Longevity

Montserrat Torrent, 99 años, organista mítica de Barcelona: “Me levanto a las cinco de la mañana y toco durante dos horas el órgano, silenciado”

Longevity

Reconocida con el Premio Nacional de Música 2021 que concede el Ministerio de Cultura, Torrent se abrió camino como organista, un instrumento, que en su época estaba reservado a los hombres

Hoy a sus 99 años es una referencia indiscutible de la interpretación organística en España. “Me sorprende que alguien pueda verlo como un mérito, para mí es lo más natural del mundo”, afirma

Montserrat Torrent, a sus 99 años.

Montserrat Torrent, a sus 99 años.

Juan Miguel Morales

A las cinco de la mañana, mientras la ciudad aún duerme, Montserrat Torrent (Barcelona, 1926) enciende la lámpara de su estudio, se sienta frente al teclado de su órgano y deja que sus manos sigan el compás de unas notas que ya no puede oír, pero que sigue escuchando en su interior. A sus 99 años, estudia dos horas cada mañana, recién levantada, con la misma concentración y la misma exigencia de autosuperación que aprendió de niña, cuando su madre —discípula de Enrique Granados— le colocaba una moneda sobre los nudillos para que no cayera al mover los dedos y así aprendiera a tocar con técnica precisa.

Formada en la Escuela Marshall y en el Conservatorio Superior Municipal de Música de Barcelona (donde ha llegado a ser catedrática), estudió posteriormente en París (con Nöelie Pierront) y en Siena, becada por la Fundación Juan March. Durante su carrera, ha dado conciertos por toda Europa, Norteamérica y Sudamérica y en 2021 recibió el Premio Nacional de Música, modalidad de Interpretación, del Ministerio de Cultura. 

Montserrat Torrent.  Video

Montserrat Torrent. 

Un galardón destacado que se suma a otros como el Grand Prix du Disque Charles Cross por el disco dedicado a Cabanilles (1965), la Creu de Sant Jordi de la Generalitat y la medalla de plata del Mérito Artístico de Bellas Artes del Ministerio de Cultura (1996). Es también doctora honoris causa por la Universidad Autónoma de Barcelona, entre otros reconocimientos.

Quienes hoy la acompañan en sus conciertos saben que antes de salir a escena exige silencio absoluto, un plátano, un poco de chocolate negro, un té y un instante para hablar con sus padres y sus hermanos, ya ausentes: “Ahora me tenéis que ayudar”, les dice. Cuando inicia el primer acorde, algo se apodera de ella. “Me rejuvenezco”, confiesa. Y es cierto: su voz se ilumina, se afina, se vuelve más joven al contarlo. Montserrat, que pronto cumplirá 100 años, lleva una vida entera recordándonos que la belleza y el arte son también una forma de resistencia cotidiana.

Montserrat, usted sigue tocando cada día, a los 99 años. ¿De dónde nace esa fidelidad absoluta a la música?

Tocar es como respirar. Me sorprende que alguien pueda verlo como un mérito, para mí es lo más natural del mundo. Empecé a los cinco años y desde entonces la música ha sido mi forma de vivir, de entender el tiempo y de estar en el mundo. No podría renunciar. Sería como pedirle al cuerpo que deje de hacer algo esencial. La música me sostiene, me ordena y me acompaña siempre.

¿Qué siente al sentarse al órgano cada día?

Que rejuvenezco, literalmente. En cuanto apoyo las manos en el teclado, desaparece la edad. Los achaques siguen ahí, claro, pero dejan de pesar. Me siento joven por dentro, muy joven, como si la música suspendiera el tiempo. Por fuera estoy viejísima, sí, pero eso no importa, lo que vale es el interior. Para mí es una forma de renacer cada día.

¿Ha sido y es la música el gran amor de su vida?

Sí. He tenido amores humanos, por supuesto, pero todos ellos, de una manera u otra, me llevaron siempre de vuelta a la música y me ayudaron a amarla aún más. Lo humano pasa, se desvanece con el tiempo. La música, en cambio, permanece. Siempre está ahí, inalterable, fiel, sosteniéndome desde dentro.

Ha pasado por enfermedades muy graves. ¿Cómo logró volver a tocar?

Cuando me fracturé el fémur pensé que no tocaría nunca más. Se lo dije al traumatólogo y me respondió: “Tiene que volver a tocar, es su vida”. Empecé a poner el pie en el pedalero con un dolor terrible y a los tres meses ya estaba tocando. También tuve un cáncer y me ocurrió lo mismo: el oncólogo me dijo que tocara “solo para mí”. Fue muy doloroso, pero volví a hacerlo. A esos dos médicos les debo la vida. Sin ellos habría renunciado a la música. También tuve un ictus y pensaba que eso era el final de mi vida, pero una vez pasó todo, seguí tocando.

