La presencia indispensable del talento femenino en la arquitectura cuántica

La Mirada del Lector

Algunas fueron reconocidas, otras quedaron relegadas a las notas al pie de página, y muchas vieron cómo sus colegas recibían premios Nobel por trabajos que ellas habían impulsado, calculado o incluso descubierto

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Marie Curie (1867-1934). 

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* El autor forma parte de la comunidad de lectores de Guyana Guardian

Durante más de un siglo, la historia de la física cuántica se ha contado como una epopeya protagonizada casi exclusivamente por hombres. Los libros de texto, los documentales y los discursos académicos suelen comenzar con Max Planck, cuya idea revolucionaria sobre los cuantos abrió una grieta en la física clásica. Continúan con Albert Einstein, que cuestionó la naturaleza de la luz y sentó las bases del efecto fotoeléctrico; con Niels Bohr, que imaginó un modelo atómico capaz de explicar la estabilidad de la materia; con Werner Heisenberg, que formuló el principio de incertidumbre; con Erwin Schrödinger, que concibió la ecuación que hoy sostiene la física moderna; con Paul Dirac, que unificó relatividad y mecánica cuántica; con Richard Feynman, que anticipó la computación cuántica; con John Bell, que redefinió la no localidad; y con David Deutsch, que propuso el ordenador cuántico universal. 

Todos ellos, sin duda, transformaron nuestra comprensión del universo. Pero este relato, aunque brillante, es incompleto. Falta la otra mitad: la de las mujeres que hicieron posible, sostuvieron y ampliaron la revolución cuántica. 

Algunas fueron reconocidas, otras quedaron relegadas a notas al pie, y muchas vieron cómo sus colegas recibían premios Nobel por trabajos que ellas habían impulsado, calculado o incluso descubierto. Este artículo busca corregir esa asimetría, porque la ciencia cuántica, como cualquier avance humano, es una obra coral, y en ese coro las voces femeninas han sido decisivas.

Marie Curie es el nombre más reconocido, pero su posición icónica no debe ocultar la discriminación que enfrentó. Aunque su investigación sobre la radiactividad se sitúa en los umbrales de la mecánica cuántica, su comprensión de la estructura atómica fue el cimiento necesario para el desarrollo posterior de la disciplina. Fue la primera persona en ganar dos premios Nobel, un logro sin precedentes, pero su candidatura al segundo fue cuestionada por prejuicios personales que jamás se habrían aplicado a un hombre. Su figura simboliza tanto el genio como la resistencia frente a un sistema académico que no estaba preparado para reconocer la autoridad intelectual de una investigadora. 

Marie Curie es el nombre más reconocido, pero su posición icónica no debe ocultar la discriminación que enfrentó

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Marie Curie (1867 - 1934) con un grupo de estudiantes femeninas.

Getty

Otro caso de vital importancia es el de Mileva Marić, matemática serbia y compañera de estudios de Einstein. Su papel en los años formativos de la teoría de la relatividad y los artículos revolucionarios de 1905 sigue siendo objeto de revisión histórica. Existe un consenso creciente sobre cómo su contribución técnica y matemática fue sistemáticamente minimizada. 

Participó en discusiones, cálculos y revisiones que influyeron en ideas fundamentales, pero su nombre fue omitido de los reconocimientos oficiales. Su historia es un recordatorio de cuántas personas quedaron en la sombra por prejuicios de género que nada tenían que ver con su capacidad intelectual.

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Mileva Maric y Albert Einstein.

Terceros

Lise Meitner, física austro-sueca, representa uno de los casos más flagrantes de injusticia en la ciencia moderna. Ella fue la mente teórica que explicó la fisión nuclear, proporcionando el marco físico para un fenómeno que otros no lograban interpretar. Sin embargo, el premio Nobel de Química de 1944 se otorgó exclusivamente a su colaborador Otto Hahn. 

Meitner, en su condición de científica y exiliada judía, fue invisibilizada en la ceremonia y en la historiografía oficial durante décadas. Su exclusión no fue un error accidental, sino el resultado de un sistema que no concebía a una persona de su género como la autora intelectual de un descubrimiento de tal magnitud. 

La científica austriaca Lise Meitner en su laboratorio en 1927.

La científica austriaca Lise Meitner en su laboratorio en 1927.

Getty Images

Del mismo modo, la física cuántica actual no podría entenderse sin el teorema de Emmy Noether. Esta matemática alemana vinculó las simetrías con las leyes de conservación, una aportación tan profunda que el propio Einstein la describió como el genio matemático más importante desde que comenzó la educación superior para su colectivo. Sin el trabajo de Noether, la formulación matemática de la física moderna sería un rompecabezas incompleto.

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Las teorías matemáticas de Emmy noether abrieron el camino a muchos otros teóricos como Albert Einstein.

