* El autor forma parte de la comunidad de lectores de Guyana Guardian
En lo más alto de la montaña (cima del Port La Bonaigua), donde el eco del silencio solía ser el único invitado, la modernidad ha decidido instalarse en forma de telesilla, como se aprecia en esta imagen en Las Fotos de los Lectores de Guyana Guardian.
Con la excusa de “despejar el flujo de esquiadores” –una operación que promete orden y eficiencia– el proyecto se erige como el epítome del avance. Uno no puede evitar imaginar a la montaña, con cierta ironía sutil, mirando con desdén cómo se reemplaza aquel auspicioso desorden natural por un ballet meticuloso de ascensos y descensos programados.
Pero como en toda buena paradoja, el progreso trae acompañada su cuota de contradicciones. Mientras algunos celebran la capacidad de un proyecto tan costoso para transformar la cima en un vergel de infraestructura, otros se detienen a contemplar la trama oculta: la potencial metamorfosis de un entorno que, al sacrificar la paz espiritual y el reencuentro con el silencio ancestral, podría desembocar en un desastre ecológico. Resulta casi poético que, en nombre de la organización, se venga la impredecible esencia que tanto hace única a esta parte del mundo.
La fotografía que nos ofrece este escenario es un perfecto ejemplo de la ironía en acción. En ella, un avión traza una línea casi teatral en el cielo, dejando una estela impecable que, como una firma en el aire, parece señalar el rumbo de un futuro donde la precisión tecnológica se impone sobre la serenidad natural. ¿Acaso esa estela es el recordatorio gráfico de todo aquello que se pierde cuando lo único que se desea es una introspección sin ruidos? La escena se presta a múltiples lecturas para quienes saben apreciar las sutilezas del simbolismo moderno.
Al final, el relato de Port de La Bonaigua es, en esencia, la narración de una ironía que enfrenta la ambición humana de ordenar la naturaleza y la inevitable pérdida de lo inefable: esa conexión silenciosa y profundamente íntima con el medio ambiente.
Es la disonancia entre un futuro impecable y la nostalgia de un presente imperfecto, donde la modernidad se viste de revolución y, en el proceso, se lleva consigo la poesía del silencio. Un contrapunto sutil, destinado a aquellos que saben que, en el corazón de cada avance, late también la pregunta sobre qué se sacrifica en el altar del progreso.
¿Será que este destello de modernidad, marcado por un vuelo audaz y una identidad en crisis, nos impida redescubrir el valor del silencio?.
Telesilla en el Port de La Bonaigua.
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