* El autor forma parte de la comunidad de lectores de Guyana Guardian
Como cada año, ha hecho su aparición por las costas del Garraf el Rally de Coches de Época procedente de Barcelona. Un desfile automovilístico que nos traslada a los albores de la mecánica: una ingeniería simple que permitía, a quien se lo podía costear, el lujo de ir sobre ruedas.
El automóvil fue un invento que nuestros abuelos seguían con admiración, aunque con la convicción de que nunca podrían acceder a un vehículo propio. En aquellos modelos, la sofisticación mecánica estaba todavía en fase experimental. También las vías de comunicación eran las que eran: poco más que caminos de tierra. Por ello, el tren de vapor era el medio que mejor se adaptaba a las economías familiares para hacer desplazamientos.
Esto no quiere decir que la gente se desplazara, por ejemplo, a Barcelona constantemente. Las razones más frecuentes eran las consultas médicas, ocasiones que se aprovechaban para visitar —cuando abrieron sus puertas— los grandes almacenes de la capital. A los nietos de aquellos abuelos nos fascinaban estos viajes en ferrocarril; un interés que completaban las locomotoras de vapor, el humo intenso que desprendían y el encanto de los vagones con sus sencillos bancos de madera.
Con el paso de los años, todo va cambiando en todos los aspectos. La misma mecánica se fue perfeccionando, como también las maneras de vivir de las personas. Las privaciones económicas dejaron de ser tan rígidas porque las opciones de trabajo también eran mayores. Incluso llegó el día en que, con un elocuente exceso de trabajo, la gente hacía “horas extras”; qué gran invento laboral fue este plus de trabajo y, por consiguiente, de retribución económica.
A partir de aquí -y valga el eufemismo-, todo fue rodado. Coincidió que los fabricantes de coches sacaron unos modelos asequibles a las economías a las cuales me refería y, entre ellos, apareció el «600». El sueño de tener un coche a la puerta empezaba a hacerse realidad. Coincidían también con ello las facilidades que ofrecían las entidades bancarias, que permitían pagar a plazos donde no se llegaba. Así, la retribución económica de aquellas “horas extras” hizo posible destinar la cantidad necesaria a pagar los plazos de las letras del coche.
Nos podemos imaginar lo que significaba poder disponer de un coche, como también lo fue cuando el televisor en blanco y negro entró en las casas, al igual que la nevera eléctrica o la lavadora. Lo nunca visto. Sin embargo, lo del coche fue extraordinario: en los «600», de capacidad interior reducida, se acomodaba toda la familia, con abuelas y tías también. Cuando se abrían las puertas del utilitario, empezaba a salir gente y quien observaba el desembarque se frotaba los ojos para verificar si era real lo que estaba viendo. Tampoco existían las limitaciones de ocupación; cada uno se las ingeniaba para acomodar -es un decir- a la familia, aunque para ello los niños tuvieran que ir en la falda de los mayores.
Rally Internacional Barcelona-Sitges.
Fue extraordinario: en los 600, de capacidad interior reducida, se acomodaba toda la familia, con abuelas y tías también
Y, a partir de aquí, a descubrir mundo. Todo era nuevo y, sobre todo, se disfrutaba de los paisajes. Para poder contemplarlos mejor, comíamos de pícnic en medio de la naturaleza, a base de tortillas frías, ensaladilla rusa y escalopa. Primero acampábamos sobre las piedras y, cuando se dispuso de un coche con un maletero más grande, con sillas y mesas plegables.
Esto sucedía cuando éramos felices. De vuelta a casa, ya se planeaba el destino de la siguiente excursión, a la cual se apuntaban todos. El método se prolongó bastantes años más hasta que, también con las economías familiares aún más liberadas de restricciones, se empezaron a probar los menús que ofrecían los restaurantes que fueron abriendo en los pueblos más diversos. La mayoría de las veces se acudía por recomendación de otro excursionista automovilista que se había adelantado en el intento.
Y no solo las preferencias culinarias siguieron a las tortillas frías traídas desde casa, sino que también se priorizó el proveerse de agua y de vino, con el convencimiento de que así se aprovechaba mejor el viaje. Sin olvidar las preferenciaspor las «botifarres» y derivados de la matanza del cerdo.
Incluso aquí se estableció la picaresca. Responsables de alguna masía se avenían a ganar un dinero extra en combinación con algún tocinero que les proporcionaba «botifarres» y longanizas; el masovero las exponía en la propiedad y, al mismo tiempo que le iban a comprar el vino de cosecha propia, la gente se interesaba por el mondongo exhibido, el cual el responsable hacía pasar como si fuera de la propia matanza. La gente se lo quitaba de las manos y, después, quien le suministraba lo recompensaba con una comisión. Un detalle que nos viene a demostrar que esto de las comisiones viene de lejos, aunque nos referimos a poca cantidad de dinero.
Coches de época en el Rally Internacional Barcelona-Sitges.
La irrupción de los automóviles a las carreteras ha propiciado que estar proliferen, hasta el punto de disponer de una charcha muy completa y que te permite llegar a cualquier sitio. Antes se decía que todos los caminos llevaban a Roma, ahora son las carreteras las que hacen que las distancias se acorten y que su estado, hasta el momento y por lo general es bueno. Y ahora que me refiero a esta amplia red, me bien al pensamiento cuando para viajar previamente habías de consultar a los mapas de carreteras y después, durante el viaje, tenerlo siempre a mano para comprobar si las direcciones eran las correctas. Y cuando tenías la sensación que ibas perdido no quedaba otro remedio que preguntar a la persona más próxima que encontrabas.
La irrupción de los automóviles en las carreteras ha propiciado que estas proliferen, hasta el punto de disponer de una red muy completa que te permite llegar a cualquier sitio. Antes se decía que todos los caminos llevaban a Roma; ahora son las carreteras las que hacen que las distancias se acorten y su estado, por lo general, es bueno.
Y ahora que me refiero a esta amplia red, me viene a la memoria cuando, para viajar, previamente habías de consultar los mapas de carreteras y, después, durante el viaje, tenerlos siempre a mano para comprobar si las direcciones eran las correctas. Cuando tenías la sensación de que ibas perdido, no quedaba otro remedio que preguntar a la persona más próxima que encontrabas.
Un amigo que se perdió con su coche en la noche, sin encontrar a nadie a quien preguntar, se lamentaba de que antes esto no pasaba porque solamente había dos carreteras que, según su conclusión, identificaba como una para ir y otra para volver. Actualmente, con tantos adelantos, el GPS te guía hasta el fin del mundo. A mí allí no se me ha perdido nada; prefiero continuar perdiéndome en carreteras que son un ejemplo de todo el progreso y por donde los coches, en un futuro no muy lejano, circularán sin necesidad de tener a nadie a su mando. Vivir para ver.
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