Terceros

La física cuántica actual no podría entenderse sin el teorema de la matemática alemana Emmy Noether

Chien-Shiung Wu, la “Primera Dama de la Física”, ejecutó el experimento que demostró que la paridad, la capacidad de un sistema físico de verse y comportarse igual si lo invertimos como en un espejo, no se conserva en las interacciones débiles, un hallazgo que sacudió los cimientos de la física nuclear. 

A pesar de que su labor experimental fue la que validó la teoría, el premio Nobel fue concedido únicamente a sus colegas teóricos Lee y Yang. Wu es el ejemplo claro de cómo la excelencia de las físicas fue tratada como una labor de soporte y no como una autoría líder.

Chien-Shiung Wu (1912-1997).

Chien-Shiung Wu (1912-1997).

Dominio Público / Smithsonian Institution

Por su parte, Maria Goeppert-Mayer, quien si obtuvo el Nobel en 1963 por el modelo de capas nucleares, tuvo que desarrollar gran parte de su carrera sin recibir un salario, ya que las universidades de su tiempo prohibían la contratación de profesionales de su género como profesorado titular si sus maridos ya trabajaban allí. Su trayectoria refleja las barreras institucionales que las científicas debieron saltar incluso siendo las mejores en sus campos.

Maria Goeppert-Mayer.

Maria Goeppert-Mayer.

Dominio Público

En la física experimental contemporánea, Deborah Jin creó el primer condensado fermiónico, abriendo nuevas fronteras en la física de bajas temperaturas. Su fallecimiento prematuro impidió que recibiera un Nobel que la comunidad científica consideraba inevitable, pero su legado en los estados cuánticos exóticos persiste como un referente ineludible. 

Deborah Jin creó el primer condensado fermiónico, abriendo nuevas fronteras en la física de bajas temperaturas

En el ámbito de la computación cuántica, destacó como una de las figuras más brillantes de la física experimental contemporánea. Creó el primer condensado fermiónico, un logro que abrió nuevas fronteras en la física de bajas temperaturas. Su legado sigue vivo en los laboratorios que hoy exploran los estados cuánticos más exóticos.

Deborah Jin, en 2014.

Deborah Jin, en 2014.

Institute of Physics / Wikipedia

La revolución cuántica también tiene protagonistas en Asia. En China, investigadoras como Yao Xue y Lu Chaoyang han sido fundamentales en el desarrollo de comunicaciones cuánticas y fotónica avanzada, aunque los titulares suelan centrarse en Jian-Wei Pan. 

En Japón, científicas como Yoko Ohtsubo y Naomi Nishimura han contribuido a la teoría de redes cuánticas y a la computación topológica. En Corea del Sur, equipos liderados por mujeres trabajan en óptica cuántica y estados entrelazados con resultados de impacto internacional.

En Europa y Estados Unidos, las mujeres lideran líneas de investigación en laboratorios de IBM, Google, MIT, Oxford o Viena, diseñando arquitecturas de cúbits, algoritmos y sistemas de corrección de errores. En Latinoamérica, científicas como Gabriela Barreto Lemos están redefiniendo la óptica cuántica con experimentos de imágenes fantasma cuánticas.

En Latinoamérica, científicas como Gabriela Barreto Lemos están redefiniendo la óptica cuántica

La lista de mujeres que merecieron el Nobel y no lo recibieron es larga: Meitner, Wu, Jin, y otras como Jocelyn Bell Burnell, cuyo descubrimiento de los púlsares —aunque no cuántico— es un ejemplo paradigmático de invisibilización. Estas ausencias no son anécdotas: son síntomas de un sistema que negó reconocimiento a quienes no encajaban en el molde del “genio masculino”.

La revolución cuántica del siglo XXI —que abarca la computación, la comunicación, la criptografía, los sensores y los nuevos materiales— está alcanzando su plenitud gracias a una visión genuinamente inclusiva. 

Lejos de la invisibilidad de épocas pasadas, hoy asistimos a una transformación profunda donde el talento de este colectivo no solo se reconoce, sino que se posiciona en la vanguardia del liderazgo estratégico. Estas figuras han corregido, calculado, descubierto y sostenido la ciencia cuántica desde sus cimientos, y el ecosistema actual está logrando, finalmente, que su prestigio sea proporcional a su impacto. 

Este cambio de mentalidad ha convertido el reconocimiento en una realidad tangible: las nuevas generaciones de investigadoras ya no son excepciones en las notas al pie, sino protagonistas que dirigen los laboratorios más avanzados del mundo. 

El futuro cuántico que imaginamos ya es una realidad en construcción porque hemos comenzado a integrar todas las voces con equidad, permitiendo que la claridad y el genio de este grupo resuenen con una fuerza que impulsa el progreso global hacia horizontes antes impensables.

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