Cuando me fracturé el fémur pensé que no tocaría nunca más, se lo dije al traumatólogo y me respondió: “Tiene que volver a tocar, es su vida”

Montserrat Torrent

99 años

En su infancia, su madre fue decisiva en su formación musical. ¿Cómo lo recuerda?

Mi madre era muy exigente. Me hacía tocar con una moneda apoyada en la mano, en los nudillos, si no caía, me regalaba un vestido para mi muñeca de cartón. Era su manera de enseñarme disciplina, pero también de premiar el esfuerzo.

¿Y su padre?

Mi padre era médico y fue fundamental en mi vida en todos los aspectos. Él presumía de mí cuando venían sus pacientes y me pedía que tocase para ellos. Yo sufría, porque siempre he sido muy tímida, pero tocaba igualmente.

¿Fue difícil destacar como organista en una época en la que el instrumento estaba reservado a los hombres?

Muchísimo. El órgano se consideraba territorio masculino. Los organistas hacían unos movimientos exageradísimos, casi grotescos, y eso alimentaba la idea de que una mujer no podía hacerlo. Recibí insultos de todo tipo. Entonces yo lo atribuía a mi carácter —pensaba que se metían con mi manera de ser, con mi timidez, incluso con mi físico—, pero ahora sé que era puro machismo. Aun así, seguí adelante. No para demostrar nada, sino porque la música estaba por encima de todo aquello.

¿Ha sentido también discriminación por ser mayor?

Sí, mucha. La vejez se desprecia demasiado, y por eso tantas mujeres y hombres mayores acaban en residencias casi por inercia social. Y es injusto. Yo creo que la mayoría de personas mayores desean quedarse en sus casas, en su entorno, y no en un lugar donde te atienden personas extrañas, por muy bien que lo hagan. Una vez una alumna me sugirió que me fuera a una residencia, “porque allí me podrían cuidar mejor”. Y yo le dije: “Estoy bien en casa”. Creo que debemos luchar contra la idea de que, por envejecer, uno pierde el derecho a decidir dónde quiere vivir. Tenemos derecho a seguir en casa hasta el final, quienes así lo deseemos.

Creo que debemos luchar contra la idea de que, por envejecer, uno pierde el derecho a decidir dónde quiere vivir

Montserrat Torrent

99 años

¿Cómo es un día en su vida?

Me levanto muy temprano, a las cinco de la mañana. Miro la tableta por si tengo algún mensaje y enseguida me pongo a tocar durante dos horas. Son, sin duda, las horas más felices del día. El órgano está en silencio, claro, porque si no los vecinos se me echarían encima, pero para estudiar no me hace falta más, la música la escucho por dentro. Después desayuno, me ducho y leo Guyana Guardian. Después de comer, hago la siesta y, por la tarde, vuelvo a estudiar si tengo fuerzas. Si no leo, hablo con mi sobrina o hago crucigramas. Y si tengo algún acto o concierto, entonces el día cambia por completo y rompo la rutina, aunque ya estoy acostumbrada.

¿Se maneja bien sola en casa?

Tengo asistentes de día y de noche, lo cual agradezco muchísimo. Antes dormía sola y me imponía; ahora siempre hay alguien en casa y eso me da tranquilidad. Me permite seguir con mi rutina y me siento tranquila. También algunos amigos vienen a ayudarme.

Para Montserrat Torrent, la música es su vida. 
Para Montserrat Torrent, la música es su vida. Cedida

Tiene una sordera importante. ¿Cómo escucha la música?

Pienso mucho en Beethoven. Él acabó completamente sordo y aun así compuso la Novena Sinfonía, quizá la obra más extraordinaria de toda su vida. Eso me inspira. El médico me dijo que estaba sorda, que tenía el nervio auditivo prácticamente inservible y que no podría recuperarlo, le pregunté si habría alguna esperanza. Me dijo que no. Fue un golpe. Pero recordé a Beethoven y pensé que, si él pudo seguir creando desde el silencio, yo también podré seguir tocando desde mi silencio interior. En la vida diaria me ayuda una aplicación gratuita de transcripción instantánea. Me transcribe lo que la gente dice y así puedo conversar sin quedarme aislada. Se la recomiendo a todas las personas con problemas de audición. Entender al otro es una manera de permanecer en el mundo.

