
La Antártida en els Encants
OPINIóN
La reciente desaparición de la científica Josefina Castellví ha generado más interés mediático porque su legado fotográfico terminara en els Encants que por la admirable vida que desarrolló la bióloga barcelonesa. Según ha explicado Antonio Cerrillo en las páginas de este diario, la vivienda de la oceanógrafa acabó como acaban la mayoría de inmuebles cuando sus propietarios mueren o ingresan en una residencia: se guardan cuatro cosas de interés, se vende lo que se puede y se busca alguna empresa que vacíe el piso, a poder ser gratis.
Se nos agota una generación de la que Josefina Castellví fue una vívida excepción por licenciarse en medicina en los años 50 siendo mujer, cuando la norma femenina era trabajar y entregar el sueldo en casa hasta casarse y, después, seguir trabajando en casa. Eran mujeres que si hacían vacaciones era para ir al pueblo del que emigraron ellas o sus esposos y, si viajaban, era para ir a Mallorca, cosa que era más que ir a Tailandia hoy en día. Eso sí, todas quisieron tener una vitrina, más grande o más pequeña. Con puertas y estantes de vidrio para poder lucir su colección particular hecha de recuerdos propios y de viajes ajenos, cucharillas brillantes, cestitos de porcelana que habían contenido peladillas de bautizos y, en el centro del escenario, la figurita de los novios del pastel de boda acompañada por las copas de cristal de la primera comunión de los niños. Ahora, cuando por Navidad la muestran a nietos y bisnietos, acaban con una resignada duda: “¿qué se hará de todo esto cuando yo ya no esté?”
Podría crearse un museo de la tercera edad, la cuarta juventud o la segunda infancia
Si las diapositivas antárticas de la doctora Castellví han acabado en un mercadillo, poca expectativa tienen las miniaturas de la gente corriente, ya que ciertos valores afectivos son difíciles de transmitir a los herederos y sus allegados. Viendo que, en los últimos años, Barcelona tiene una prodigiosa capacidad para generar debates acerca de los museos, podría crearse uno de la tercera edad, cuarta juventud o segunda infancia. No solo para depositar en él inventarios familiares descartados, entre los que, de buen seguro, hallaríamos maravillas inesperadas. También para fijar una época en la línea del tiempo y, a la vez, rendir un merecido homenaje a las gentes que franquearon la posguerra y nos dejaron un enriquecido país, de momento aún multicolor. Fuera como fuera ese museo, y viendo las tendencias actuales, necesitaría contar con una tienda de regalos—la palabra souvenir es ahora un delito —y un restaurante con muestras de la cambiante gastronomía local.
El reto sería cómo hacerlo atractivo, en primer lugar para los turistas, ya que aquí nos gusta polemizar con las galerías pero las visitas se las dejamos a los de fuera. No hay más que ver que, para explicar historias de esa misma época, ya existe en Sant Adrià de Besós el más que ampliable Museu d’Història de la Immigració de Catalunya y muchos ni nos hemos enterado.

