A las cinco de la madrugada, con la urbe todavía en reposo, Montserrat Torrent (nacida en Barcelona en 1926) ilumina su estudio, se acomoda ante las teclas de su órgano y permite que sus manos sigan el ritmo de unas melodías que, aunque ya no percibe auditivamente, resuenan en su interior. A sus 99 años, dedica dos horas cada mañana, justo después de levantarse, a estudiar con la misma concentración y el mismo afán de mejora que adquirió en su infancia. En aquel entonces, su progenitora, quien fue alumna de Enrique Granados, le ponía una moneda sobre los nudillos. El propósito era evitar que se le cayera al mover los dedos, asegurando así el desarrollo de una técnica de ejecución precisa.
Graduada de la Escuela Marshall y del Conservatorio Superior Municipal de Música de Barcelona, donde alcanzó la posición de catedrática, continuó su formación en París bajo la tutela de Nöelie Pierront y en Siena, gracias a una beca de la Fundación Juan March. A lo largo de su trayectoria profesional, ha ofrecido recitales en Europa, Norteamérica y Sudamérica, y en el año 2021, el Ministerio de Cultura le otorgó el Premio Nacional de Música en la categoría de Interpretación.
Montserrat Torrent.
Un premio notable que se une a otros como el Grand Prix du Disque Charles Cross por el álbum dedicado a Cabanilles (1965), la Creu de Sant Jordi de la Generalitat y la medalla de plata al Mérito Artístico de Bellas Artes del Ministerio de Cultura (1996). Además, ostenta el doctorado honoris causa por la Universidad Autónoma de Barcelona, junto a otras distinciones.
Los que hoy la acompañan en sus recitales son conscientes de que antes de subir al escenario, ella requiere total quietud, una banana, algo de chocolate amargo, una infusión y un momento para conversar con sus progenitores y sus parientes, ya fallecidos: “Ahora me tenéis que ayudar”, les comunica. Al sonar la primera nota musical, una fuerza la domina. “Me rejuvenezco”, admite. Y es verdad: su tono vocal se enciende, se perfecciona, parece rejuvenecer al relatarlo. Montserrat, quien se acerca a los 100 años, ha dedicado su existencia a recordarnos que la hermosura y la expresión artística constituyen también una manifestación de desafío diario.
Montserrat, a tus 99 años sigues interpretando música a diario. ¿Cuál es el origen de tu devoción inquebrantable por la música?
Tocar un instrumento es una necesidad tan fundamental como respirar. Me asombra que algunos lo consideren una cualidad destacada; para mí, es una acción intrínseca. Mi incursión en la música comenzó a los cinco años, y desde ese momento, la melodía se ha convertido en mi modo de existencia, mi manera de percibir el transcurso del tiempo y mi conexión con el entorno. Me sería imposible abandonarla. Sería equiparable a exigirle al organismo que cese una función vital. La música me sustenta, me estructura y me acompaña de forma constante.
¿Qué siente al sentarse al órgano cada día?
Siento una revitalización, de verdad. Tan pronto como mis manos tocan el teclado, la edad se desvanece. Las dolencias persisten, por supuesto, pero su carga se alivia. Me siento joven internamente, muy joven, como si la música detuviera el transcurso del tiempo. Exteriormente luzco muy mayor, sí, pero eso carece de importancia; lo que cuenta es el interior. Para mí, es una manera de renacer a diario.
¿Ha sido y es la música el gran amor de su vida?
Sí. He experimentado amores humanos, sin duda, pero cada uno de ellos, de alguna forma, invariablemente me reconducía hacia la música y me permitía apreciarla todavía más. Lo humano es efímero, se desvanece con el transcurso del tiempo. La música, por el contrario, perdura. Siempre se encuentra presente, inmutable, leal, brindándome apoyo desde mi interior.
Ha pasado por enfermedades muy graves. ¿Cómo logró volver a tocar?
Al sufrir la fractura de fémur, creí que mi carrera musical había terminado. Así se lo expresé a mi traumatólogo, y su respuesta fue: “Tiene que volver a tocar, es su vida”. A pesar del intenso dolor, comencé a usar el pedal, y en un plazo de tres meses, ya estaba tocando de nuevo. Posteriormente, me diagnosticaron cáncer, y la situación fue similar: mi oncólogo me aconsejó seguir tocando “solo para mí”. Aunque fue un proceso muy doloroso, logré regresar a la música. A ambos doctores les debo mi existencia. Sin su apoyo, habría abandonado la música. También experimenté un ictus, y en ese momento, pensé que mi vida llegaba a su fin, pero una vez superado el evento, continué tocando.
