Narcís Bardalet,médico forense y pediatra:

“La muerte de un joven es un naufragio; la de un viejo, llegar a puerto”

Tengo 72 años. Crecí en Sils i Celrà (Girona) y vivo en Figueres. Casado, tengo dos hijos y tres nietos. La política y la religión han sido las causas de más mortalidad en la historia de la humanidad. Ambas enfrentan a los hombres, los dividen y los hacen pelear. Por lo tanto, no son buenas. Creo en un ser supremo. (Foto: Pere Duran / NORD MEDIA)

Su primer destino como forense: Euskadi, 1979.

Sí, Estella, Navarra, con 28 años, en la época del plomo. ¡Ahh! Complicado. Estuve tres años.

¿Miedo?

He visto bombas y he visto las secuelas de las bombas y los tiros. Lo primero fue asistir a un curso de autoprotección: no hacer cada día el mismo recorrido, cambiar de vehículo. Da miedo, sí. Pero comí de maravilla.

¿Cuántos homicidios ha atendido?

Unos 500 en Girona. Pero hay dos muertos que no me abandonan: María Teresa Mestre, descuartizada por un conocido de sus hijos en Cambrils, y un joven asesinado por unos padres desesperados. Ese caso me afectó.

¿Por qué?

El chico tenía autismo; de pequeño mordía, pero de mayor agredía a sus padres: golpes, botellazos. Acabaron dándole somníferos, le cortaron las venas… y luego se suicidaron.

¿Cuál es su reflexión?

El padre, un holandés jubilado en Girona, pidió ayuda a todas las instituciones. La administración no les hizo ningún caso. Los padres dejaron una nota explicándolo todo. Ese matrimonio estaba totalmente acorralado y los habían dejado solos. Eso pasa demasiado a menudo.

¿Algún otro caso?

El tipo que descuartizó a su novia. La encontramos a trocitos en la nevera.

¿Por qué le impactó en concreto este caso?

Porque saqué de la nevera una cabeza, los brazos retorcidos y las piernas dobladas.

¿Qué le han enseñado los muertos?

Una: que la vida es complicadísima. Dos: que mueres como viviste. Y tres: que morirse es facilísimo. Prueba de ello es que, sin hacer nada, nos morimos.

Ve usted 75 suicidios al año de promedio.

El suicidio es un fracaso. Pero hay casos en los que lo entiendo. Una anciana sola, sin ascensor, olvidada por sus hijos... Se tiró por el balcón. No lo justifico, pero la comprendo.

Dicen que los forenses no se suicidan.

Curioso, ¿verdad? Vemos tanta muerte que nos aferramos a la vida. En cambio, el índice entre médicos es alto.

¿Ha realizado muchos informes periciales de psicópatas?

Sí, y algunas veces he sentido pena, como en el caso del periodista con esquizofrenia paranoide que mató a su padre a cuchilladas en un brote y ahora tiene que vivir con ello. Otras veces he sentido rechazo, con perversos sexuales que violan a niñas.

¿Qué le ha enseñado tratar con este tipo de personas?

A ser más humano, a reflexionar sobre mi suerte de tener salud física y mental, un don. Estar vivos es una suerte. Recuerde a los jóvenes que murieron en la estación de esquí de Suiza haciendo un brindis por el nuevo año, a los muertos en el descarrilamiento.

La vida te cambia en un segundo.

Estuve en Tailandia, identificando cadáveres tras el tsunami. Aquello era una destrucción total: 5.000 muertos apelotonados. Vi más muertos que vivos.

Ha embalsamado a Dalí.

Sí, y se cumplió mi fantasía: que quedara bien expuesto al mundo. Lo conocí vivo y muerto. Años después exhumamos su cuerpo por una demanda de paternidad falsa y pude comprobar con satisfacción que su bigote seguía marcando las 10 y 10.

¿Lo apreció en vida?

Sí, era un genio. Me regaló una hoja de papel con su firma, ese era su dinero, pagaba en los restaurantes firmando en servilletas. Era hipocondriaco y hacía juegos de palabras con vocabulario médico, le encantaba “ácido desoxirribonucleico” y no paraba de usarla.

Lo evaluó como perito judicial.

Sí, para valorar su estado mental cuando se incendió durmiendo con un puro mal apagado. De loco no tenía nada.

También exhumó al general Prim.

Fue herido en un atentado y murió días después. Pero años más tarde lo exhumamos, surgió la duda de si había sido estrangulado. Con la resonancia quedó claro que no.

¿Ha llorado en su trabajo?

Una vez, en que un niño presenció cómo sus padres se ahogaban en la Costa Brava. Ni lloraba: estaba colapsado. Miraba a los tricornios con miedo. Yo, en vez de fijarme en los muertos, solo podía mirar al niño.

¿Cuál es su caso más surrealista?

Un niño tragado por la arena en la playa. Desapareció de repente mientras jugaba y lo encontraron tres años después en el mismo sitio, a dos metros de profundidad, sentado con su bañador azul. Fue un fenómeno ligado a las aguas freáticas y las lluvias.

¿Qué es la vida?

Como decía Benedetti, venimos de la nada y vamos hacia la nada. La vida es un instante de tiempo minúsculo entre el nacimiento y la muerte. Hay que conservarla y vivirla lo mejor que sabes, y resulta complicado porque nos la complicamos.

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