Bienestar

Elvira Perejón, neuroeducadora, sobre la crianza: “Tu reacción ante una rabieta enseña a tu hijo a manejar sus emociones”

EMOCIONES

Aprender a regularnos como adultos es la clave para ayudar a los niños a gestionar su enfado y frustración

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Elvira Perejón, neuroeducadora, sobre la crianza: “Tu reacción ante una rabieta enseña a tu hijo a manejar sus emociones”

Elvira Perejón, neuroeducadora, sobre la crianza: “Tu reacción ante una rabieta enseña a tu hijo a manejar sus emociones”

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Gestionar las emociones propias mientras acompañamos las de un niño es una de las tareas más difíciles de la crianza. Es normal sentirse desbordado, perder la paciencia o cometer errores; la vida con hijos no viene con manual de instrucciones. Cada día es un aprendizaje constante, y cada mal momento no define quiénes somos ni cómo educamos.

Ser consciente de ello permite que los adultos se acerquen a sus hijos con compasión y paciencia. La crianza no requiere perfección. Lo importante es la intención: entender que los momentos de conflicto son oportunidades para enseñar a gestionar emociones y fortalecer vínculos.

Cuando perder el control también enseña

En este sentido, la neuroeducadora Elvira Perejón recuerda que perder la paciencia con los hijos es algo que le ocurre a todos los padres y madres en algún momento: “Eres un ser humano, con emociones, que a veces se desborda, comete errores y sigue aprendiendo en el camino. Un mal momento no te define a ti ni a tu crianza”. Su mensaje busca quitar la culpa inmediata que muchos sienten tras un berrinche o un arrebato infantil, ya que equivocarse es parte del proceso.

Sin embargo, lo que sí tiene un efecto duradero es la manera en que los adultos responden a esos momentos de tensión. “La forma en la que reaccionas ante una rabieta tiene un impacto directo en el cerebro de tu peque”, explica Perejón. Cuando un niño entra en un arrebato, su sistema nervioso se activa como una alarma y, en ese instante, no puede calmarse solo. La manera en que el adulto maneja la situación puede amplificar su estrés o, por el contrario, enseñarle a regularlo.

“La forma en la que reaccionas ante una rabieta tiene un impacto directo en el cerebro de tu peque”
“La forma en la que reaccionas ante una rabieta tiene un impacto directo en el cerebro de tu peque”Getty Images

“La clave no es controlar al niño, sino aprender a regularte tú primero”, añade la especialista. Según Perejón, la crianza efectiva depende en un 80% de la regulación emocional del adulto y en un 20% de la estrategia que se aplique. Si los padres mantienen la calma y gestionan sus emociones, los niños aprenden a hacer lo mismo. 

“Los niños aprenden más de lo que ven que de lo que les decimos”, subraya, recordando que cada reacción adulta funciona como un modelo para su aprendizaje emocional.

Cómo afectan los gritos al cerebro del niño

Gritar a un niño durante una rabieta activa su sistema nervioso como si se encendiera una alarma. En ese estado, el cerebro todavía no está preparado para regular las emociones, y el niño, según la neuroeducadora, puede reaccionar de tres maneras:

  • Huida: se retrae, deja de escuchar y se aísla.
  • Lucha: responde con desafío, gritos o resistencia.
  • Bloqueo: se paraliza y su cerebro racional se desconecta, incapaz de procesar lo que sucede.
Elvira Perejón, neuroeducadora, sobre la crianza: “Tu reacción ante una rabieta enseña a tu hijo a manejar sus emociones”
Elvira Perejón, neuroeducadora, sobre la crianza: “Tu reacción ante una rabieta enseña a tu hijo a manejar sus emociones”cedidas

Elvira Perejón ilustra la situación con un ejemplo cotidiano: “Imaginemos que el niño dice: ‘¡No me quiero bañar, estoy cansado!’. Si los padres responden: ‘¡Que te he dicho que vengas ya!’, la reacción del niño puede ser: ‘¡No voy a ir! ¡Odio bañarme y te odio a ti!’”. Este tipo de interacción muestra que los gritos no solucionan el conflicto; al contrario, aumentan la alarma en el niño, dificultan la comunicación y refuerzan la frustración.

Contagiar calma, no conflicto

La especialista propone otra estrategia: modelar la calma que queremos que el niño aprenda. Hablar con voz firme pero serena, usar la conexión antes que la corrección y, si es necesario, hacer una pausa antes de reaccionar. Por ejemplo, ante un berrinche como: “¡No me quiero bañar, estoy cansado!”, la respuesta más efectiva sería: “Yo también estoy cansada, vamos a hacerlo juntos”.

Responder con tranquilidad permite que el niño regule su sistema nervioso, sienta que sus emociones son entendidas y experimente seguridad. “Un berrinche, pataleta o rabieta es un signo de sistema nervioso alterado, no un ataque hacia ti”, recuerda. Esta perspectiva ayuda a los adultos a no tomar la situación de manera personal y a enfocarse en enseñar habilidades de regulación emocional en lugar de imponer órdenes o castigos.

En resumen, cada rabieta, cada momento de enfado, ofrece una oportunidad para crecer juntos. Los adultos también aprenden a medida que acompañan a los niños, desarrollando paciencia, empatía y conciencia emocional. Los errores dejan de ser fracasos y se convierten en lecciones que fortalecen el vínculo, generan seguridad y muestran que, incluso en medio del conflicto, la calma y la conexión son posibles.