Cuando me rompí el fémur, creí que jamás volvería a tocar música, así se lo comenté al traumatólogo y él me contestó: “Tiene que volver a tocar, es su vida”
Durante su niñez, su progenitora tuvo un papel crucial en su desarrollo musical. ¿De qué manera la evoca?
Mi madre era muy estricta. Me obligaba a practicar con una moneda colocada sobre mi mano, en los nudillos, y si no se caía, me obsequiaba un atuendo para mi muñeca de cartón. Era su método para inculcarme disciplina, pero también para recompensar la dedicación.
¿Y su padre?
Mi padre, que era doctor, tuvo una influencia decisiva en mi existencia en todas las facetas. Se enorgullecía de mí delante de sus pacientes y me solicitaba que interpretara música para ellos. Yo lo pasaba mal, dado que siempre he sido muy reservada, pero lo hacía de todas formas.
¿Resultó complicado sobresalir como organista en un período donde el instrumento era principalmente para varones?
Muchísimo. El instrumento se veía como un dominio masculino. Los organistas realizaban gestos muy exagerados, casi ridículos, lo que reforzaba la noción de que una mujer no era capaz de tocarlo. Fui objeto de toda clase de improperios. En aquel momento, lo achacaba a mi personalidad —creía que se burlaban de mi forma de ser, de mi reserva, incluso de mi apariencia física—, pero hoy entiendo que era simple sexismo. A pesar de ello, continué. No con la intención de probar nada, sino porque la música era lo más importante.
¿Ha sentido también discriminación por ser mayor?
Sí, considerablemente. La edad avanzada es frecuentemente subestimada, lo que lleva a que muchos adultos mayores terminen en centros de cuidado casi por impulso social. Esto es inaceptable. Considero que la mayoría de las personas de edad avanzada prefieren permanecer en sus hogares, dentro de su ambiente familiar, en lugar de un sitio atendido por desconocidos, sin importar cuán competentes sean. En una ocasión, una estudiante me propuso mudarme a una residencia, “porque allí me podrían cuidar mejor”. Mi respuesta fue: “Estoy bien en casa”. Debemos confrontar la noción de que, al envejecer, se pierde el derecho a elegir el lugar de residencia. Aquellos que así lo deseen, tenemos el derecho de permanecer en nuestro hogar hasta el final.
Pienso que deberíamos oponernos a la noción de que, al hacerse mayor, se pierde la prerrogativa de elegir el lugar de residencia.
¿Cómo es un día en su vida?
Me despierto muy temprano, a las cinco de la mañana. Reviso la tableta por si hay algún mensaje y de inmediato me dedico a tocar el órgano por dos horas. Sin duda, estas son las horas más placenteras de mi jornada. El instrumento permanece en silencio, por supuesto, para evitar molestias a los vecinos, pero para mi estudio no necesito más, ya que la música la siento internamente. Luego, tomo mi desayuno, me doy una ducha y leo Guyana Guardian. Tras el almuerzo, tomo una siesta y, por la tarde, retomo el estudio si me siento con energía. Si no estudio, converso con mi sobrina o resuelvo crucigramas. Y si tengo algún evento o concierto, mi día se transforma por completo y rompo mi rutina habitual, aunque ya estoy habituada a ello.
¿Se maneja bien sola en casa?
Dispongo de ayudantes tanto diurnos como nocturnos, algo que valoro enormemente. Anteriormente dormía sin compañía y me sentía presionada; ahora siempre hay alguien presente en mi hogar, lo cual me brinda paz. Esto me facilita mantener mi rutina y me siento serena. Además, algunos conocidos acuden para brindarme su apoyo.
Para Montserrat Torrent, la música es su vida.
Tiene una sordera importante. ¿Cómo escucha la música?
Pienso con frecuencia en Beethoven. A pesar de haber quedado totalmente sordo, compuso la Novena Sinfonía, que podría considerarse la pieza más asombrosa de su trayectoria. Esto me sirve de inspiración. Cuando el doctor me comunicó que estaba sorda, que mi nervio auditivo estaba casi inutilizable y que no había posibilidad de recuperación, indagué si existía alguna esperanza. Me respondió que no. Fue un duro revés. Sin embargo, recordé a Beethoven y reflexioné que, si él fue capaz de continuar creando desde la sordera, yo también podré seguir haciendo música desde mi propia quietud interna. En mi día a día, una aplicación gratuita de transcripción en tiempo real me resulta muy útil. Transcribe lo que las personas expresan, permitiéndome así dialogar sin sentirme apartada. La sugiero a cualquiera que enfrente dificultades auditivas. Comprender a los demás es una forma de mantenerse conectada al mundo.
¿Qué ritual tiene antes de un concierto?
