Guillermo López, catedrático de la Universidad Pablo de Olavide, sobre los mecanismos contra la procrastinación: “El cerebro asume un daño menor antes de afrontar una situación dolorosa”
Alarma encendida
El docente detalló distintas formas en las que el cerebro se pone en alerta ante el entorno
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Hay diferentes formas de procrastinar
PsicoDex, el servicio de Psiquiatría y Psicología del Hospital Universitario Dexeus, define el acto de procrastinar como “posponer deliberadamente tareas importantes pendientes, a pesar de tener la oportunidad de llevarlas a cabo”, ya que se tiene el tiempo y la ocasión. Puede afectar a distintas acciones, como por ejemplo terminar un trabajo pendiente, conductas como el dejar de fumar o hacer ejercicio, o la toma de decisiones. Aunque los afectados son conscientes de las consecuencias de sus actos, también comportan un “elevado coste interno”.
Un estudio realizado en distintas universidades suecas constató, mediante una muestra de 3.500 estudiantes, que la procrastinación afectó a su salud mental y física de forma significativa, nueve meses después. Este autosabotaje puede deberse a distintos factores, pero uno de los más estudiados es como sistema de alarma del cerebro. Una cuestión que relatado al detalle Guillermo López, catedrático de Biología Celular en la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla, mediante un artículo publicado en The Conversation.

“Las neuronas del cerebro pueden hacernos creer cosas que no existen, se anticipan a nuestras decisiones, se activan selectivamente frente a estímulos visuales e interaccionan entre sí para guardar la información que conforma nuestra memoria”, explicaba, basándose en la bibliografía de Rodrigo Quian, actualmente de la Institución Catalana de Investigación y Estudios Avanzados (ICREA). Y es que nuestro cerebro responde de distintas formas a situaciones incómodas, a menudo generándonos perjuicios con los que no sabemos luchar.
“Cuando estamos nerviosos puede que nos sorprendamos mordiéndonos las uñas, retorciendo nuestros dedos, arañándonos esa pequeña pústula o incluso dándonos pequeños golpes con un bolígrafo o con algo más pesado. Incluso cuando tenemos que afrontar un trabajo complejo y en el que nos jugamos mucho puede que nos dé por ir aplazándolo casi hasta que no hay tiempo material para hacerlo”, contaba. El psicólogo clínico Charlie Heriot-Maitland “explora cómo el cerebro utiliza pequeños daños como dosis protectora para prevenir daños mayores”.

Miedos exagerados
“La procrastinación, o eso de dejar el informe, el proyecto o la decisión esencial para el último momento, se podría ver como una defensa frente al fracaso o el rechazo y la depresión consecuente. Por el contrario, el perfeccionismo utiliza mecanismos diferentes. El perfeccionismo requiere de hiperconcentración y atención al detalle. De esta manera intentamos aseguramos de no cometer errores y evitar el fracaso, pero exponiéndonos al riesgo del estrés y de agotamiento. Y eso también puede desembocar en un estrepitoso fracaso”, desgranaba.
López añadió que esto se reducía a una cuestión de supervivencia: “Nuestro sistema de alerta o amenaza dispara procesos neuronales que tienden a valorar diferentes situaciones que predigan lo que va a ocurrir y que solventen la amenaza. Neurotransmisores como la noradrenalina, la dopamina o el glutamato estimulan los sentidos y la actividad neuronal para responder a la amenaza y asegurar la supervivencia. El mayor problema de comportamientos de autosabotaje es que, a menudo, se convierten en profecías autocumplidas”.

