

En 1934 Hitler visitó Colonia. El alcalde prohibió que las calles se engalanaran con esvásticas y, en una recepción, se negó a estrecharle la mano al Führer. Unos días más tarde fue destituido. Inició un calvario de vida en clandestinidad, en un monasterio benedictino, y varias detenciones de la Gestapo, que le mantuvieron preso algún tiempo. Los nazis le cerraron todas las puertas. No solo políticas; también profesionales, como la de la abogacía.
La era de la vergüenza
Adenauer pasó atormentado los años del nazismo, no tanto por su situación personal como por lo que estaba viendo a su alrededor: le horrorizaba la exaltación de la raza aria, la persecución de los judíos, las ambiciones de expansión territorial, la falta de libertades y, más en secreto, la pasividad y hasta la simpatía con que todo esto era contemplado por una buena parte de la sociedad. “Muchas veces me he avergonzado durante aquella época de ser alemán, avergonzado en lo más profundo de mi corazón”, confesó.
La persecución se incrementó en 1944, en los días finales de la guerra, cuando Hitler fue objeto de un atentado del que salió con apenas unas heridas. La Gestapo practicó detenciones masivas, y entre los arrestados figuró Konrad Adenauer, a quien acusó de complicidad en la conspiración. Fue internado en el campo de Buchenwald. Aunque la derrota de Alemania ya se vislumbraba, los nazis todavía resistieron casi un año, hasta el suicidio de Hitler en mayo de 1945. Una semana más tarde, los últimos resistentes capitularon.
Choque con Londres
Así terminaban los problemas más graves, con muchos millones de víctimas y un país desmembrado en cuatro partes, cada una bajo control de uno de los vencedores: Gran Bretaña, la Unión Soviética, Estados Unidos y Francia. Lo que podría denominarse gobierno alemán era el Consejo Aliado de Intervención. Los norteamericanos repusieron en la alcaldía de Colonia a Adenauer, aunque por poco tiempo. Colonia estaba en el sector noroeste, bajo control británico, y, a pesar de su flema, los dirigentes militares enviados por Londres chocaron enseguida con las críticas y exigencias del alcalde.
Adenauer no estaba de acuerdo con la administración militar, y se impacientaba ante la lentitud británica en las tareas de recuperación. Fue destituido cuando apenas llevaba semanas en el puesto. Esta decisión fue atribuida a una orden de Harold MacMillan, quien años después sería primer ministro británico. Adenauer tenía 70 años, pero la edad no le arredró.
Zentrum había desaparecido, pero sus ideas seguían vivas en la mente del político alemán, que se implicó en su recuperación, aunque con otro nombre y con sus planteamientos adaptados a la nueva situación en que se encontraba el país. Adenauer concibió un partido al que se denominó Unión Demócrata Cristiana (CDU). Sin ser confesional, debía aglutinar a católicos y protestantes, y entre sus objetivos figuraría el de renunciar al revanchismo que muchos compatriotas defendían. Fue su primer presidente. El deseo del nuevo líder era abrir el partido a todas las clases sociales y priorizar la reconciliación entre los alemanes.
Adenauer empezó a demostrar su claridad de intenciones y su talento jurídico y político en la presidencia del Consejo Parlamentario, creado para diseñar las estructuras del futuro Estado y las bases de su Constitución.

Su ilusión era que Alemania recuperase su soberanía, aunque fuese de forma limitada, dada la presencia de ocupantes extranjeros. Las tres potencias occidentales daban muestras de querer concluir esa etapa, pero la Unión Soviética se atrincheró en la parte oriental y, en 1948, alentó la creación de un estado, la República Democrática Alemana (RDA), bajo un régimen comunista. El resto del territorio se convirtió en la República Federal de Alemania (RFA), constituida sobre bases democráticas y el respeto a las libertades, y se estableció su capital en Bonn. En 1949, Konrad Adenauer era elegido canciller, jefe del gobierno.
Tomar las riendas
En las elecciones al Parlamento compitieron nueve partidos, y los democratacristianos tuvieron que pactar con los liberales. Aun así, el canciller fue elegido por un solo voto de diferencia sobre su oponente socialdemócrata. Asumió el cargo en cierto ambiente de precariedad. Uno de sus primeros propósitos fue reconciliarse con los judíos, el pueblo que había sufrido tanto bajo el nazismo.
Adenauer emprendió enseguida una eficaz estrategia diplomática encaminada a vencer la desconfianza que Alemania despertaba en la comunidad internacional y a recuperar la amistad con los vecinos agredidos por Hitler.
Para garantizar el cumplimiento de sus planes, año y medio después de su nombramiento asumió personalmente la cartera de Asuntos Exteriores, que desempeñó durante cuatro años. A lo largo de ese período, sus objetivos se fueron alcanzando con rapidez. Hubo varios hitos importantes, aunque quizá ninguno tan significativo como la aproximación a Francia, el eterno enemigo. En los cien años previos, Alemania y Francia se había enfrentado en tres ocasiones, tres guerras que habían llevado a acumular un gran odio entre sus pueblos.
En busca de un milagro
La economía que heredó Adenauer estaba bajo mínimos. La industria se hallaba astillada, el marco, hundido y la sensibilidad social, por los suelos. Fue entonces cuando despegó lo que se conocería como “milagro alemán”, atribuible casi a partes iguales al ministro de Economía, Ludwig Erhard.
En 1953, tras varios meses de reuniones en Londres, los representantes de los países acreedores de la gigantesca deuda contraída en los períodos de entreguerras y posguerra, evaluada en 22.600 millones de marcos, acordaron aplicar una quita del 62,6%.

