El filósofo George Santanaya escribió un epigrama que sigue siendo válido tres cuartos de siglo después: “Los que no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo”. Santanaya nació en Madrid, creció en Boston (enseñó en Harvard) y murió en Roma, en 1952. La ignorancia de la historia es algo que siempre ha preocupado a los sabios. En los últimos años, los historiadores se han dedicado a investigar el grado de conocimiento de los ciudadanos sobre su pasado.
En el Reino Unido, tres de cada cuatro británicos tienen alguna idea sobre la batalla de Waterloo. Los más jóvenes creen que es una canción de Abba, y las personas mayores, que es una estación de tren. En EE.UU., Gallup puso de manifiesto el gran desconocimiento de la historia de los norteamericanos: cada vez menos encuestados eran capaces de asociar a Hitler con Alemania, Napoleón con Francia o Churchill con Inglaterra. No es de extrañar que volvamos a tropezar en las mismas piedras.
Solo desde la ignorancia de la historia se entiende que crezcan los ultras
El catedrático emérito de Historia de la Universidad de Cambridge Peter Burke ha escrito que el mundo vive una especie de amnesia colectiva que puede tener graves consecuencias. A su juicio, en España el recuerdo de la Guerra Civil contribuyó al retorno de la democracia, pues unió a los demócratas más allá de sus ideologías. Y ahora, cuando prácticamente nadie recuerda la guerra, la democracia parece cada vez más frágil.
Sorprende que en Chile haya ganado las elecciones José Antonio Kast, el hijo de un militar afiliado al partido nazi que respaldó al general Pinochet cuando en 1973 dio un golpe de Estado en el que abolió la democracia. Entonces fueron ejecutadas más de tres mil personas y 30.000 chilenos sufrieron torturas y prisión por defender las libertades. Cuando todavía se están investigando los crímenes del dictador, Kast muestra su admiración por él. Y la gente le vota.
La internacional ultra avanza, conquistando países y ganando cuotas de poder. Disponen de dinero, de la protección de los líderes supremos y de la complicidad de los millonarios de las tecnológicas. Pero sin historia no hay paraíso. Su conocimiento es indispensable para no regresar al pasado, en unos tiempos en que los ignorantes amenazan el planeta.
