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Ni la acústica ni la intensidad: el factor mental decisivo para disfrutar de un concierto te entra por los ojos

Lo dice la ciencia

Un recital se transforma en experiencia sensorial cuando el espacio es tan cuidado como la música

Imagen de una jornada de puertas abiertas en el Palau de la Música Catalana

Imagen de una jornada de puertas abiertas en el Palau de la Música Catalana

MARIO WURZBURGER PALAU DE LA MÚSICA CATALANA / Europa Press

Asistir a un concierto en un auditorio no es simplemente llegar a la sala y sentarse. Es toda una liturgia, un ritual que prepara todos nuestros sentidos para lo que está por venir. Desde el momento en el que uno entra a un teatro, siente la anticipación en el aire: un murmullo contenido, el aroma de la madera y las alfombras, el brillo tenue de la iluminación que guía tus pasos. 

El instante previo a que suene la primera nota está bañado por un silencio expectante, casi reverente, en el que todos los presentes contienen la respiración y se conectan con la música antes incluso de que comience. Mientras nos sumergimos en ese ritual, pocos audiófilos reparan en un factor sorprendentemente decisivo: los colores del teatro.

Vista general del Gran Teatre del Liceu, donse se pueden apreciar llas luces y colores 
Vista general del Gran Teatre del Liceu, donse se pueden apreciar llas luces y colores Club Vanguardia

La apariencia del recinto puede moldear nuestra interpretación de la música que escuchamos

Más allá de la acústica, la percepción visual de la sala puede moldear la forma en que experimentamos cada nota, cada timbre y cada emoción de la música. Así lo revela un estudio publicado en The Journal of the Acoustical Society of America, que demuestra cómo el color y la saturación de un espacio influyen en nuestra apreciación del sonido y en la intensidad de la experiencia musical.

Stefan Weinzierl, coautor del estudio e investigador en acústica de la Universidad Técnica de Berlín, ha explicado que la percepción de la acústica en una sala es multidimensional. La clave está en cómo percibimos un teatro, más allá de lo que puedan medir los instrumentos acústicos. No se trata solo de la reverberación ni del timbre, esa cualidad única de un sonido que lo diferencia de otro, sino también de cómo se ve el espacio. La apariencia del recinto, sus colores, la intensidad de la luz o incluso el contraste de los tonos pueden moldear nuestra interpretación de la música que escuchamos. Es decir, nuestra experiencia sonora no depende únicamente del sonido físico, sino también de lo que nuestros ojos perciben mientras nos dejamos envolver por la música: “Una sala puede parecer cálida, puede parecer brillante o metálica en el sonido”, afirma en el estudio. 

Davidsen y Hilley, aplaudidos por el público al finalizar la función Tristán e Isolda 
Davidsen y Hilley, aplaudidos por el público al finalizar la función Tristán e Isolda Sergi Panizo / Liceu

Para estudiar cómo los colores y la apariencia de un teatro afectan nuestra percepción del sonido, el equipo de Stefan Weinzierl ideó un experimento con voluntarios. La idea era que estas personas “experimentaran” conciertos en distintos teatros, pero había un problema práctico: sería muy complicado llevar a cada voluntario físicamente a varios teatros diferentes. Para resolverlo, los investigadores transmitieron los conciertos usando cascos de realidad virtual (VR). Cada voluntario vio cuatro recitales: dos de violín y dos de clarinete, en 12 teatros diferentes. Cada teatro virtual tenía combinaciones distintas de color, brillo, tono y saturación, para analizar cómo estos factores visuales influían en la percepción del sonido. Para que la experiencia fuera lo más realista posible, los cascos de VR ajustaban automáticamente el sonido según hacia dónde moviera la cabeza el participante, simulando cómo el sonido cambia naturalmente en un espacio real.

Todo el dinero se gasta en hacer que una sala de conciertos suene bien, y creo que no debe pasarse por alto que la apariencia visual también contribuye en el sonido de la sala

Stefan Weinzierl, musicólogo

Los resultados del estudio concluyeron que existe una correlación clara entre los elementos visuales de la sala y el timbre percibido de la música. Los colores como el azul y el verde parecían sonar más fríos que las otras opciones. Las salas más oscuras también aumentaban con frecuencia cuánto les gustaba la música a los participantes. Al mismo tiempo, no se observaron cambios en el volumen percibido según la coloración, algo que concuerda con investigaciones publicadas en Applied Acoustics, que demostraron que el color no tuvo un efecto apreciable sobre la percepción de volumen o reverberancia (es decir, lo “fuerte” que parecía el sonido), aunque sí influía en la preferencia auditiva y visual de los participantes.

La Filarmónica de Berlin en el Palau de la Música 
La Filarmónica de Berlin en el Palau de la Música Monika Rittershaus

La importancia de las señales visuales

Stefan Weinzierl y los demás coautores del estudio hacen un llamado a los diseñadores de teatros. En concreto, piden que, además de invertir en la acústica, se considere la importancia de otros elementos que influyen en la experiencia completa de un concierto: “Todo el dinero se gasta en hacer que una sala de conciertos suene bien, y creo que no debe pasarse por alto que la apariencia visual también contribuye en el sonido de la sala”, terminó diciendo. 

La forma en que vemos y percibimos el espacio influye en cómo sentimos cada nota, y cuando sonido, color y ambiente se entrelazan en armonía, un simple recital puede transformarse en un momento inolvidable, que permanece en nuestra memoria mucho tiempo después de que la última nota haya sonado.

Christian Jiménez

Christian Jiménez

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Escritor experto en plataformas sociales, tecnología, corrientes virales y el ámbito del espectáculo