Gracias a esta decisión, a la que se sumaron, junto a las grandes potencias vencedoras, economías tan modestas como la de Grecia o la de España, Alemania Occidental experimentó un fuerte estímulo a su desarrollo. Se revalorizó el marco, y el país se situó en el carril óptimo para erigirse en una potencia económica. La condonación de la mayor parte de la deuda abrió también las puertas a que la RFA se incorporase a los organismos económicos internacionales, como el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial (ambos en 1952).
Consolidar la paz
Pero, pese a tantos logros, en los que se incluía la inquietud por un reparto más equilibrado entre los beneficios de las empresas y los salarios de los trabajadores, la mayor preocupación de Adenauer era la paz duradera. El canciller conocía las suspicacias que seguía despertando el crecimiento alemán, su incorporación al Consejo de Europa (1951) y a la OTAN (1955) y su incipiente rearme.
Ya había comenzado la guerra fría, y Alemania estaba en el medio. Adenauer tenía sobre la mesa, además, la reclamación permanente de la reunificación del país. En 1955, ya con la RDA convertida en una potencia económica, viajó a Moscú y presentó a las autoridades comunistas una propuesta para la reunificación. Sugirió que el asunto se resolviese a través de elecciones libres en ambos lados, pero los soviéticos lo descartaron.
Adenauer asumió que la consecución de la paz estaba vinculada a la economía, y solo podría lograrse en una Europa unida siguiendo el modelo norteamericano. Suya fue la expresión “Estados Unidos de Europa”.
La idea de encontrar fórmulas de entendimiento a largo plazo, incluso de unidad, entre unos países que habían vivido a menudo de espaldas comenzaba a germinar entre políticos e intelectuales. En el proyecto se estaban implicando los franceses Robert Schuman y Jean Monnet, los italianos Alcide de Gasperi y Altiero Spinelli y el belga Paul Henri Spaak, entre otros. Adenauer no dudó en incorporarse al grupo.

El 9 de mayo de 1950 iba a figurar como una jornada histórica para Europa. La llamada Declaración Schuman inauguraba la Comisión Europea del Carbón y el Acero, la CECA, que, con el paso de los años, se convertiría en el Mercado Común Europeo y luego en la Unión Europea. Nacía con seis miembros: Francia, Italia, Bélgica, Holanda, Luxemburgo y la República Federal de Alemania.
Las frustraciones
Adenauer, reelegido tres veces más, en 1953, 1957 y 1961, tuvo tiempo para comprobar la evolución de Alemania en todos los campos. Sin embargo, mantenía dos frustraciones: una, que nunca llegaría a ver satisfecha, la reunificación; y la otra, la reconciliación definitiva con Francia, cuyo gobierno y cuyo pueblo seguían albergando temores ante el crecimiento alemán.
Las diferentes administraciones que se sucedieron en EE. UU. Privilegiaban la amistad alemana, un país fundamental para la contención del expansionismo comunista. Las ayudas iniciadas con el Plan Marshall en 1947 fueron una constante bajo los gobiernos de Adenauer, que consideraban un modelo a imitar por otros países de la OTAN. No obstante, la presencia del orgulloso general Charles de Gaulle en la jefatura del estado francés dificultaba la reconciliación definitiva con París.
Todavía se escuchaba en las conversaciones privadas de muchos franceses la famosa ironía de “amo tanto a Alemania que me encanta que haya dos”. La persistencia y la habilidad diplomática de Adenauer pusieron fin, al menos oficialmente, a estos resabios históricos. En 1963, pocos meses antes de abandonar la Cancillería, viajó a Francia para entrevistarse con De Gaulle, y el 22 de enero ambos sellaron con un abrazo en el Elíseo el Tratado de Amistad que daba por liquidados tantos años de enfrentamientos.

Enemigo en casa
El último mandato de Adenauer, que comenzó el noviembre de 1961, después de ganar las elecciones sin mayoría absoluta, se convirtió en un calvario para su orgullo. Se vio enfrentado a algunos problemas internos. Las críticas a su autoritarismo arreciaron, junto con acusaciones de estar entregado a los intereses occidentales. De forma malhumorada, a finales de 1963, a mitad de la legislatura, dimitió, pero no sin antes maniobrar en el seno de la CDU para que le sucediese el que había sido su hombre de confianza al frente de la economía: Ludwig Erhard.
Adenauer tenía 87 años, mantenía plena lucidez, que conservó hasta el final de sus días, y no abandonó la política: se mantuvo al frente del partido y dedicó los últimos años a escribir sus memorias. El gran representante del “milagro alemán” murió de un infarto el 19 de abril de 1967, a los 91 años, en Rhöndorf, muy cerca de su Colonia natal.
Este texto forma parte de un artículo publicado en el número 570 de la revista Historia y Vida. ¿Tienes algo que aportar? Escríbenos a [email protected]



