El límite del todo: sobre la longitud de Planck

Lectores Expertos

Incluso en lo más cotidiano estamos íntimamente conectados con las leyes más profundas del cosmos

Dr. Max Planck.

Dr. Max Planck.

Bundesarchiv, Bild / Scherl Bilderdienst / Wikipedia

* El autor forma parte de la comunidad de lectores de Guyana Guardian

En la física clásica solemos imaginar el espacio como un escenario continuo, una alfombra infinitamente suave sobre la cual los objetos se desplazan sin interrupciones. Sin embargo, cuando empujamos nuestra curiosidad hacia lo infinitamente pequeño, esa imagen comienza a desmoronarse. La realidad parece pixelarse, como una fotografía ampliada más allá de su resolución máxima. El tamaño de ese píxel último es la longitud de Planck, una escala tan extrema que no solo desafía nuestra intuición, sino que marca la frontera donde el lenguaje mismo de la física empieza a quedarse sin palabras.

La longitud de Planck (𝑙𝑝) no es una invención caprichosa ni una medida obtenida en laboratorio. Es una unidad natural, introducida por Max Planck a finales del siglo XIX mediante análisis dimensional, con una idea radicalmente simple: si combinamos las constantes fundamentales del universo, obtendremos escalas que no dependen de decisiones humanas, sino de la estructura profunda de la realidad. 

Para ello, Planck utilizó tres pilares de la física moderna: la constante de gravitación universal 𝐺, que gobierna la gravedad y es central en la Relatividad General; la constante de Planck reducida ℏ, que fija la escala de los fenómenos cuánticos; y la velocidad de la luz 𝑐, el límite absoluto de propagación de la información. Al unirlas, surge de forma inevitable la expresión:

Unión de la constante de Planck reducida ℏ, que fija la escala de los fenómenos cuánticos; y la velocidad de la luz

Unión de la constante de gravitación universal 𝐺, que gobierna la gravedad y es central en la Relatividad General; la constante de Planck reducida ℏ, que fija la escala de los fenómenos cuánticos; y la velocidad de la luz 𝑐, el límite absoluto de propagación de la información.

Juan Miguel Ibáñez de Aldecoa Quintana

Su resultado es una cifra casi absurda: aproximadamente 1,6 × 10⁻³⁵ metros. Para tener una referencia, si un átomo tuviera el tamaño de todo el universo observable, la longitud de Planck sería comparable apenas a la altura de un árbol. No es solo pequeña; es una escala donde nuestra intuición deja de funcionar.

Lo verdaderamente fascinante es que esta escala no está tan desconectada de nuestra experiencia cotidiana como podría parecer. De hecho, un balón de fútbol golpeado por Ronald Araujo a 30 m/s posee una longitud de onda de De Broglie de aproximadamente 5,14 × 10⁻³⁵ metros, sorprendentemente cercana a la longitud de Planck.

Este resultado revela algo profundo: la mecánica cuántica nos dice que todo objeto es una onda, pero a medida que la masa aumenta, esa onda se comprime hasta volverse prácticamente invisible. El balón no deja de ser cuántico; su naturaleza ondulatoria simplemente queda enterrada en escalas tan diminutas que chocan directamente con el límite mismo del espacio-tiempo. Es como intentar dibujar un detalle más pequeño que el tamaño del píxel de una pantalla: la información ya no puede representarse.

La mecánica cuántica nos dice que todo objeto es una onda, pero a medida que la masa aumenta, esa onda se comprime hasta volverse prácticamente invisible

Por esta razón, la longitud de Planck no se utiliza para medir objetos reales en un laboratorio. No existe instrumento capaz de alcanzar esa resolución. Su función es mucho más profunda: actúa como un semáforo teórico, una advertencia que señala el punto donde nuestras teorías actuales dejan de ser confiables. En esa escala, la Relatividad

El joven Planck en su época de estudiante (1878).

El joven Planck en su época de estudiante (1878).

Dominio Público

General y la Mecánica Cuántica —las dos grandes columnas de la física moderna— están obligadas a encontrarse. Hoy ambas funcionan de manera espectacular en sus dominios, pero son incompatibles entre sí; la longitud de Planck es el campo de batalla donde deben unificarse.

También aparece al estudiar el origen del universo: antes del llamado tiempo de Planck, aproximadamente 10−43segundos después del Big Bang, las leyes conocidas de la física simplemente no existen. Además, teorías modernas como la gravedad cuántica o la teoría de cuerdas sugieren que, a esta escala, el espacio-tiempo no es liso, sino una espuma cuántica en constante fluctuación, donde las partículas fundamentales podrían ser cuerdas vibrando a longitudes cercanas a la de Planck.

La longitud de Planck es, en esencia, el píxel último del universo, la mínima unidad con la que la realidad puede codificarse. Intentar medir algo más pequeño requeriría concentrar tanta energía en un punto que se formaría un microagujero negro, destruyendo la medición y ocultando la información tras un horizonte de eventos. El universo se protege a sí mismo imponiendo un límite absoluto. 

Este límite es, al mismo tiempo, el borde de nuestra ignorancia y el mapa del tesoro de la próxima gran revolución científica. Y saber que un simple disparo potente en un partido de fútbol genera una onda que roza esta frontera fundamental es un recordatorio poderoso de que incluso en lo más cotidiano estamos íntimamente conectados con las leyes más profundas del cosmos.

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