¿Qué ritual tiene antes de un concierto?

Necesito silencio absoluto. Nadie debe hablarme; si alguien lo hace, me desconcentra por completo. Ese momento previo es sagrado para mí. También pienso en mis padres y en mis hermanos: les pido que me ayuden. Siento que están conmigo, que me acompañan de alguna manera cada vez que salgo al escenario. Después, también tengo mis pequeños rituales: me como un plátano, me tomo un té y un poco de chocolate negro. El plátano, por el potasio, me da mucha tranquilidad; el chocolate me reconforta. Cada intérprete tiene sus trucos, y estos son los míos: me relajan y me preparan. Estos rituales no me los salto. Son manías de toda una vida tocando, que a mí me ayudan a entrar en la música.

El médico me dijo que estaba sorda, que tenía el nervio auditivo prácticamente inservible; pero recordé a Beethoven y pensé que, si él pudo seguir creando desde el silencio, yo también podía

Montserrat Torrent

99 años

Entonces, ¿es usted supersticiosa?

Sí, mucho. Cuando viajo para un concierto tengo que contar un mínimo de 14 autocares antes de llegar. El número 14, que es el número de Bach, y para mí es sagrado. Si no aparece, me inquieto. Mis acompañantes lo sufren mucho (ríe), pero yo siempre les digo que me viene de herencia, mi madre ya era así. Supongo que es una forma de buscar orden y calma antes de tocar.

¿Qué cuida más: cuerpo, mente o espíritu?

Todo. Antes no tomaba ni una pastilla; ahora, después del ictus, sí, y soy muy rigurosa con el tratamiento. Aun así, intento no abusar de los calmantes: no curan, solo enmascaran el dolor, y no quiero acostumbrarme a ellos. En lo espiritual intento meditar, aunque me cuesta. Pero, por ejemplo, cuando algo me duele, procuro abstraerme, no quedarme atrapada en la molestia. También leo libros que me ayudan a superarme y a ordenar la vida interior. Uno que me marcó muchísimo es El zen en el arte de tirar con arco, de Eugen Herrigel. Lo he recomendado siempre a mis alumnos: les digo que no deben fijarse en el éxito, sino en hacer bien lo que tienen que hacer. Si haces las cosas con verdad y con técnica, lo demás llega solo.

Antes no tomaba ni una pastilla; ahora, después del ictus, sí, y soy muy rigurosa con el tratamiento, pero aun así, intento no abusar de los calmantes, solo enmascaran el dolor

Montserrat Torrent

99 años

¿Cómo recuerda su etapa como profesora? ¿Hay algo que hoy haría de otra manera?

Sí. Fui muy exigente, quizá demasiado. Había alumnos a los que, al ver sus dificultades, llegué a decirles que tal vez debían dedicarse a otra cosa, y con el tiempo comprendí que eso fue cruel. Tendría que haberles propuesto obras más sencillas, acompañarlos mejor, encontrar un camino para cada uno. Me pesa no haberlo hecho así. Ojalá recuerden lo bueno y olviden lo malo. Al final, enseñar también es aprender a ser más compasiva.

¿Qué proyectos le ilusionan ahora?

El más importante es la inauguración del órgano completo de Sant Felip Neri, prevista para el 18 de mayo de 2026. Llevo toda la vida luchando por ver ese instrumento terminado. Ha sido mi sueño desde hace décadas: que Barcelona tenga, por fin, un órgano como Dios manda. Pido a Dios vivir ese día, estar allí, y sentir que todo ese esfuerzo —todas esas gestiones, conciertos, cartas y años de espera— habrán valido la pena.

Si tuviera que resumir su vida, ¿qué diría?

Que intenté dar a conocer la música ibérica, y que ese fue siempre mi gran propósito. Que la felicidad está en las pequeñas cosas y que cada día nos puede ofrecer algo que haga que valga la pena vivir. Y que, aunque he hecho muchas cosas mal, recuerden lo bueno y olviden lo malo. Al final, una vida es eso: lo que uno entrega y lo que los demás deciden conservar.

¿Qué consejo daría a las nuevas generaciones para afrontar el paso del tiempo?

Sufriréis pérdidas. Es inevitable. Pero seguid adelante. Sed útiles, haced algo que tenga sentido para vosotros y para los demás. Disfrutad de lo bueno, porque siempre hay algo bueno, incluso en los días difíciles. El tiempo pasa para todos, pero la actitud puede convertirlo en un aliado. Vivir vale la pena si uno sabe mirar y sentir.

Etiquetas