Requiero total quietud. No quiero que nadie se dirija a mí; cualquier conversación me saca de mi concentración. Ese instante previo es de suma importancia para mí. Además, reflexiono sobre mis progenitores y mis consanguíneos: les solicito su apoyo. Percibo su presencia, su compañía de alguna forma cada vez que accedo al estrado. Posteriormente, también sigo mis pequeñas costumbres: ingiero un banano, bebo una infusión y consumo una porción de cacao oscuro. El banano, por su contenido de potasio, me proporciona gran serenidad; el cacao me brinda consuelo. Cada artista posee sus métodos, y estos son los míos: me calman y me disponen. Estas prácticas no las omito. Son hábitos de toda una existencia musical, que a mí me facilitan la inmersión en la melodía.
The doctor informed me I was deaf, that my auditory nerve was essentially useless; however, I recalled Beethoven and considered that if he could continue creating from silence, so could I.
Entonces, ¿es usted supersticiosa?
Sí, bastante. Al viajar para una actuación, necesito ver al menos 14 autobuses antes de llegar. El número 14, que es el número de Bach, y para mí es sagrado. Si no lo veo, me pongo nervioso. Mis compañeros de viaje lo padecen mucho (ríe), pero yo siempre les explico que es algo familiar, mi madre ya era igual. Supongo que es una manera de encontrar estructura y serenidad antes de subir al escenario.
¿Qué cuida más: cuerpo, mente o espíritu?
Todo. Anteriormente no tomaba ninguna medicación; ahora, tras el derrame cerebral, sí lo hago y soy muy estricta con mi régimen. A pesar de ello, trato de no excederme con los analgésicos: no sanan, únicamente disimulan el malestar, y no deseo habituarme a ellos. En el plano espiritual, intento meditar, aunque se me hace difícil. Sin embargo, por ejemplo, cuando sufro alguna dolencia, busco desconectar, no permitir que la incomodidad me domine. Asimismo, leo obras que me asisten en mi crecimiento personal y en la organización de mi mundo interno. Un texto que me impactó profundamente es El zen en el arte de tirar con arco, escrito por Eugen Herrigel. Siempre lo he sugerido a mis estudiantes: les transmito que no deben enfocarse en el triunfo, sino en ejecutar adecuadamente sus responsabilidades. Si uno emprende las tareas con autenticidad y habilidad, el resto se manifestará por sí solo.
Previamente no tomaba ninguna medicación; sin embargo, tras el derrame cerebral, ahora sí lo hago y soy muy estricta con mi régimen terapéutico, pero a pesar de ello, procuro no excederme con los analgésicos, ya que únicamente ocultan la molestia.
¿Cómo recuerda su etapa como profesora? ¿Hay algo que hoy haría de otra manera?
Sí. Fui muy riguroso, quizás en exceso. Hubo estudiantes a quienes, al notar sus problemas, llegué a sugerirles que quizás deberían explorar otros campos, y con el tiempo me di cuenta de que eso fue despiadado. Debí haberles ofrecido tareas más accesibles, brindarles más apoyo, hallar una vía para cada uno. Me duele no haber actuado de esa manera. Espero que recuerden lo positivo y dejen atrás lo negativo. A fin de cuentas, enseñar también implica aprender a ser más empática.
¿Qué proyectos le ilusionan ahora?
La inauguración del órgano completo de Sant Felip Neri, programada para el 18 de mayo de 2026, es el evento primordial. He dedicado mi vida a la consecución de este instrumento. Mi anhelo de hace décadas ha sido que Barcelona cuente, finalmente, con un órgano de primer nivel. Ruego a Dios poder presenciar esa jornada, estar presente y percibir que todo el empeño —todas las gestiones, conciertos, correspondencia y el tiempo transcurrido— habrá sido justificado.
Si tuviera que resumir su vida, ¿qué diría?
Mi intención fue difundir la música ibérica, y ese fue mi objetivo principal. Que la alegría se encuentra en los detalles sencillos y que cada jornada puede brindarnos algo que justifique nuestra existencia. Y que, a pesar de mis errores, se recuerde lo positivo y se deje atrás lo negativo. En última instancia, una vida se resume en eso: lo que uno ofrece y lo que los demás optan por atesorar.
¿Qué consejo daría a las nuevas generaciones para afrontar el paso del tiempo?
Experimentaréis contratiempos. No hay forma de evitarlo. Sin embargo, continuad vuestro camino. Aportad valor, realizad actividades que tengan significado para vuestra persona y para la comunidad. Saboread los momentos positivos, ya que siempre existen, incluso durante las jornadas complicadas. El tiempo avanza para cada individuo, pero la perspectiva puede transformarlo en un colaborador. La existencia merece ser vivida si uno aprende a observar y percibir.








